Canciones furtivas

A esta hora del día o de la noche muchos lo ignoran, pero hay canciones furtivas en movimiento. Algunas ocupan sólo un puñado de líneas escritas sobre un papel, amenazadas aún por la sombra de probables tachaduras. Otras luchan por mantenerse a flote en el mar convulso de sentimientos en el que han nacido y donde se debaten. Quizás lo consigan o tal vez naufraguen calladamente, sin estrépito, lastradas por el peso de motivos subjetivos. Ahogadas incluso antes de tener una oportunidad para alcanzar la playa.

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«Robe estuvo aquí»

Viví en un palacio y desprecié el lujo hasta que descubrí que el oro era falso. Me cubrieron de besos en un cuarto con ventanas abiertas al mar y al abismo. Me hospedé en un hotel en ruinas y de madrugada envidié a las cucarachas, que se hacían compañía. Me asomé a una tumba para decir adiós y todavía estoy allí.

En la bodega del barco sorprendí al capitán trazando planes con las ratas. En la cárcel estreché la mano del criminal. Bebí en la cantina hasta vomitar el asco y el dolor. Acudí al templo a rezar y lo encontré cerrado. Descarrilé en el vagón que perseguía los sueños. Disparé en la trinchera para matar al tiempo y al olvido.

Me visitó el demonio en una habitación pintada de otoño. Abrí la navaja en el túnel, sólo para ver si me asustaba. Salté al ring y el mal y el bien me apalearon. Aguanté la respiración en la cama del hospital para no oler la sangre y la mierda. Cerré el paraguas cuando llovía muerte en el patio de atrás.

Vi nacer a mi hijo en el laberinto que dibujó la esperanza. Me despertó en la cueva inhóspita el sonido de las flores al crecer. En el psiquiátrico, entre el griterío, escuché la música. Al desertar de la guerra llamé a la puerta y abrió mi mejor amigo. Me calentó la lumbre del hogar donde fui feliz.

En todos esos lugares leí la misma pintada en la pared:

«ROBE INIESTA ESTUVO AQUÍ»

Chema Doménech

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Canciones que espantan miedos

César Álvarez*

No soy un crítico consignado en las nuevas redes sociales, así que no se me escapará una crítica preventiva y/o comparada del artista. No soy un estudioso que repare en menudencias sin gracia. No soy un seguidor afanoso que busque poner orden a sus conocimientos exhaustivos. No soy un quitador de polvo porque todavía no hay peligro de que se acumule. Por estas exclusiones de perfil, quiero escribir estas líneas de aquel domingo que Quique González y sus detectives aparecieron entre las sombras del escenario del Teatro Price de Madrid:

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Sobre detectives y camaradas

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Quique González llegó al Teatro Circo Price el pasado sábado a media tarde, repartió abrazos, bromas y palabras de afecto entre los miembros de su equipo, que son casi familia, y tomó el ascensor hacia el camerino. Venía con la ropa pegada al cuerpo por el calor y con el ansia por pisar escenario dibujada en el rostro. Su imagen en ese momento tal vez no era otra cosa que una metáfora natural de la trayectoria artística de quien en los últimos 15 años ha sudado a fondo la camiseta, exigiéndose el máximo a cada paso. Arriba lo esperaban ya algunos músicos de la banda, ‘los detectives’ más famosos del país desde que en marzo pasado se publicara Me mata si me necesitas, el disco grabado por ellos y firmado con ese nombre. En su compañía el artista se siente en casa, se sabe afortunado por tenerlos de su parte. Con su ayuda se ha enfrentado al problema que planteaba Raymond Chandler, el creador del cínico y legendario sabueso Philip Marlowe: «Ganar delicadeza sin perder fuerza», que guarda similitud con aquello de «tener encaje sin perder empaque» que escribió el músico madrileño hace años. En los dos conciertos consecutivos del pasado fin de semana en la capital, Quique González y Los Detectives dejaron claro que si ése era un problema, un caso abierto, ellos lo tienen resuelto.

