José Ignacio Lapido: «Las canciones son bellas mentiras que deben destilar toda la verdad del mundo»

Está a punto de lanzar su octavo disco en solitario, El alma dormida, pero ésta no es una entrevista de promo. De esas ya vendrán. Aquí se trataba de tantear el estado de ánimo de José Ignacio Lapido, uno de los escritores de canciones más lúcidos y eminentes que ha dado este país, estado, nación de naciones o lo que malamente sea, en el momento previo a poner en marcha una vez más la maquinaria del rock’n’roll. Pronto saldrá de gira con su magnífica banda para presentar ante su legión de fieles las nuevas canciones, de las que damos tan por sentada su excelencia como el hecho de que no las escucharemos en las emisoras de radio comercial. En cualquier caso, el anuncio de este feliz alumbramiento fue motivo suficiente para que hace semanas enviáramos a Granada una serie de cuestiones poco habituales en las entrevistas con Lapido, aderezadas con ciertas dosis de ironía y cinismo. Las respuestas llegaron de madrugada, mientras veíamos el sol salir. Aquí se presentan sin aliño ni elemento ornamental alguno. Imaginemos que es la conversación de dos tipos de traje negro sentados en una habitación en penumbra, en la que uno pregunta y el otro responde mientras afuera se escucha el jolgorio. Sobre la mesa quizás habría ginebra, un reloj de arena, una corona de espinas y una caja de artículos de broma.

Chema Doménech

¿Qué acepción recogería el diccionario para el término ‘lapidiano’ cuando por fin la RAE reconociera su uso como adjetivo?
Dícese del sujeto que luce en su solapa un signo de interrogación. También aplicable a lugares y localizaciones. Ej.: “Mira que camino más lapidiano: no conduce a ningún lado”.

¿Se puede escribir sobre corazones rotos con el propio intacto?
Es una obligación. El arte es invención y recreación de la realidad, es decir, falseamiento. Unas veces se embellece y otras se deforma. El hecho mismo de rimar las frases es una estilización: la vida está escrita en prosa, pero intentamos poetizarla. Es cierto que las canciones pueden ser autobiográficas, hay muchas que son obras maestras, pero habría que poner en cuarentena su credibilidad. En fin… Bellas mentiras.

¿La profesión de músico admite mayores dosis de impostura que las canciones?
Aunque las canciones describan situaciones no vividas en primera persona por el autor, deben ser creíbles. Aunque se trate de bellas mentiras esas mentiras deben destilar toda la verdad del mundo. ¿Acaso estuvo presente Caravaggio en el martirio de san Mateo o en la crucifixión de san Pedro? Es obvio que no, pero los pintó como si él hubiera estado allí, dotando de belleza todo el drama y el horror de esas situaciones que él imaginaba, y que cualquiera sabe si ocurrieron en realidad. Esa mentira, por así decirlo, se convierte en la gran verdad del autor. La profesión de músico de rock en España apenas tiene trampa ni cartón, la precariedad es tal que hay poco espacio para trucos fáciles, muchos seguimos ejerciéndola a duras penas y la mayoría apenas tienen la oportunidad de profesionalizarse. Así que hablar de imposturas no viene al caso, más bien habría que hablar de maestros de la supervivencia.

¿Es el músico de rock de estos tiempos muy diferente al de la época en que usted soñaba con serlo?
Uno, cuando empieza en la adolescencia a tener sueños de rock and roll piensa en tantas cosas que se nubla la razón. Yo me metí en esto por puro afán de imitación, quería ser como Lennon, como John Fogerty, como Keith Moon, como Bo Diddley, como tantos otros… Pero claro, estábamos en los años 70, y en España, que no era precisamente como estar en Londres o Nueva York. Aun así se podían hacer cosas. Y lo pasábamos muy bien rodeados de toda aquella precariedad, había un sentimiento de complicidad generacional que es posible que ahora se haya perdido. También es cierto que intentaba por todos los medios no tener que estar de por vida yendo de ocho a tres a un trabajo “normal”. Como dice la canción, quería ser libre a mi manera. Esa libertad te ata a otras piedras que tienes que acarrear hasta la tumba, pero son las que tú has elegido.

