Estrenamos ‘Tras el huracán’, single de adelanto del nuevo disco de Txetxu Altube

Tras el huracán es el nuevo trabajo discográfico de Txetxu Altube, el segundo en su trayectoria en solitario después de Cuestión de intensidad (2015). También es un viaje con paradas en Madrid y en Dublín y una historia levantada entre hazañas y renuncias, contada en una docena de canciones que hablan de caer y de recomponerse, del vértigo al abandonar un refugio que fue seguro, del consuelo al sentir las heridas sanar. Grabado en los estudios Black Betty nuevamente con Jose Nortes como productor, el trabajo verá la luz el 17 de noviembre. Hoy, Esa canción me suena desvela su portada y estrena en primicia el single del disco, de título homónimo, disponible en plataformas digitales a partir del martes 24. Hasta entonces se puede escuchar aquí el inicio de este camino que se adentrará en nuevos paisajes. Los que se vislumbran en el horizonte en el instante en que todo ha sucedido pero todo está por suceder. En ese momento crucial que llega tras el huracán.

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Últimos ejemplares a la venta de ‘Salitre48. Quique González en el disparadero’

Coincidiendo con el fin de la gira ‘Me mata si me necesitas’ de Quique González y Los Detectives, Esa canción me suena lanza una oferta por los últimos ejemplares en stock del libro Salitre48. Quique González en el disparadero. Así, todos los pedidos recibidos a través de este blog hasta el próximo 2 de octubre, último concierto de la gira, tienen un precio de 12 euros con envío a España incluido. Además, sorteamos tres ejemplares en Facebook y otros tres en Twitter entre quienes compartan este post de forma pública o hagan RT desde los perfiles de Esa canción me suena hasta las 12:00 horas del domingo 24.

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José Ignacio Lapido: «Las canciones son bellas mentiras que deben destilar toda la verdad del mundo»

Está a punto de lanzar su octavo disco en solitario, El alma dormida, pero ésta no es una entrevista de promo. De esas ya vendrán. Aquí se trataba de tantear el estado de ánimo de José Ignacio Lapido, uno de los escritores de canciones más lúcidos y eminentes que ha dado este país, estado, nación de naciones o lo que malamente sea, en el momento previo a poner en marcha una vez más la maquinaria del rock’n’roll. Pronto saldrá de gira con su magnífica banda para presentar ante su legión de fieles las nuevas canciones, de las que damos tan por sentada su excelencia como el hecho de que no las escucharemos en las emisoras de radio comercial. En cualquier caso, el anuncio de este feliz alumbramiento fue motivo suficiente para que hace semanas enviáramos a Granada una serie de cuestiones poco habituales en las entrevistas con Lapido, aderezadas con ciertas dosis de ironía y cinismo. Las respuestas llegaron de madrugada, mientras veíamos el sol salir. Aquí se presentan sin aliño ni elemento ornamental alguno. Imaginemos que es la conversación de dos tipos de traje negro sentados en una habitación en penumbra, en la que uno pregunta y el otro responde mientras afuera se escucha el jolgorio. Sobre la mesa quizás habría ginebra, un reloj de arena, una corona de espinas y una caja de artículos de broma.

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Jorge Marazu en el manantial de Luz

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Una pareja de patos blancos chapotea en la pequeña laguna que adorna la entrada de Blascosancho, muy cerca del frontón viejo. Al otro lado se levanta el nuevo, construido junto a la ‘casa de los maestros’, hoy convertida en alojamiento rural. En ella habitó el niño Jorge Hernández Marazuela, quien años después adoptaría el nombre artístico de Jorge Marazu. La hora es todavía propicia para la siesta, por eso los patos de la laguna son aparentemente el único vestigio de vida que percibimos al llegar a este minúsculo pueblo de la moraña abulense. El sol de agosto se desploma sobre la llanura a través de una leve brisa, adueñándose con su luz primaria y cegadora del silencio de las calles vacías y de la quietud de los campos amarillos de cereal ya cosechado. Es la luz de la vieja Castilla, indiferente al tiempo y a las personas y fuente de inspiración para poetas, escritores y artistas de toda época y condición. La misma luz que refulge espléndida en Lumínica, el tercer disco de Marazu, que sale a la venta el próximo 22 de septiembre editado por Universal. Son precisamente esta luz y el rastro de ese puñado de canciones lo que esta tarde de verano nos ha conducido hasta aquí.