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Lo que esconde una portada

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Esta cubierta (fotografía y diseño) es obra de Fernando Maquieira. En su sencillez, es una preciosa portada que recoge la esencia de la historia que se narra en el libro. Al ilustrarse con una fotografía de la misma serie que la imagen que finalmente se incluyó en la tapa de Salitre48, es reconocible a primera vista y se asocia con el disco de forma automática. La figura a contraluz de Quique González, sentado sobre la funda de su guitarra en el margen de una carretera que se dirige hacia un mar en calma, realza la soledad del músico. La misma que debió de sentir muchas veces durante los dos años de gestación de esas canciones en las que nadie parecía creer, salvo él y su círculo más cercano. Al mismo tiempo la imagen desprende luz, como aquella colección de lunas llenas de las que habla Crece la hierba. La fotografía apareció hace meses, mientras repasábamos en el estudio de Fer el abundante material que conserva de aquella semana de trabajo en el Cabo de Gata de hace 15 años. Enseguida estuvimos de acuerdo en que sería la portada del libro. Ya estaba decidido el título, Quique González en el disparadero (referencia explícita a una de las canciones del álbum) y la imagen no hacía otra cosa que reforzar su significado. Ninguna plasmaría mejor la idea de un músico con un largo e incierto camino por delante, colocado por voluntad propia en el mismo disparadero. Después vendrían los ensayos con las tipografías, la búsqueda de armonía en la composición, el suave retoque de color, las pruebas de impresión, la preferencia por el papel mate… Debatimos incluso sobre el tacto que debería poseer esa imagen como tapa del libro, y tener tan claro lo que queríamos me sirvió de argumento para declinar alguna de las escasas ofertas editoriales que se presentaron. Fer Maquieira –que es ya un querido amigo– y yo sabemos el mimo que hay detrás de esta portada, y quería compartirlo y reconocérselo. Porque en un mundo que tiende a la chapuza y al trazo grueso, a la desidia y a la falta de rigor, siempre es tranquilizador tener cerca a alguien que hila fino y cuida los detalles. Y porque a veces me encuentro el libro por casa, y fijar por un momento la mirada en su cubierta es suficiente para hacerme sonreír. Gracias, Fer.

#Eneldisparadero sigue a la venta en librerías, en los puntos de merchandising de la gira de ‘Quique González y Los Detectives’ y en el blog. Puedes comprarlo ahora pinchando aquí.

@chemadomenech

Joe Eceiza: “Los músicos caminamos entre ruinas”

JOE GUITARRA BLANCO Y NEGRO

Joe Eceiza procede de esa fértil cantera de músicos que en su adolescencia hicieron sonar sus primeros acordes en las calles de la Alameda de Osuna. Él, nacido en Bilbao y criado en Marbella (Málaga), llegó a ese barrio residencial madrileño cercano al aeropuerto de Barajas cuando tenía 15 años, y pronto se vio integrado en alguna de las numerosas pandillas de chavales aspirantes a estrellas del rock que a comienzos de los 90 se juntaban en unas vías de tren abandonadas para fumar y tocar temas de Extremoduro en precarias guitarras españolas. Entre sus amigos de aquella época figuran Rubén Pozo, Leiva o Tuli −núcleo fundador de Pereza−; o Alfredo Fernández y Dani Patillas, compañeros del propio Eceiza en Le Punk, el grupo en el que militó como guitarrista y que a lo largo de diez años de trayectoria dejó a sus espaldas tres discos y una nada desdeñable colección de buenas canciones.