¿Hasta qué punto es difícil no entrar en “la rueda” de quienes controlan el negocio?
Bueno, ante la desidia de los que, como usted dice, “controlan el negocio”, yo opté en 2005 por crear mi propia forma de comunicar al público mis obras. María del Mar, mi mujer, y yo montamos Pentatonia Records. Desde entonces, todo lo que he grabado con mi nombre ha sido editado ahí. Eso se llama autogestión. Háztelo tú mismo o “Juan Palomo style”, como usted prefiera. Hay que trabajar mucho más pero te mantienes al margen de cualquier manejo indeseado. Si lo que quiere es hablar del asunto de “la
rueda” en SGAE pues… Sería para hacer otra entrevista. Ahora mismo sólo le diré que hace dos años, cuando fueron las última elecciones en la Sociedad, yo formé parte de una candidatura encabezada por Patacho Recio, cuyas principales propuestas de su programa estaban dirigidas a acabar de una vez por todas con este fraude que es “la rueda” de las televisiones. ¿El resultado? Si no recuerdo mal, de tres candidaturas, la nuestra fue la menos votada. Pero seguimos en ello.

¿Cree que la ignorancia es fuente de felicidad y, por el contrario, la certeza y la lucidez acaban siendo amargas?
Bueno… Un ignorante que ignora qué es el fuego acaba quemándose, así que tampoco hay que generalizar: las quemaduras no dan la felicidad. Se lo digo yo, que me quemo con más frecuencia de lo deseado. En un plano intelectual es evidente que no saber o no querer saber te evita muchos quebraderos de cabeza, pero llamar a eso felicidad me parece falsear el asunto. Para empezar, yo no creo que exista la felicidad absoluta y permanente. Hay momentos a modo de destellos en los que todo el mundo se puede reconocer feliz. Y hay largos periodos de búsqueda de certezas que provocan agonía e insatisfacción. Luego está el plano emocional, que es otra cosa con la que hay que contar, y la cuestión de intendencia, no menos importante. Y la inconsciencia, que digo yo que también puede provocar felicidades o infelicidades. Lo que uno sueña es lo importante, aunque a la mañana siguiente no te acuerdes de qué fue. Un equilibrio positivo entre todo esto sería deseable, pero vaya… Me va a perdonar usted, me están entrando vahídos con estas preguntas tan profundas. Me tomaré una cerveza para aligerar la cosa. Con su permiso.

«ANTES ENCONTRABA PIEDRAS PRECIOSAS EN LA SUPERFICIE, AHORA HAY QUE CAVAR MUY HONDO PARA DAR CON ELLAS»

¿Quedan historias por contar? ¿La realidad y la ficción dan para tanto?
Uno, con la edad que tiene, va buscando diamantes en minas previamente explotadas. Han sido muchos los años de búsqueda: soy minero honoris causa, con el permiso de Antonio Molina. Antes encontrabas piedras preciosas en la superficie, ahora hay que cavar muy hondo para dar con ellas.

¿Por qué el drama ofrece al escritor de canciones más posibilidades?
No creo que yo sea un autor de dramas. En mis canciones no hay campos de concentración ni cámaras de gas. Ni siquiera suicidios por amor. Es la realidad la que nos surte de tragedias. Yo me limito a ser consecuente con mi forma de ver el mundo. Tomo nota de lo que me rodea y esas anotaciones las meto en la batidora. Creo que existen el bien y el mal y que están en lucha continuamente. De esa lucha se ha nutrido el arte y la literatura en toda su historia. Yo, en mi modesto papel de escritor de canciones, sólo soy un eslabón más de la cadena.

Y el sarcasmo y la ironía, ¿son antídotos de algo?
Supongo que sí, pero ahora mismo no sabría decirle de qué. Tal vez hagan menos dura la experiencia de saber que no somos inmortales. Yo utilizo el sarcasmo y la ironía en mis canciones muy a menudo, para rebajar un poco la tensión de lo que estoy cantando, para darle precisamente un carácter menos dramático y restarle solemnidad. Al fin y al cabo se trata de r’n’r, no de autos de fe.

Dicen que la bala que te mata es la que no oyes llegar. ¿Escuchó alguna vez silbar las balas cerca?
Esta pregunta tiene pinta de ser mejor que cualquier respuesta que yo pueda dar.

“La vida es como un artefacto que funciona bien a ratos pero siempre acaba por fallar”. Siendo una definición suya, ¿la tiene presente a menudo? En mis últimos discos tal vez he definido la vida en demasiadas ocasiones. Supongo que cuando uno se hace viejo tiende a creerse en posesión de una sabiduría que dan los años, pero no es así. Lo años te generan más dudas…  Esta definición en concreto no es muy arriesgada, es algo comprobable: usted puede pasarse por la fiesta de cumpleaños de un niño y luego pasarse por el tanatorio. Comprenderá perfectamente ese verso.