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Quique González y Carlos Raya, juntos en la grabación de un DVD en directo en Mad Cool Festival

Quique González junto a Carlos Raya en la época de 'Salitre48'. Foto: Fernando Maquieira.

Quique González junto a Carlos Raya en la época de ‘Salitre48’. Foto: Fernando Maquieira.

Dos noticias importantes hoy que, en realidad, son una misma: Quique González y Carlos Raya volverán a trabajar juntos, y ese encuentro se producirá durante la grabación de un DVD en directo en el concierto que Quique González y Los Detectives tienen previsto ofrecer el próximo jueves 6 de julio dentro de la programación del Mad Cool Festival, en Madrid. Así lo han confirmado en rueda de prensa el director de este evento, Javier Arnaiz, y el propio González, que se ha mostrado encantado ante las perspectiva de reencontrarse con quien fue su primer productor, algo que no sucedía desde 2006, cuando se editó el DVD y CD en directo Ajuste de Cuentas, y ha calificado esta oportunidad que le ofrece Mad Cool Festival como «un regalo».

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Faz, el rostro ecléctico de Itziar Baiza y Nacho Mur

Foto: Carlos Fernández.

Foto: Carlos Fernández.

Han trabajado juntos el tiempo suficiente para ser capaces de reconocerse mutuamente no solo en el escenario, sino también en las canciones que ambos interpretan y en una actitud similar de respeto y amor a la música. Nacho Mur, auténtico y fiable todoterreno, colabora habitualmente como músico en el proyecto en solitario de Itziar Baiza, dueña de un tesoro en la garganta, y hace cerca de un año decidieron dar un paso más construyendo un edificio común que albergase las creaciones musicales de los dos. En esa decisión se encuentra el origen de Faz, el proyecto conjunto, original, ecléctico y de una belleza arrebatadora con el que han grabado un disco presentado recientemente en Madrid.

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Marazu en la estela del cometa

Escuchando a Wilco aquella noche, Jorge Marazu tenía en la cara la misma expresión que se les quedó a esos padres levantados de madrugada que iban a colocar juguetes y encontraron a los reyes magos tomando whisky en el salón. Fue hace cerca de un año. Habíamos quedado para ver juntos el concierto de la banda de Chicago en el festival Noches del Botánico y para él era la primera vez. Hacía el calor con el que en los últimos años el verano sitia Madrid y Jorge venía alterado por las expectativas, así que antes de que empezara el bolo ya sudaba sentimiento. Mediado el concierto se subió a la grada con Pollo, pensé yo entonces que apabullado por la temperatura y la emoción, pero ahora creo que lo hizo para tomar la distancia precisa. Me quedé en la pista con Nacho Mur, otro músico pasional al que vi flotar cuando en los bises Tweedy y los suyos se desenchufaron para tocar, entre otras, California Stars (joder, cómo tiene que ver ese concepto musical con dónde anda metido Nacho un año después) y nos reunimos con Marazu al terminar. Intentamos usar tantas palabras para describir lo que acabábamos de vivir que nos faltaron las adecuadas.

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Dani Flaco: «Conecto con la melancolía, pero no con la nostalgia»

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Dani Flaco afronta entre la alegría y la inquietud la gira de su nuevo disco, Verbenas y fiestas menores, que comienza este sábado 25 en la sala Galileo, en Madrid. Los nervios son a cuenta de los seis meses que lleva sin tocar —«a ver si se me ha olvidado», bromea—, y la alegría brota del mismo motivo, porque subir a un escenario, según dice, «es algo que necesito y que ahora mismo ya echo de menos». Han pasado tres años desde que editara su anterior trabajo, Versos y madera, con el que ha estado girando durante dos años y medio por salas y garitos de toda España, en conciertos con banda y en otros más pequeños, en solitario con su Gibson acústica. «Así está hecha la vida, ¿no? De momentos grandes, las verbenas, y de acontecimientos íntimos, tristes o alegres, que son las fiestas menores», dice.  Aunque para tipos como él, puede que la vida esté hecha, sencillamente, de canciones.