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La tarde que estuvimos en el disparadero

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Era pasada la medianoche cuando Carlos Raya respondió al teléfono. A pesar de lo avanzado de la hora el productor se encontraba en su estudio, trabajando, tal y como había aventurado Quique González unas horas antes, al justificar su ausencia: «Seguro que Carlos está ahora mismo grabando algo increíble, y esa es la razón por la que no está aquí, porque para él hay cosas más importantes que la exposición pública». Lo dijo durante el acto de presentación de Salitre48. Quique González en el disparadero, celebrado en la librería Cervantes y Compañía al atardecer del pasado miércoles 27 de abril. Una puesta de largo literaria y musical «emotiva y verdadera», según manifestó en Twitter Santi Alcanda, que ejerció como excepcional maestro de ceremonias y propició desde el primer momento ese clima de emoción que, con la complicidad de todos los asistentes, se respiró en este rincón de Malasaña hasta bien entrada la madrugada.

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A la venta ‘Salitre48. Quique González en el disparadero’

EL LIBRO QUE NARRA LA HISTORIA DE UN DISCO EMBLEMÁTICO CONTADA POR QUIQUE GONZÁLEZ, CARLOS RAYA Y OTROS PROTAGONISTAS

Maquetación 1Salitre48 es un álbum especial en la discografía de Quique González y, sin duda, también uno de los más queridos por los seguidores del rockero madrileño. Publicado el 21 de mayo de 2001, el disco encierra una peculiar historia, marcada por el hecho de haber sido editado a partir de maquetas de canciones grabadas de forma artesanal en casa del productor Carlos Raya.

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‘Voladores’ de Alberto & García: Sólo podía salir bien

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Si la ilusión y el entusiasmo tuvieran rostros de carne y hueso y, por tanto, pudieran ser filmados, aparecerían todo el rato robando planos y protagonismo a los músicos de Alberto & García en Voladores, el disco-documental que la banda asturiana está a punto de estrenar. Porque sólo desde la ilusión y el entusiasmo, —unidos, claro, a una buena porción de locura y a otra aún mayor de talento y de buen gusto— puede concebirse y llevarse a término un proyecto como el que verá la luz en las próximas semanas. Una idea pionera además, porque probablemente es la primera vez que un grupo graba en España un disco en directo en diferentes localizaciones al tiempo que lo documenta todo en imágenes. De la complicada parte técnica se ha encargado el equipo de Moonlight Audiovisual, la productora que hace tiempo imaginó otra hermosa locura: combatir con música y belleza la pesadumbre de los Malditos Domingos.

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El silencio del piano

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Desde hace semanas, cada vez que vuelvo a la casa de mis padres me gusta bajar a ver su piano. Ya han pasado varios meses y apenas reparamos en él, quizás por el egoísmo al que nos aboca la pena: todos andamos ensimismados en nuestro dolor, que es propio, y es íntimo, y nos resistimos a compartirlo por miedo a aumentarlo en los demás. Por esa razón pocas veces dejamos ver nuestras lágrimas, aunque todos le seguimos llorando. Estoy seguro de que el viejo piano también siente su propio e íntimo dolor, una tristeza de ausencia latente en el interior de su voluminoso cuerpo de madera pintada de negro, donde ya no anidan esas melodías que durante años fueron la banda sonora habitual de esta casa y de quienes vivimos en ella. Nunca he sabido cómo se llamaba una composición que él tocaba a menudo y que no me gustaba escuchar porque me entristecía un poco. Era una música como de domingo por la tarde, con una melancolía que aún se acentuaba más cuando la interpretaba en el acordeón. Hoy, cuando ya he aprendido que la canción más triste del mundo es la que nunca volverá a sonar, la añoro.

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Quique González. Certezas que hieren, canciones que redimen