Pocos han experimentado una maniobra de resurrección. ¿Qué se siente?
No sé lo que sintió Lázaro, pero es una experiencia asombrosa. Volver a cantar canciones que escribí cuando tenía veintitantos años es una curiosa pirueta temporal. Lo más sorprendente de la resurrección de los Cero es que seguía creyéndomelas. Y más sorprendente aún es el hecho de que hubiera más gente dispuesta a creerse esas canciones que cuando se hicieron, algunas hace más de treinta años. El año pasado me hablaron mucho de que se hacía justicia poética con la banda y tal… Yo no lo percibí así. Siempre he creído que hay que hacer bien el trabajo, te lo agradezcan o no, haya cien personas delante o cinco mil. Eso vale para un fontanero o para un músico de rock. En cualquier caso, la experiencia fue increíble.

¿Cree sensato esperar algo después de la muerte?
No. Pero es la insensatez, entre otras cosas, la que ha hecho de los homínidos se convirtieran en humanos. Si frotamos dos piedras y saltan chispas…, si soplamos por una caracola y empieza a salir un sonido…, si contamos las noches que tarda la luna en volver a estar llena… Insensateces prehistóricas, lo mismo que la creencia en otra vida después de la muerte, origen de todas las religiones. ¿Otra cerveza?

¿Con qué traje se ve mejor, con el de capitán o con el de miembro de la tripulación?
Hay un verso de una de las nuevas canciones que dice así: “Nadie estaba en su puesto en el momento del naufragio, la tripulación bebía y bailaba el capitán…”. No sé, cada cosa tiene su encanto. Lo que hay que tener clara es la respuesta que uno daría a la famosa pregunta de Maquiavelo: “¿Qué es mejor, ser temido o ser amado?”.

¿Volverán a estar los perros sueltos? ¿Aún siguen ladrando?
La experiencia fue tan buena que tanto Quique como yo estamos dispuestos a repetirla. No sabemos cuándo ni sabemos cómo pero en algún momento sucederá, seguro.

¿Es su Gibson SG la relación más duradera que ha tenido hasta el momento? ¿Sabe usted? Me da pudor hablar demasiado de mi guitarra Gibson SG. Puede parecer que haya algún tipo de patrocinio o algo así. La realidad es que nunca he tenido el menor contacto con la marca. Jamás se han puesto en contacto conmigo para nada, y la verdad es que no tienen por qué, aunque sé positivamente que se han vendido muchas SG en España. Muchas de ellas las han comprado chavales y no tan chavales que les gustaba mi sonido o mi música. Lo sé porque ellos me lo cuentan después de los conciertos, de hecho algunos vienen a los camerinos con sus SG a que se las firme. Tengo además una 335 y una J200 pero… Olvidémonos de eso. Mi relación con mi guitarra es larga, me la compré en el 81 y he usado siempre la misma. Yo también me la compré porque se la vi a Pete Townshend en el concierto de Woodstock, la tocaba George Harrison en el Revolver, Eric Clapton con los Cream, que la llevaba pintada con motivos psicodélicos… Link Wray en los 70… Guitarristas que me gustaban.

Esa guitarra vuelve a sonar en su nuevo disco. ¿Qué puede adelantar sobre él?
Sale en octubre y se titulará El alma dormida, aunque ya ha salido un primer single de adelanto, una canción titulada ¡Cuidado! Lo he grabado con mi banda en los estudios Producciones Peligrosas y la producción es colectiva, la hemos hecho entre Raúl Bernal, Víctor Sánchez, Pablo Sánchez y yo. ¿Qué puedo decir más? Que lo edito con Pentatonia, cómo no, y que estoy muy orgulloso de estas nuevas canciones y del trabajo que han hecho los músicos: sobresaliente. Y que espero que a usted le guste cuando lo escuche.

¿Qué le ha hecho feliz últimamente?
Acabar el disco, precisamente. La grabación es un periodo de tormentos y agonías varias. Tienes que tomar decisiones sobre las canciones y el sonido que van a quedar así para toda la vida y, créame, eso produce desasosiego y angustia. Cuando lo acabas, y lo acabas bien, como ha sido el caso, experimentas algo parecido a esa escurridiza felicidad de la que hablábamos.

Tras los años que lleva en esta profesión y todo lo vivido, ¿sabe ya por dónde van los tiros?
La mayoría de las veces son previsibles. Otras disparan con silenciador, y es más complicado.

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