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Joe Eceiza con Toni Brunet: luz en la noche del jueves

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Joe aprieta fuerte los párpados cuando canta, y dibuja en su boca un rictus que acaba pareciéndose a una sonrisa y que probablemente lo sea. Algunos versos, más que terminarlos, los sugiere, susurra las últimas palabras y las deja flotando un instante en la oscuridad, brillan fugazmente y desaparecen. Si no las atrapaste, ya han volado. Es noche de jueves y todo está en su sitio. El frío en la calle y el calor de los amigos en torno a unas mesas sembradas de tercios de cerveza. En el escenario Joe Eceiza se vacía los bolsillos, hasta hace un rato rebosantes de canciones. Las va mostrando una a una y las ofrece en envoltorios de lujo que Toni Brunet saca de su guitarra. El público, que en buena parte viene ya entregado de casa, agradece el regalo entre aplausos y vítores. Suena He vuelto a amanecer y la canción de Le Punk parece destinada a describir la escena que se desarrolla esta noche en La Fídula. La protagoniza el tipo que eligió cambiar el botín por sentirse vivo. El mismo que, en la penumbra, aprieta fuerte los párpados y parece que sonríe cuando asegura que todo irá bien.

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‘El Drogas’: Un día, una vida

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Aquel día se agotó por completo el merchan. Para tener algo más que ofrecer hubo incluso que recurrir a una partida de camisetas que en principio no se había puesto a la venta pero que, una vez en el mostrador, también voló en cuestión de minutos. A Richard y su gente no les quedó por vender ni una púa. El público se mostró ávido por llevarse a casa un recuerdo de aquel día en el que Enrique Villarreal, ‘El Drogas’, condensó ante 6.000 personas una trayectoria incontestable de la que pocos músicos pueden presumir. Seis horas de concierto, tres escenarios en diferentes formatos y 19 invitados son las cifras generales de lo que ocurrió en Pamplona el pasado 2 de julio. Fue un día nada más pero joder, a la vista de lo sucedido, fue el día.

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Hoy la vi (hoy la he vuelto a escuchar de nuevo)

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Puede que los versos más lúcidos escritos en la música en castellano en las últimas décadas (con permiso de José Ignacio Lapido) se encuentren en Contigo, una de esas bolas de demolición en que se tornan a veces las canciones de Joaquín Sabina. Es en el estribillo donde el pistolero de Úbeda dispara la bala de la verdad irrefutable: «Porque el amor, cuando no muere mata. Porque amores que matan nunca mueren». Es una afirmación dramáticamente cierta, quien lo probó lo sabe. Pocas cosas hay tan duraderas como un amor imposible, condenado al fracaso de antemano. Es precisamente en su fragilidad donde reside su fuerza, y de esa forma se asemeja al león herido y temible que se rebela contra su destino inexorable. Así es ese amor tóxico, envenenado, aniquilador e indestructible. El que perdura entre los pedazos de los cristales pisoteados por el suelo. El mismo que ha inspirado dolorosas y bellas canciones aun mucho después de haber sido dado por desaparecido.

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Diego Vasallo. La felicidad en una caja de tristezas

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Foto: Paco Posse (@fotopaco)

Terciopelo y espinas. Memorias huecas, corazones duros. Perlas falsas, días de luz, canciones que no hablan de amor. Escarcha posada en los años, tormentas de calma, licor de penas. Soles desprevenidos, aguas turbias al fondo de unos ojos, peces que saben morir. Esquinas perdidas de los mapas, caminos raros. Una vida entera amaneciendo, cien aviones despegando… En la noche del sábado, Diego Vasallo desplegó sobre el escenario de la sala Berlanga, en Madrid, su particular catálogo de imágenes crudas, bellísimas y reconfortantes. Verdaderas. Refugiado en la música y en su banda, pura elegancia, el autor donostiarra construyó un relato conmovedor, hecho de ruina y melancolía pero no de amargura. Todo lo contrario. Porque sus canciones son una muestra de que la felicidad también cabe en una caja de tristezas.