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Cuando llegamos al valle son más de las tres de la tarde. Es un viernes de principios de septiembre y Quique González nos espera en su casa, cercana a Villacarriedo, en la que pasaremos los próximos tres días. Estamos hambrientos, pero cuando nos disponemos a salir a comer es la ansiedad la que nos devora a nosotros: «¿Escuchamos antes el disco?». ¡Joder!, claro. Abrimos unas cervezas mientras el músico se acerca al ordenador, en cuyo disco duro guarda la mezcla final del álbum grabado en Tarragona, en el estudio La Casa Murada. Difícil encontrar una definición más gráfica de la satisfacción que la expresión que en este momento se asoma al rostro del rockero madrileño afincado en Cantabria. Hemos dejado la puerta entreabierta y en cuanto comienzan a sonar en los monitores del estudio los acordes iniciales del primer tema entra Kima como un ciclón y se abalanza sobre su dueño. «Esta se llama Detectives», dice Quique en tono de confidencia, mientras se funde en carantoñas con su perra. Zafándose un momento de los lametones confiesa a continuación que ha decidido bautizar así a la banda, de manera que cuando salga el disco dentro de unos meses lo hará anunciado como ‘Quique González y Los Detectives’.

Durante los próximos 40 minutos sólo se escuchará la música, salpicada cada poco por exclamaciones entrecortadas que expresan admiración, sorpresa o emoción contenidas. Cuando las 10 canciones que componen el trabajo han dejado de sonar, se produce un silencio espontáneo, que precede a una efusiva demostración de alegría. Aún volveremos a escuchar este Me mata si me necesitas del tirón una vez más antes de salir definitivamente con dirección al restaurante Las Piscinas de Villacarriedo. Al llegar sale a recibirnos Fonso, íntimo amigo del músico y su mayor apoyo en estos valles de belleza casi insultante. Él fue la primera persona en escuchar el nuevo trabajo del artista, al margen de los músicos que lo grabaron, y desde entonces no ha dejado de sonar en su coche. En el encuentro hay abrazos, risas, amistad sincera. Fonso pregunta qué nos apetece comer. «¿Qué tenemos hoy?», contraataca Quique González. Al jovial dueño de Las Piscinas pocas veces se las ponen tan en bandeja: «¿Que qué tenemos hoy? ¡Tenemos el mejor puto disco, Quique!».

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John Fogerty. Un hijo afortunado en Las Vegas

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No se trataba de volar 10.000 kilómetros para escuchar a John Fogerty, pero cuando supe que otros motivos me llevarían hasta Las Vegas y que la última de las tres noches que pasaría en la ciudad estaría solo, busqué en la lista de espectáculos lo más atractivo que, dentro de la legalidad, pudiera ofrecerme la llamada capital mundial del entretenimiento y del pecado, que en muchas ocasiones vienen a ser la misma cosa. Enseguida vi el nombre de Fogerty y lo cierto es que no indagué mucho más en una cartelera en la que aparecen fijos nombres como el de Céline Dion, que tiene un show casi permanente en el Caesars Palace, o el del mítico ilusionista David Copperfield, que prácticamente reside en el MGM Grand. Realmente resultaba apetecible ver a una de las figuras más influyentes del rock americano de las últimas décadas actuando en la ciudad en la que, por siempre, se rendirá pleitesía a quien dentro de ese género se coronó como el Rey.

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Fabián: “Un disco, una peli o una buena conversación pueden salvarme el día”

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Fabián responde fielmente a la definición de artesanal autor de canciones. Las crea, las arregla y las mima y, cuando se convence de que han adquirido el pleno significado con el que las escribió, deja que vuelen de forma que también signifiquen algo para quien las escuche. Tiene fe en ellas, lo que equivale a tenerla en sí mismo porque, para un descreído en cuestiones divinas como él, es en el interior de cada uno donde hay que buscar las respuestas. Ahí se encuentran el origen y el final de todas las batallas cotidianas, de todos los conflictos. “Soy el viento y la raíz al mismo tiempo”, escribe en Herida y cicatriz, una de las canciones de su nuevo disco, un tratado sobre la elegancia y la clase a la hora de hacer música. Lo ha llamado precisamente La fe remota, porque, en sus palabras, “lo más remoto, lo más alejado de ti, es aquello que llevas dentro pero desconoces”.

