Carlos Zanón: “Johnny Thunders encarna el sueño y también la miseria del rock’n’roll”

carlos_zanon_01baja“¿Dónde están ahora el sueño y la gloria?”. Con esa cita del poeta romántico William Wordsworth arranca Carlos Zanón (Barcelona, 1966) su novela Yo fui Johnny Thunders. El escritor recrea una historia de fracasos, la de unos personajes prisioneros de la violencia, de las drogas, del amor o de las canciones de tres minutos, que encadenan derrotas y para quienes no hay redención posible. Ambientada en el distrito barcelonés de Horta-Guinardó, la historia discurre sin tregua por el lado más sórdido y oscuro del rock. Nocturna y sin un gramo de esperanza, la novela de Zanón es también maravillosa.

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Chicas de canciones tristes

lucindawilliamscocheLo último que vio de él fue su espalda. Lo observó marcharse cargando una maleta, que chocó con el marco de la puerta al salir, antes de cerrar con suavidad. Fue aquel último golpe, de tan leve, el que le quebró el corazón. Hubiera preferido un portazo de rabia que avivase el rencor e hiciese el dolor más llevadero, pero tuvo que enfrentarse al silencio helado que ocupó la casa repentinamente. Ya hace casi un año y sigue sintiendo el frío. A veces parece que va a remitir, pero es entonces cuando regresa con mayor virulencia. Lo comprobó ayer mismo. Resultó divertido salir con los amigos, tomar unas copas y reírse con las ocurrencias de ese chico simpático de sonrisa canalla que se acercó a ligar con ella. Le recordó tanto a él que mientras regresaba a casa supo lo que estaba a punto de ocurrir. Aparcó el coche, apagó el motor y encendió un cigarrillo. Se sintió sola. Buscó en la guantera West, el disco de Lucinda Williams que últimamente lleva a todos lados, y pinchó el corte tres, Learning How to Live. Antes de que sonase el segundo acorde de Do rompió a llorar.

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Julián Maeso. Los sueños no se van

Llevo una semana escuchando música americana firmada por un tipo de Toledo, Julián Maeso, que acaba de publicar su primer trabajo como solista, Dreams are gone. Apenas he encontrado crónicas, entrevistas o reseñas en medios de comunicación sobre este lanzamiento, algo que, aunque a estas alturas ya no sorprenda, no deja de ser injusto. Es una opinión personal, claro, como también lo es la percepción de que el de Julián Maeso es uno de los grandes discos que se van a editar en España este año.

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El nuevo disco de Ryan Adams, en streaming

El próximo 11 de octubre se pone a la venta Ashes&Fire, el nuevo álbum de Ryan Adams, producido por Glyn Johns (The Beatles, Bob Dylan, The Clash o The Who) y que cuenta con colaboraciones como las de Benmont Tench, teclista de Tom Petty and The Heartbreakers, o Norah Jones, que canta los coros en varios temas.

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José Ignacio Lapido y la rendición del rock and roll

“Al final aprendí la lección, la vida es como un artefacto que funciona bien a ratos pero siempre acaba por fallar. Olvidé que alguien ya me advirtió, el tiempo hará el trabajo sucio, con él no vale ningún truco, ni da ninguna explicación”.

Quizás estas palabras, que forman parte del tema “Sueños que dejamos ir”, resumen perfectamente la visión lúcida, a veces cínica y otras brutalmente honesta, que José Ignacio Lapido imprime a las canciones que escribe. Letras que proceden de la reflexión serena de alguien que ostenta simultáneamente dos títulos: el de “maldito” del rock and roll y el de músico de culto. En cualquier caso y etiquetas aparte, son muchas las voces autorizadas que lo señalan como uno de los mejores compositores que ha dado la música en castellano en los últimos años. Y algunos de los músicos que conozco afirman abierta y rotundamente que Lapido es el mejor, que nadie escribe rock como él.

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Daniel Merino y los americanos del Norte

Alguien debería investigar qué está pasando en el Norte de la Peninsula Ibérica, por qué desde hace tiempo no deja de salir de esas tierras música de clara inspiración americana y de una calidad extraordinaria. Sonido fronterizo, country, rock, blues, folk, que evoca el sol cegador de California, el cálido verano en Tennessee o los ardientes desiertos de Arizona. ¿No dicen que en el Norte llueve siempre?

Sin duda, la localidad vizcaína de Getxo es uno de los puntos clave de esta ruta americana por el Cantábrico. Allí han nacido bandas como Smile o The Fakeband, que este año han publicado discos tremendos: All Roads Lead to the Shore, los primeros, y Too Late, Too Bad los segundos. Si quieres comprobarlo, escucha esto.