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Born to Run. Springsteen humaniza al mito

born-to-run-9781501141515_hrLos hechos son los que son y cualquiera puede narrarlos, pero sólo está al alcance de quien los protagoniza prender la luz y mostrar las causas, las consecuencias o las emociones ligadas a ellos. En el caso de Bruce Springsteen se ha publicado material biográfico suficiente para alimentar el mito durante decenios, pero únicamente él mismo podría en un libro acercarnos en verdad a la persona, al hombre que es, al joven y al niño que fue. A sus temores, sus traumas, sus ambiciones, sus éxitos y sus caídas. Al precio pagado por todo ello. Y ese es el principal valor que posee Born to Run, el libro de memorias publicado mundialmente a finales de septiembre. A lo largo de los años, fans de todo el planeta han aguardado interminables horas de cola para ver al Boss desde las primeras filas en alguno de sus conciertos multitudinarios. Con la telecaster colgando en su espalda, él se ha acercado a miles de ellos en mitad del show para estrechar sus manos y vislumbrar fugazmente la felicidad en sus rostros. Y ni siquiera en esos momentos de plena comunión con el público el rockero de Nueva Jersey se ha mostrado de una forma tan cercana, humana y vulnerable como lo hace en las páginas de este libro que ha tardado varios años en terminar.

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Destino 48: Detrás de una montaña de sueños

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Por si alguien duda de su determinación para vivir subiendo y bajando de escenarios, ellos lo dejan claro y por escrito: «No voy a echarme atrás por una vida barata, mis canciones son mi traje y mi corbata». Es parte de la letra de A ras de cielo, corte de Sol de invierno, el nuevo álbum de Destino 48 que sale a la luz el 12 de septiembre. Se trata del segundo disco de este grupo joven formado en Gijón —todos sus miembros cuentan con edades entre los 20 y 25 años— tras Esto no es un simulacro (2013), y en él insisten en avanzar por el camino del rock en castellano por el que han transitado antes que ellos muchas de las bandas y solistas con los que crecieron. Referentes que están muy presentes a lo largo de esta colección de 11 canciones en las que brillan asimismo las principales virtudes de los asturianos: letras pulidas con talento y emoción, bonitas melodías y un cargamento de ganas y actitud. Credenciales suficientes para situar a Destino 48 «detrás de una montaña de sueños», como también se describen ellos mismos en la canción aludida al comienzo de este párrafo y que constituye su particular declaración de intenciones.

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Canciones furtivas

A esta hora del día o de la noche muchos lo ignoran, pero hay canciones furtivas en movimiento. Algunas ocupan sólo un puñado de líneas escritas sobre un papel, amenazadas aún por la sombra de probables tachaduras. Otras luchan por mantenerse a flote en el mar convulso de sentimientos en el que han nacido y donde se debaten. Quizás lo consigan o tal vez naufraguen calladamente, sin estrépito, lastradas por el peso de motivos subjetivos. Ahogadas incluso antes de tener una oportunidad para alcanzar la playa.

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«Robe estuvo aquí»

Viví en un palacio y desprecié el lujo hasta que descubrí que el oro era falso. Me cubrieron de besos en un cuarto con ventanas abiertas al mar y al abismo. Me hospedé en un hotel en ruinas y de madrugada envidié a las cucarachas, que se hacían compañía. Me asomé a una tumba para decir adiós y todavía estoy allí.

En la bodega del barco sorprendí al capitán trazando planes con las ratas. En la cárcel estreché la mano del criminal. Bebí en la cantina hasta vomitar el asco y el dolor. Acudí al templo a rezar y lo encontré cerrado. Descarrilé en el vagón que perseguía los sueños. Disparé en la trinchera para matar al tiempo y al olvido.