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Txetxu Altube: “Este disco es el pilar más firme que he construido”

CUESTION-DE-INTENSIDADEs consciente de que se encuentra en un punto determinante que marcará su futuro. A pesar de que desde 2009 vive de y para la música, afirma que “es el momento de ser profesional con todas las consecuencias”. Txetxu Altube reconoce que, por diversas circunstancias, no fue posible dar ese salto definitivo a la profesionalidad en su etapa anterior como líder de la magnífica banda que fue Los Madison, y lo busca ahora en su proyecto en solitario. Cuestión de intensidad es su primer disco como autor solista, un trabajo producido por Jose Nortes, que verá la luz bajo el sello Producciones Acaraperro el próximo 16 de octubre y que presentará esa misma noche en Madrid, en la sala Galileo.

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César Pop: “Las canciones son mi chaleco salvavidas”

_MG_4970Lleva la música adherida a la piel. Sus brazos están adornados con tatuajes que ilustran fragmentos de su particular historia de amor con las canciones. En ese mapa cutáneo y sentimental figuran la palabra Diciembre, la pantera de Delantera Mítica o la leyenda It’s only Rock’n’Roll acompañada de una fecha, la que corresponde a la noche en que se subió al mismo escenario que los Rolling Stones. César Pop se la tatuó junto a su amigo Gato Charro Pachequín al día siguiente de que ambos telonearan como miembros de la Leiband a la banda de rock más influyente del mundo. En el antebrazo derecho se lee en grandes caracteres You belong among the wildflowers, la frase de Tom Petty con la que se abre uno de sus discos favoritos. “Es para conjurar mis miedos y recordarme que en este mundo nada está escrito, nada es seguro”, dice el músico asturiano, que el martes 29 de septiembre presenta en Madrid, en la sala Galileo, su segundo álbum, Noticias del Norte.

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Jorge Marazu: “No tengo el talento para defender algo en lo que no creo”

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Esta entrevista se concertó hace meses, la misma tarde en la que un whatsapp de Jorge Marazu vino a encender un fuego en el frío del invierno: “Te voy a pasar el disco que hemos grabado, a ver qué te parece”. Aún tendrían que ocurrir algunas cosas hasta que Escandinavia viera la luz a comienzos del verano, pero ahí estaban ya las canciones, poseedoras de una belleza intensa y conmovedora que la preciosa voz de Marazu, unida a la acertada producción de Toni Brunet, contribuía a realzar. El 23 de junio se estrenó por fin el disco, momento propicio para retomar la entrevista acordada, que profundizara en ese viaje que es Escandinavia. Con tal propósito músico y periodista llegaron a estar sentados ante un par de cervezas que finalmente quedaron intactas, porque a veces los planes de uno cambian los de los demás. Sin embargo todo acaba sucediendo, y lo que empezó a través del whatsapp una tarde de invierno culminó por skype una ardiente noche de este calorífico y parece que infatigable verano.

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Ron Sexsmith. El héroe de incógnito

DSCF5503OKSería complicado encontrar subido a un escenario a alguien con menos aspecto de estrella que Ron Sexsmith. Alejado de toda pose, con su aire despistado de niño grandullón y buenazo, lo suyo es la sencillez de las pequeñas cosas que nos alegran la vida, y que justo por esa razón acaban siendo las más grandes. Sus canciones reconfortan como un atardecer desde el acantilado, como la lluvia golpeando en el cristal, como unos dedos recorriendo la espalda, como el abrazo que cada noche te da tu hija justo antes de quedarse dormida. Asistir a un concierto de este héroe sin pretensiones tiene efectos terapéuticos, porque cuando termina de tocar uno se siente mejor, dispuesto a darle otra oportunidad al mundo y a sí mismo. Ocurrió la otra noche en Madrid, en mitad de una semana de griterío, pero hasta el interior del Teatro Lara no llegaban el ruido, ni la furia. Sólo la música de un tipo sencillo y natural, incapaz de pensar por un momento que está en sus manos obrar milagros.