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A César lo que es de César

Si la ilusión fuera siempre premiada con el éxito, el disco que está preparando César García Miranda (César Pop) entraría en la lista de los más vendidos nada más publicarse. Probablemente eso no va a suceder, no corren tiempos en los que además de la ilusión se premie la calidad, pero cuando ese disco llegue a las tiendas después del verano, todo el proyecto habrá merecido la pena aunque sólo sea por el cariño con que ha sido concebido.

Foto: David Gallego (Facebook)

Llevo un tiempo siguiendo más o menos de cerca a este músico asturiano, afincado en Madrid desde hace años. Y cuando digo músico me refiero a eso, a una persona que crea música, que la interpreta, la siente, la ama y la acaricia como si se tratara de un frágil y delicado tesoro del que fuera único depositario.

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Wilco, clásico y alternativo

Bueno, pues ya tengo entrada para ver a Wilco en noviembre en Madrid. Será el día 1 en el Circo Price, un recinto de aforo discreto para la que es considerada por muchos críticos como la mejor banda estadounidense de rock de los últimos años. Rock, eso sí, acompañado siempre del apellido “alternativo”, algo a lo que el grupo liderado por Jeff Tweedy se ha hecho acreedor después de tres lustros explorando un universo sonoro muy particular.

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Diez años de Salitre

A ver cómo explico esto. Todo amante de la música tiene su lista particular de discos esenciales. Aquellos que han supuesto una revelación, dando forma al cauce de los ríos por los que fluye la sensibilidad de cada uno. Con estos discos ocurre como con los grandes amigos: puede que pase el tiempo sin saber de ellos, pero siempre están cerca, a mano, por si las moscas, como diría alguien con quien comparto simpatía, afinidad y horas de trabajo.

Chema Doménech

He escuchado a muchos músicos y críticos utilizar la expresión “me voló la cabeza” para describir el impacto recibido ante una determinada obra musical. Me parece una manera muy gráfica y acertada de explicar esa sensación que te invade de repente cuando adquieres la certeza de que una canción, un disco o un artista te van a acompañar el resto de tu vida. Pues bien, como cualquier amante de la música, sé cuáles son los discos que un día también a mí “me volaron la cabeza” y forman parte imprescindible de mi equipaje vital. Hoy hablo de uno de ellos, asumiendo el riesgo de que las palabras no hagan justicia a las sensaciones porque, a veces, ni siquiera decir que “me voló la cabeza” es suficiente.

A finales de de los años 90, Quique González era un músico sin compañía discográfica. En 1998 Polygram había editado su primer trabajo, Personal, producido por Carlos Raya con mucho rock y sonido telecaster por todos lados. A pesar de contener canciones que pasado el tiempo se han convertido en himnos para los seguidores del artista, como Cuando éramos reyes o Y los conserjes de noche, el disco no obtuvo buenos resultados de ventas y la compañía decidió prescindir del autor madrileño.

Quique, junto al mencionado Carlos Raya -que había sido su profesor de guitarra y era quien le guiaba por el complicado mundo de la industria- se dedicó a componer. En este dueto, el discípulo aportaba el talento creativo y el maestro la dirección musical. Quique creaba las canciones y Raya las vestía de domingo. Esta sociedad limitada dio como fruto un buen puñado de composiciones de una calidad fuera de lo común, grabadas de forma artesanal en un pequeño estudio que Carlos tenía en su casa a las afueras de Madrid.

Quedaba algo importante: encontrar una compañía que quisiera editar un disco con aquellas pequeñas joyas. La maqueta estuvo durante meses dando vueltas por despachos de ejecutivos de la industria musical que, sin duda, no se ganaban el sueldo, ya que ignoraron aquel fantástico tesoro que se les ofrecía. Finalmente fue Universal, que había absorbido a Polygram, la compañía que “echó” a Quique, quien volvió a mostrar interés por el artista. Era tal la calidad de la maqueta grabada por González y Raya que la discográfica decidió editarla tal cual, sin regrabar las canciones en estudio, tan sólo con unos pequeños retoques a la producción que había realizado Carlos Raya ayudado por José Nortes. Es decir, el disco que hoy idolatran (idolatramos) miles de seguidores de Quique González está hecho de demos, lo cual dice mucho del trabajo de quienes intervinieron en su grabación. Por fin, el 21 de mayo de 2001, hace diez años, salía a la venta Salitre 48, un disco que lleva el nombre y el número de la calle donde vivió un tiempo el artista madrileño, en el barrio de Lavapiés, y que reúne 16 arañazos en forma de otras tantas bellísimas canciones.