Me visitó el demonio en una habitación pintada de otoño. Abrí la navaja en el túnel, sólo para ver si me asustaba. Salté al ring y el mal y el bien me apalearon. Aguanté la respiración en la cama del hospital para no oler la sangre y la mierda. Cerré el paraguas cuando llovía muerte en el patio de atrás.

Vi nacer a mi hijo en el laberinto que dibujó la esperanza. Me despertó en la cueva inhóspita el sonido de las flores al crecer. En el psiquiátrico, entre el griterío, escuché la música. Al desertar de la guerra llamé a la puerta y abrió mi mejor amigo. Me calentó la lumbre del hogar donde fui feliz.

En todos esos lugares leí la misma pintada en la pared:

«ROBE INIESTA ESTUVO AQUÍ»

Chema Doménech

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Canciones que espantan miedos

César Álvarez*

No soy un crítico consignado en las nuevas redes sociales, así que no se me escapará una crítica preventiva y/o comparada del artista. No soy un estudioso que repare en menudencias sin gracia. No soy un seguidor afanoso que busque poner orden a sus conocimientos exhaustivos. No soy un quitador de polvo porque todavía no hay peligro de que se acumule. Por estas exclusiones de perfil, quiero escribir estas líneas de aquel domingo que Quique González y sus detectives aparecieron entre las sombras del escenario del Teatro Price de Madrid:

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Sobre detectives y camaradas

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Quique González llegó al Teatro Circo Price el pasado sábado a media tarde, repartió abrazos, bromas y palabras de afecto entre los miembros de su equipo, que son casi familia, y tomó el ascensor hacia el camerino. Venía con la ropa pegada al cuerpo por el calor y con el ansia por pisar escenario dibujada en el rostro. Su imagen en ese momento tal vez no era otra cosa que una metáfora natural de la trayectoria artística de quien en los últimos 15 años ha sudado a fondo la camiseta, exigiéndose el máximo a cada paso. Arriba lo esperaban ya algunos músicos de la banda, ‘los detectives’ más famosos del país desde que en marzo pasado se publicara Me mata si me necesitas, el disco grabado por ellos y firmado con ese nombre. En su compañía el artista se siente en casa, se sabe afortunado por tenerlos de su parte. Con su ayuda se ha enfrentado al problema que planteaba Raymond Chandler, el creador del cínico y legendario sabueso Philip Marlowe: «Ganar delicadeza sin perder fuerza», que guarda similitud con aquello de «tener encaje sin perder empaque» que escribió el músico madrileño hace años. En los dos conciertos consecutivos del pasado fin de semana en la capital, Quique González y Los Detectives dejaron claro que si ése era un problema, un caso abierto, ellos lo tienen resuelto.

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Lo que esconde una portada

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Esta cubierta (fotografía y diseño) es obra de Fernando Maquieira. En su sencillez, es una preciosa portada que recoge la esencia de la historia que se narra en el libro. Al ilustrarse con una fotografía de la misma serie que la imagen que finalmente se incluyó en la tapa de Salitre48, es reconocible a primera vista y se asocia con el disco de forma automática. La figura a contraluz de Quique González, sentado sobre la funda de su guitarra en el margen de una carretera que se dirige hacia un mar en calma, realza la soledad del músico. La misma que debió de sentir muchas veces durante los dos años de gestación de esas canciones en las que nadie parecía creer, salvo él y su círculo más cercano. Al mismo tiempo la imagen desprende luz, como aquella colección de lunas llenas de las que habla Crece la hierba. La fotografía apareció hace meses, mientras repasábamos en el estudio de Fer el abundante material que conserva de aquella semana de trabajo en el Cabo de Gata de hace 15 años. Enseguida estuvimos de acuerdo en que sería la portada del libro. Ya estaba decidido el título, Quique González en el disparadero (referencia explícita a una de las canciones del álbum) y la imagen no hacía otra cosa que reforzar su significado. Ninguna plasmaría mejor la idea de un músico con un largo e incierto camino por delante, colocado por voluntad propia en el mismo disparadero. Después vendrían los ensayos con las tipografías, la búsqueda de armonía en la composición, el suave retoque de color, las pruebas de impresión, la preferencia por el papel mate… Debatimos incluso sobre el tacto que debería poseer esa imagen como tapa del libro, y tener tan claro lo que queríamos me sirvió de argumento para declinar alguna de las escasas ofertas editoriales que se presentaron. Fer Maquieira –que es ya un querido amigo– y yo sabemos el mimo que hay detrás de esta portada, y quería compartirlo y reconocérselo. Porque en un mundo que tiende a la chapuza y al trazo grueso, a la desidia y a la falta de rigor, siempre es tranquilizador tener cerca a alguien que hila fino y cuida los detalles. Y porque a veces me encuentro el libro por casa, y fijar por un momento la mirada en su cubierta es suficiente para hacerme sonreír.