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Pasa la vida en Galileo Galilei

Quique GalileoAquellos días todo sucedía veloz. Quien más quien menos lucía ya algún zurcido en el traje, un disparo en el zapato o la niebla de una pena en la mirada, pero conservábamos el valor que da la inconsciencia y la alegría de creernos a salvo de todo. La desgracia siempre era ajena y las madrugadas nuestras. No habíamos sido todavía heridos por certezas: ignorábamos que los amigos fallan, que el amor puede resistir más cuando está roto y que mañana quizás sea tarde para abrazar a tus padres. Aquellos fueron los días en que Quique González publicó Salitre48 y una noche fuimos a su encuentro a Galileo. Sería el primero de bastantes conciertos allí. Aún no existían las canciones que nos hablarían de pájaros mojados, de aviones en tierra, de kamikazes enamorados, de desperfectos, de avería y de redención, pero eso es justo lo que fuimos a buscar, aunque no lo sabíamos. Habíamos partido de viaje hacia lo incierto y aquel tipo tímido que se apoyaba en la seguridad de Carlos Raya nos prestó sus mapas. Todo lo que había en ellos se limitaba a miles de trayectos señalizados entre canciones que todavía estaban por escribir.

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Marazu: el adiós que precede a ‘Escandinavia’

10690153_10205952135778789_7404024156253285706_nPor decirlo en corto y de forma gráfica, la canción es una bestialidad. Quien busque en ella el vestigio de algún recuerdo crónico sin duda se verá sorprendido, pero seguro que también caerá rendido ante su belleza incontestable. Es el Adiós! con el que Jorge Marazu adelanta el que será su segundo disco, Escandinavia, que publicará en pocas semanas autoeditado bajo sello propio, Escandinavia Records, y recurriendo al crowdfunding, lo que no deja de ser algo muy significativo.

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El Twanguero: “Pachuco es un disco que ha nacido en el escenario”

D2reducidoEl proceso es el siguiente: Diego García se empapa de la realidad que le rodea, la investiga hasta la raíz y la sintetiza en música. Paisajes, culturas, gentes y ritmos diversos se cruzan entre las seis cuerdas y los trastes de su vieja Gibson y se reconocen en un terreno común, el sonido twang al que el guitarrista debe su sobrenombre, El Twanguero. Así lo hizo tras vivir en Nueva York con The Brooklyn Session (2010), lo repitió después de pasar una temporada en Buenos Aires con Argentina Songbook (2013) y vuelve a hacerlo ahora con Pachuco, que no solo es el álbum que resume su experiencia vital alternando México D.F. y Los Ángeles, sino que es un homenaje a la música que, desde mediados del pasado siglo, ha hecho bailar a distintas generaciones. Probablemente también sea el mejor disco que Diego García  ha grabado nunca, pero eso es un juicio personal.

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Los Secretos toman ‘Algo prestado’

LossecretosEl 12 de mayo Los Secretos lanzan nuevo disco, ‘Algo prestado’, y por primera vez no incluyen en él canciones nuevas, sino que se dedican a cumplir un deseo que tenían desde hace tiempo: revisar y grabar composiciones de otros artistas que han marcado sus vidas. Así, el álbum recoge temas de músicos con los que crecieron musicalmente como Gram Parsons, Graham Parker, Nick Lowe, Peter Gabriel, Jackson Browne, Rodney Crowell o Jackie DeShannon, y de otros más actuales, como Ron Sexsmith o Fountains Of Wayne. También alguna sorpresa con sabor mexicano. Todas las melodías han sido arregladas y envueltas en el sonido clásico de Secretos y sus letras adaptadas al castellano, conservando en la medida de lo posible el hilo argumental de la canción original.

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Toni Jiménez se retrata en ‘Canciones tristes para domingos de lluvia’

FOTO: Álex Fernández (EnVivo Fotografía).

FOTO: Álex Fernández (EnVivo Fotografía).

