Luis Fercán: «No creo que haya que romantizar el fracaso»

Luis Fercán en su concierto en Madrid el 22 de abril de 2026. Foto: Alba Bouvier

Se ha sentado en la terraza acristalada templada por el sol suave de la tarde, ha agradecido con una sonrisa el refresco de cola y el vaso de agua que el camarero acaba de dejar sobre su mesa y ha vuelto a abstraerse en las páginas del libro. Es un volumen tirando a grueso, unas 400 páginas, tapa dura, portada azul. Una bonita edición de Física de la tristeza, de Gueorgui Gospodínov. El mismo autor de El jardinero y la muerte, donde está escrito ese comienzo lapidario que siempre revolotea en su cabeza: «Mi padre era jardinero. Ahora es jardín».

Chema Doménech

Luis Fercán está recién llegado a Madrid, ciudad en la que vivió durante seis años. Demasiado tiempo lejos del mar para alguien acunado desde niño por las olas. Y necesitado hoy casi tanto de escribir canciones como de escaparse con su furgoneta a alguna playa norteña a trazar estelas efímeras sobre una tabla de surf. Es un deporte que lo desconecta de la intensidad emocional de la música que escribe. Esas horas en el agua, donde los pensamientos y las preocupaciones cotidianas parecen diluirse, compensan la balanza.

Anoche salió de su Compostela para afrontar los dos conciertos programados esta semana en la capital. Las entradas se agotaron en un suspiro y hubo que abrir una tercera fecha para la próxima, también con todo vendido, después de pasar por Valencia el fin de semana. El músico está presentando Cerezos en flor, su cuarto disco de estudio, en una gira intensa que le hará pisar el escenario en más de 40 ocasiones. Es consciente de que se encuentra en un punto decisivo de su carrera, pero intenta no meterse presión con ello. Relativiza. Hemos quedado para charlar un rato y se ha anticipado a la hora de la cita, por eso aprovecha esos minutos para abandonarse a otra de sus grandes pasiones, la de la lectura.

Luis es un lector voraz, aunque tardío, según confiesa. Solo tiene 32 años, pero ya le interesan los textos que abordan el duelo y la muerte. De ahí su preferencia por autores como el mencionado Gospodínov o Julian Barnes; o su conmoción ante la valentía de Piedad Bonnett en Lo que no tiene nombre. De Barnes le volvió loco Niveles de vida, esa obra que explica cómo el mundo cambia de repente cuando se juntan dos cosas o dos personas que no se habían juntado antes. Y cómo, cuando una de ellas desaparece, el vacío es mayor que la suma de lo que había. «Lo leí en un momento de duelo y me partió en dos, es uno de mis libros favoritos de la vida, de una maestría absoluta», dice este gallego inquieto, risueño y tímido, por cuyos ojos asoman las palabras antes de que las pronuncie y en los que se adivinan los mil mundos que tiene dentro. «Quiero informarme de ciertas cosas que me pueden pasar para enfocarlas de la manera correcta cuando ocurran. Y el duelo es una de ellas, porque es algo a lo que tengo mucho miedo. Algunas de las canciones que estoy escribiendo ahora están influenciadas por ese sentimiento», asegura.

Estamos en un pub de estilo irlandés, muy cerca de la casa de Nacho Mur, el productor de sus discos y responsable en gran medida de su sonido e incluso de sus canciones. Porque, evidentemente, el mundo musical de Luis cambió cuando él y Nacho se juntaron. «Es la figura más importante en mi música», dice convencido Fercán, que añade: «Es muchísimo más que músico y productor, es uno de mis mejores amigos, alguien con una honestidad increíble. Estar con Nacho es como estar en el lado bueno de la música y de la vida. Con nadie aprendí tanto como con él, y en el escenario me da esa templanza guapa que compensa mi hiperactividad».

Luis Fercán y Nacho Mur en el escenario. Foto: Alba Bouvier

«Estar con Nacho Mur es como estar en el lado bueno de la música y de la vida»

Ciertamente, no es posible entender la música de Luis Fercán en los últimos años sin la concurrencia de Nacho Mur. Su complicidad es absoluta y la confianza que el compositor deposita en su productor va más allá de las canciones. Alimentan su amistad con ellas, y suelen reservar unos días al año para hacer un viaje que los lleve a lugares desconocidos en los que asistir a algún concierto. Ambos recuerdan, por ejemplo, aquel viaje a Estocolmo para ver a Gregory Alan Isakov, uno de los mejores bolos en los que estuvieron nunca, según confesión mutua. «Me lo descubrió Nacho hace años y escucharlo en directo fue flipante. Cómo suena ese tío, es que no tienen ningún sentido, ningún sentido», dice Fercán, otra vez con la convicción aferrada a su risa franca de niño grande.