#Eneldisparadero sigue a la venta en librerías, en los puntos de merchandising de la gira de ‘Quique González y Los Detectives’ y en el blog. Puedes comprarlo ahora pinchando aquí.

@chemadomenech

Joe Eceiza: “Los músicos caminamos entre ruinas”

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Joe Eceiza procede de esa fértil cantera de músicos que en su adolescencia hicieron sonar sus primeros acordes en las calles de la Alameda de Osuna. Él, nacido en Bilbao y criado en Marbella (Málaga), llegó a ese barrio residencial madrileño cercano al aeropuerto de Barajas cuando tenía 15 años, y pronto se vio integrado en alguna de las numerosas pandillas de chavales aspirantes a estrellas del rock que a comienzos de los 90 se juntaban en unas vías de tren abandonadas para fumar y tocar temas de Extremoduro en precarias guitarras españolas. Entre sus amigos de aquella época figuran Rubén Pozo, Leiva o Tuli −núcleo fundador de Pereza−; o Alfredo Fernández y Dani Patillas, compañeros del propio Eceiza en Le Punk, el grupo en el que militó como guitarrista y que a lo largo de diez años de trayectoria dejó a sus espaldas tres discos y una nada desdeñable colección de buenas canciones.

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La tarde que estuvimos en el disparadero

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Era pasada la medianoche cuando Carlos Raya respondió al teléfono. A pesar de lo avanzado de la hora el productor se encontraba en su estudio, trabajando, tal y como había aventurado Quique González unas horas antes, al justificar su ausencia: «Seguro que Carlos está ahora mismo grabando algo increíble, y esa es la razón por la que no está aquí, porque para él hay cosas más importantes que la exposición pública». Lo dijo durante el acto de presentación de Salitre48. Quique González en el disparadero, celebrado en la librería Cervantes y Compañía al atardecer del pasado miércoles 27 de abril. Una puesta de largo literaria y musical «emotiva y verdadera», según manifestó en Twitter Santi Alcanda, que ejerció como excepcional maestro de ceremonias y propició desde el primer momento ese clima de emoción que, con la complicidad de todos los asistentes, se respiró en este rincón de Malasaña hasta bien entrada la madrugada.

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A la venta ‘Salitre48. Quique González en el disparadero’

EL LIBRO QUE NARRA LA HISTORIA DE UN DISCO EMBLEMÁTICO CONTADA POR QUIQUE GONZÁLEZ, CARLOS RAYA Y OTROS PROTAGONISTAS

Maquetación 1Salitre48 es un álbum especial en la discografía de Quique González y, sin duda, también uno de los más queridos por los seguidores del rockero madrileño. Publicado el 21 de mayo de 2001, el disco encierra una peculiar historia, marcada por el hecho de haber sido editado a partir de maquetas de canciones grabadas de forma artesanal en casa del productor Carlos Raya.

