Y he matado también al tiempo

Manuel Jabois lleva los pantalones rotos para parecer más joven pero ha vivido lo suficiente como para no tratar de ocultar el ardid, así que lo confiesa en cuanto comienza a hablar. A su lado están Zahara, Iván Ferreiro, Sidecars (Juancho, Gerbas y Ruly) y la mitad de Morgan (Nina de Juan y Paco López), músicos a los que Brugal ha reunido esta tarde de miércoles en un hotel de Madrid para charlar sobre la madurez y el paso del tiempo —el producto protagonista de hoy es la variedad de ron ‘extraviejo’— y de paso presentar un ciclo de conciertos acústicos patrocinados por la marca.

Chema Doménech

Se supone que a Jabois le basta con lo que vive y con cómo lo escribe. No necesita engañar a nadie con unos vaqueros rotos y su look rockero, quizás únicamente a él mismo, como todos. A partir de cierta edad hay quien se revuelve el cabello cuidadosamente, vuelve a fumar pitillos de liar, abusa de adjetivos como jodido y puto o se compra una preciosa y jodida moto clásica de cilindrada mayor que la anterior, como hice yo. En el otro extremo siempre estará el running.

Tal vez no se trata de ser joven, sino de no convertirse en viejo, y ese es un razonamiento que en ocasiones funciona con independencia de la edad. Tampoco hablamos de pura estética, la cuestión es agarrarse a estímulos gratificantes, mantener un impulso lo suficientemente atractivo como para que compense levantarse cada puta mañana. Algo que te haga sentir, como Fito Páez, al lado del camino, abrir los ojos y estar vivo. Lo dijo aquí Carlos Zanón en una entrevista por su magnífica Yo fui Johnny Thunders: «El deseo es el motor de la vida», sentenciaba el escritor barcelonés. «Tú escribes o montas una banda de rock para gustar, para ser deseado (…) El fin del deseo, el momento en el que ya no deseas o no eres deseado, es el inicio de la muerte».

La otra tarde en el Urban se habló esencialmente del tiempo, no del que en la calle auguraba lluvia, sino del que en la vida amenaza ruina. «¿Qué os pasa por la cabeza cuando os llaman de usted?», disparaba Jabo en su papel de moderador para romper el hielo que tintineaba en todos los vasos de cóctel a base de ron repartidos por la sala. «A mí me lo acaba de llamar el señor que me ha abierto la puerta del hotel», se arrancó Juancho Sidecars, confesando que las primeras veces que le dispensaban tal tratamiento lo dejaban tocado, pero que después lo ha ido asumiendo. «Yo ya soy madre y cuando voy al parque y una niñas me llaman ‘señora’ me caen muy mal», confesaba la joven Zahara entre risas luciendo sus no menos juveniles botines rayo azul. «Pues yo tengo 48 años y me siento de puta madre, en el mejor momento de mi vida. No echo de menos ser joven, tuve un compañero en la banda que era un crío y no hablé con él durante años, hasta que dejó de serlo», decía por su parte Iván Ferreiro, quien dejaría después varias píldoras de lucidez.

Nina de Juan y Paco López, de Morgan, hablaron de las canciones que escribían en sus comienzos, y de cómo les ruboriza ahora volver a escucharlas. Todos los demás asintieron. «Yo sé que los dos primeros discos de Piratas son una mierda, pero sin ellos no hubiera hecho los de después», manifestaba Ferreiro, recordando lo importante que son las malas canciones para poder hacer las buenas, como resumiría luego Jabois. «Cuando eres joven flipas con cosas que después te avergüenza escuchar», dijo alguien, sin duda obviando los discos que Dylan o Springsteen gestaron antes de cumplir los 30.

En todo caso, la charla giró en torno a aquello que se va ganando a medida que se pierde la juventud. Madurez, criterio, experiencia, sabiduría. Había buen rollo y ron de por medio, así que no se mencionaron otras consecuencias menos favorables ligadas también al paso del tiempo: los desengaños, los corazones en derribo, la colección de ausencias. Nadie sobrevive al paso del tiempo, es un hecho, pero hay quien sucumbe a él antes de que le llegue su hora. Gente para quien, tras una de esas hostias monumentales que tarde o temprano acaban por llegar, la vida no sigue, tal y como le habían contado. Puede que continúe, pero nunca será la que conoció antes de asomarse al abismo desde una silla vacía, antes de vomitar la bilis negra de la pena. Hay un montón de mentiras encerradas en frases hechas.

Y, como siempre, todo eso está en las canciones. «Ahora todo es igual pero nada es lo mismo», escribió Xoel López en Patagonia. «Cúrame tiempo, pasa para mí», canta la propia Nina de Juan en la estremecedora y maravillosa Sargento de hierro. Honestamente radical, Robe Iniesta confiesa que «he robado, he mentido y he matado también al tiempo» en Si te vas, una de esas canciones de Extremoduro que quizás alguna vez logre escuchar sin que se me rompa algo por dentro.

El caso es que un día uno es joven y al otro está en un hotel esperando para un concierto en la intimidad con Sidecars, charlando con un rockero del periodismo patrio y con la promesa etílica de ron Brugal al alcance del gaznate y, en vez de quedarse a ver qué pasa, se escaquea por lo que pueda pasar. Un par de horas antes, al llegar al evento, había liado un poco a la chica del guardarropa a cuenta de mi proverbial indecisión: «Te dejo el casco pero me quedo la chupa, bueno, mejor también te la dejo, ¿no me das número para el casco?». Así que cuando me vio enfilar de nuevo hacia el ropero, me miró riendo desde sus veintitantos años y me espetó: «Otra vez usted, el del casco».

Salí a la calle y arranqué la moto. Luego tiré por la Castellana hacia arriba todavía con la sonrisa dibujada por ese usted. Y en el primer semáforo en el que paré pensé, qué coño. Clavé las uñas a la altura de la rodilla y me rasgué los putos pantalones.

Los Conciertos Brugal Extraviejo se celebrarán en las siguientes ciudades y fechas:

– Bilbao. Zahara. 24 y 25 de octubre.
– La Coruña. Iván Ferreiro. 7 y 8 de noviembre
– Barcelona. Morgan. 14 y 15 de noviembre.

Quienes deseen conseguir un pase a uno de estos bolos deberán estar atentos a las redes sociales de Ron Brugal (ronbrugal_es) con el hastag #BrugalExtraviejo.

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