Decía que este es uno de los discos que me volaron la cabeza. Es cierto, aunque quizás no fuera consciente de ello en un primer momento. Eso me ha ocurrido otras veces, no todos los discos son como el Born to Run, capaces de dejarte sin aliento a la primera escucha. Lo de Salitre fue diferente, más pausado. Conocía a Quique González desde el año anterior. En noviembre de 1999 había muerto el gran Enrique Urquijo, y meses después escuché el nombre de Quique asociado al del añorado líder de Los Secretos. Ya conocía la excelente Aunque tú no lo sepas, cantada por Enrique junto a los Problemas, si bien ignoraba que era una composición de Quique. Años más tarde, en la casa familiar de los Urquijo, tendría la inmensa suerte de poder escuchar dicha canción en la misma maqueta que el entonces desconocido músico entregó a Enrique. Recuerdo que la primera vez que oí pronunciar el nombre de Quique González era sábado por la noche, y que el lunes siguiente ya había conseguido su primer y único disco hasta la fecha, el mencionado Personal.

Pero volvamos a Salitre. Lo hago para recordar la gira de presentación de aquel disco, los inolvidables conciertos en Galileo, sentado con mi amigo Alberto Castilla en una mesa al pie del escenario, bebiendo ron con coca-cola mientras a un par de metros Quique, Carlos Raya, Edu Ortega, Jacob Reguilón, Tony Jurado y Basilio Martí interpretaban Días de Feria, Crece la hierba, Ayer quemé mi casa, El Rompeolas o Salitre.

Gracias a la simpatía y profesionalidad de Gloria González, que entonces trabajaba en Cuatro Gatos, pude entrevistar por primera vez al músico durante aquella gira. Andaba intentando esquivar la etiqueta de cantautor que ya le colgaban. Él se sentía un rockero a la manera de Dylan, de Ryan Adams, de Steve Earle o de los Burning. Un rockero con la sensibilidad y el coraje de un poeta que acaricia cicatrices, capaz de escribir letras que diez años después siguen estremeciendo.

Salitre 48 fue para muchos la llamada, el toque de atención de un músico destinado a hacer cosas muy grandes, como ha demostrado después. Y las que le quedan, porque sólo tiene 38 años. Quique González es hoy un artista consagrado que cuenta con el respeto y el cariño de todos sus compañeros de profesión y constituye una referencia para muchos de ellos. Alguien que ha sabido arriesgarlo todo por la música, peleando a la contra y manteniendo una trayectoria en continuo ascenso. Eso le ha valido sumar seguidores con cada nuevo disco, unos fans caracterizados por una inquebrantable fidelidad hacia el artista. Si tienes un amigo admirador de Quique, seguro que en algún momento te habrá animado a escucharlo y hablado maravillas de su música. Son así.

Desde 1998 el músico madrileño ha editado ocho trabajos discográficos, y se puede discutir sobre las mejores canciones de uno u otro, pero siempre partiendo del hecho de que ninguno es un mal disco. El último de ellos, Daiquiri Blues, es una delicia grabada en la cuna de la música americana, en Nashville (Tenessee), en la que Quique se gastó lo que había ganado tocando en directo en su gira anterior. Así es como él entiende la música. Recibir para volver a dar.

Tengo en las manos mi ejemplar de Salitre 48 comprado aquella primavera de 2001. Está un poco ajado por el uso, ha viajado en mi mochila muchas veces, acompañádome como un fiel amigo a quien recurrir cuando es necesario, por si las moscas. A veces ni siquiera lo escucho, sólo me acerco a la estantería, abro el libreto y paseo la vista por las letras que me hicieron soñar, aquellas que en la voz de Quique un día me volaron la cabeza y aún lo siguen haciendo (anoche, sin ir más lejos, en el teatro Bellas Artes). Ese gesto es suficiente para tranquilizarme, para saber que los amigos siguen ahí, y que todo está bien.

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Los Madison. Cuestión de actitud

Hay quien se empeña en parecer lo que no es. En un primer momento puede conseguirlo, pero a la larga siempre acaba por quedar en evidencia su impostura. La historia de la música está lleno de ejemplos y, como ocurre en cualquier otro aspecto de la vida, quienes abusan de esta falsa pose suelen hacerlo en un  intento de enmascarar sus carencias.

Por esa razón me caen tan bien los artistas sin trampa ni cartón, los que exponen al público su verdad, aquellos que no juegan al engaño y se abren camino bajo la bandera de la honestidad, que defienden con talento, naturalidad y humildad como únicas armas. Por eso, entre otras cosas, admiro a Los Madison.

La primera vez que vi sobre un escenario a Txetxu Altube fue hace más de diez años. Era la época en la que Txetxu trabajaba como comercial en una agencia de publicidad en la que también lo hacía un gran amigo mío. Para ser exactos, Pedro, mi amigo, era su jefe.

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