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‘Voladores’ de Alberto & García: Sólo podía salir bien

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Si la ilusión y el entusiasmo tuvieran rostros de carne y hueso y, por tanto, pudieran ser filmados, aparecerían todo el rato robando planos y protagonismo a los músicos de Alberto & García en Voladores, el disco-documental que la banda asturiana está a punto de estrenar. Porque sólo desde la ilusión y el entusiasmo, —unidos, claro, a una buena porción de locura y a otra aún mayor de talento y de buen gusto— puede concebirse y llevarse a término un proyecto como el que verá la luz en las próximas semanas. Una idea pionera además, porque probablemente es la primera vez que un grupo graba en España un disco en directo en diferentes localizaciones al tiempo que lo documenta todo en imágenes. De la complicada parte técnica se ha encargado el equipo de Moonlight Audiovisual, la productora que hace tiempo imaginó otra hermosa locura: combatir con música y belleza la pesadumbre de los Malditos Domingos.

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El silencio del piano

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Desde hace semanas, cada vez que vuelvo a la casa de mis padres me gusta bajar a ver su piano. Ya han pasado varios meses y apenas reparamos en él, quizás por el egoísmo al que nos aboca la pena: todos andamos ensimismados en nuestro dolor, que es propio, y es íntimo, y nos resistimos a compartirlo por miedo a aumentarlo en los demás. Por esa razón pocas veces dejamos ver nuestras lágrimas, aunque todos le seguimos llorando. Estoy seguro de que el viejo piano también siente su propio e íntimo dolor, una tristeza de ausencia latente en el interior de su voluminoso cuerpo de madera pintada de negro, donde ya no anidan esas melodías que durante años fueron la banda sonora habitual de esta casa y de quienes vivimos en ella. Nunca he sabido cómo se llamaba una composición que él tocaba a menudo y que no me gustaba escuchar porque me entristecía un poco. Era una música como de domingo por la tarde, con una melancolía que aún se acentuaba más cuando la interpretaba en el acordeón. Hoy, cuando ya he aprendido que la canción más triste del mundo es la que nunca volverá a sonar, la añoro.

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Quique González. Certezas que hieren, canciones que redimen

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Cuando llegamos al valle son más de las tres de la tarde. Es un viernes de principios de septiembre y Quique González nos espera en su casa, cercana a Villacarriedo, en la que pasaremos los próximos tres días. Estamos hambrientos, pero cuando nos disponemos a salir a comer es la ansiedad la que nos devora a nosotros: «¿Escuchamos antes el disco?». ¡Joder!, claro. Abrimos unas cervezas mientras el músico se acerca al ordenador, en cuyo disco duro guarda la mezcla final del álbum grabado en Tarragona, en el estudio La Casa Murada. Difícil encontrar una definición más gráfica de la satisfacción que la expresión que en este momento se asoma al rostro del rockero madrileño afincado en Cantabria. Hemos dejado la puerta entreabierta y en cuanto comienzan a sonar en los monitores del estudio los acordes iniciales del primer tema entra Kima como un ciclón y se abalanza sobre su dueño. «Esta se llama Detectives», dice Quique en tono de confidencia, mientras se funde en carantoñas con su perra. Zafándose un momento de los lametones confiesa a continuación que ha decidido bautizar así a la banda, de manera que cuando salga el disco dentro de unos meses lo hará anunciado como ‘Quique González y Los Detectives’.

Durante los próximos 40 minutos sólo se escuchará la música, salpicada cada poco por exclamaciones entrecortadas que expresan admiración, sorpresa o emoción contenidas. Cuando las 10 canciones que componen el trabajo han dejado de sonar, se produce un silencio espontáneo, que precede a una efusiva demostración de alegría. Aún volveremos a escuchar este Me mata si me necesitas del tirón una vez más antes de salir definitivamente con dirección al restaurante Las Piscinas de Villacarriedo. Al llegar sale a recibirnos Fonso, íntimo amigo del músico y su mayor apoyo en estos valles de belleza casi insultante. Él fue la primera persona en escuchar el nuevo trabajo del artista, al margen de los músicos que lo grabaron, y desde entonces no ha dejado de sonar en su coche. En el encuentro hay abrazos, risas, amistad sincera. Fonso pregunta qué nos apetece comer. «¿Qué tenemos hoy?», contraataca Quique González. Al jovial dueño de Las Piscinas pocas veces se las ponen tan en bandeja: «¿Que qué tenemos hoy? ¡Tenemos el mejor puto disco, Quique!».

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