Una de esas famosas citas que circulan por ahí afirma que la vida no consiste en esperar a que pase la tormenta, sino en aprender a bailar bajo la lluvia. Para muchos músicos, intentar vivir de su profesión supone sin duda enfrentarse a la tempestad, y el éxito en este empeño tendrá mucho que ver con su capacidad de adaptación ante la adversidad. Toni Jiménez lleva en la música los años suficientes para haberlo comprobado muchas veces. Este cantautor catalán sabe por ejemplo lo que es autoeditar con mucho esfuerzo un álbum lleno de buenas canciones y que éstas no alcancen la difusión que, a priori, merecen. Pero ahí sigue él, como tantos otros mojándose bajo la lluvia, a la que invoca en el nuevo EP que acaba de editar y que, como su primer disco, rebosa calidad. Canciones tristes para domingos de lluvia es, además de un gran trabajo, la demostración de que Toni Jiménez ha aprendido a bailar bajo el aguacero.

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DuMMie: de jardineros en el hielo y choques frontales

El universo DuMMie aparece repleto de metáforas desde el mismo nombre de la banda, que hace referencia a los crash dummies, esos maniquíes que se utilizan en las pruebas de seguridad de los automóviles y que, como los músicos que hoy pelean por salir adelante, en su destino está encajar golpes. También hay simbolismo en el nombre de su primer disco, Un jardinero en la Antártida, que alude a quien en ocasiones tiene complicado trabajar por muchas ganas que le ponga, ya que es difícil segar la hierba cuando está helada. Sin embargo, ni el maniquí ni el jardinero pueden dejar de ser lo que son, exactamente igual que quien no concibe otra forma de vida que no sea la de dedicarse a lo que ama: la música. Es lo que les ocurre a los miembros de DuMMie, un grupo que mezcla estilos con una base jazzística y que acaba de presentar una interesante iniciativa: Choque frontal. El 8 de abril actúan en Madrid, en la Sala Galileo.

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Ángel Stanich y ‘Camino Ácido’. Coherencia y paradoja

Ángel Stanich_Photo by BitzSanz JPG copiaÁngel Stanich estaba a punto de salir a tocar y la resaca aún no había dejado de picotearnos el cráneo. Sentados en la terraza de las Piscinas y con una botella de Huno recién descorchada sobre la mesa, pretendíamos recuperar en la noche la claridad que habíamos perdido en un día diluido entre la duermevela y la náusea. Visto con distancia, quizás no había manera mejor de encarar un directo de Stanich por primera vez: con el cuerpo abrasado de la madrugada anterior, ricino y cinzano, y con el alma pletórica, aun presintiendo que al amanecer escucharíamos los truenos. Porque la paradoja no se despega de este tipo misterioso del que nadie parece saber mucho aunque sus canciones, turbadoras y luminosas, lo revelen todo. Así, felices y a un paso de la derrota, es como vimos a Ángel Stanich saltar al escenario del festival de Villacarriedo y comenzar a patearlo como si un enjambre de avispas le hubiese anidado dentro de sus botas.

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Quique González al reencuentro con su pasado

guitarraEste sábado 28 Quique González comienza en Salamanca su nueva gira, ‘Carta Blanca’, una serie de conciertos en solitario y en formato acústico en el que cada show será distinto, ya que el público tendrá, como el nombre indica, libertad para determinar el repertorio a través de sus peticiones. Sin embargo el músico no ha querido –o no ha podido– esperar en el vestuario el arranque de la gira, y en la noche del jueves saltó al campo a calentar, organizando en un bar de Madrid un ensayo general abierto a unos pocos incondicionales. Esa misma mañana, mientras bajaba hacia la capital desde su querido valle cántabro fue invitando por whatsapp a algunos amigos y conocidos, y por la tarde hizo extensiva la invitación a los 30 seguidores más rápidos de su página de facebook. Fue suficiente para que a las nueve y media de la noche la sala Fotomatón estuviera llena de rostros expectantes que observaban cómo Quique González subía al escenario sonriendo, se colgaba su Gibson y se disponía a dar carta blanca.

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