La calidad de un bolo así lleva al músico gallego a reflexionar sobre algo muy común en cualquiera que se enfrenta a la creación artística: las dudas sobre la propia valía. «Yo es que veo a ese tío o a Glen Hansard o a peña así y pienso que eso es otra puta movida, que yo soy un impostor y que alguien se va a dar cuenta. Me digo que cuando se dé cuenta el primero van a ir todos detrás y esto se va a acabar. Lo hablo mucho con Nacho, un tío que para mí es el mejor guitarrista de este país y a veces tiene la misma sensación de que es un farsante y no sabe tocar. ‘Pero, cabrón, si tú no sabes tocar, ¿qué hago yo?’. Es una pelea, lo que ocurre es que luego veo a la gente que viene a los conciertos, que canta mis canciones, y eso me da confianza para seguir escribiendo y dedicándome a esto».

Luis Fercán
Foto: Thais Varela

«Es una pasada subir al escenario y ver cómo la gente se mete en la movida. Nunca en mi vida tuve que decir, ‘oye, si no os importa, para esta canción pediría un poco de silencio’»

«Los conciertos de Luis son como misas, por el respeto casi sagrado con el que el público lo escucha. Es capaz de crear un ambiente muy especial». Son palabras de Gloria González, responsable de GNews, la agencia de comunicación con la que trabajan Fercán y una larguísima nómina de artistas de este país. Una afirmación de alguien experimentado, con muchos conciertos a sus espaldas, y que se ajusta exactamente a una realidad que al propio protagonista no deja de asombrar.

«Cada vez es más exagerado el rollo y sigo preguntándome muchas veces cuál es el detonante de eso», confiesa el músico. «Tampoco quiero saberlo, mientras ocurra, pero sí que lo digo en los conciertos, que es una pasada subir al escenario y ver cómo la gente se mete en la movida. Nunca en mi vida tuve que decir, ‘oye, si no os importa, para esta canción pediría un poco de silencio y tal’. Es verdad que también nos rayamos mucho con cosas como la canción con la que empezar el bolo, la manera de hacerlo, poner poco volumen… Yo me di cuenta de que los mejores bolos a los que he ido en mi vida no sonaban muy altos, sonaban muy bien pero no altos. Yo agradezco ese respeto de la gente, que también canta, pero lo hace como bajito. Está guapísimo, la verdad. Es como que me acostumbré a que eso suceda y, al mismo tiempo, me sigue sorprendiendo en cada concierto».

Esto lo comprobaremos apenas un par de días después, en el segundo concierto madrileño del compositor gallego. Desde un escenario intimista, cuidado al detalle, en el que Fercán y Mur aparecen sentados con sus guitarras, se derrama una emoción que hace enmudecer a los que presencian ese pequeño milagro. No hace tanto que el músico tocaba para diez personas y ya le parecía una suerte. Ahora lo hace para centenares de ellas, como las que asisten esta noche, y sigue siendo consciente de su fortuna.

«He tocado mucho para seis o siete personas, sí, y creo que es bueno hacerlo así pero tampoco hay que romantizarlo, que es algo que veo en muchas entrevistas y que me toca los cojones. Es una mierda tocar todo el rato para seis personas, no creo que haya que romantizar el fracaso. Yo he ido tocando para seis, siete, ocho y así hasta 400, me han pasado cosas increíbles y no me saltaría esa etapa ni de broma. Creo que hay cosas que solo puedes aprender de esa manera, igual que hay otras que solo puedes aprender tocando para 3.000. Si cuando metía seis personas me parecía el mejor curro del mundo, imagínate ahora».

Esta noche el bolo comienza con La niebla y continúa con El año en que cambiaste el tiempo. Como es lógico, el repertorio presta especial atención a Cerezos en flor, el disco más reciente de Luis Fercán y el que probablemente va a suponer un punto de inflexión en su carrera. Un disco de una belleza y crudeza máximas, pura emoción, quizás el que mayor carga autobiográfica contiene en la discografía del compositor.

«Si hablo de que estoy echando menos a alguien no quiero que nadie piense que es porque tengo mono de heroína. Es que estoy echando de menos a alguien»

¿Qué hay que sentir para escribir letras como las de Cristales o Esta vez?, le preguntamos al músico. Y él responde: «Con Cristales creo que es la única vez en mi vida que Nacho me ha mandado una mezcla y he llorado. Por otra parte, la letra de Esta vez es mi favorita, en eso coincide también Nacho. Yo me emociono con las historias que me pasan e intento escribir sobre ello, sobre cosas que me hacen sentir vivo. Y quiero que la gente lo entienda. No comparto eso de que lo importante es que cada persona que escuche una canción la haga suya y le sugiera una cosa u otra. Yo prefiero la verdad. Lógicamente, cada uno se lo imagina a su manera, pero si hablo de que estoy echando menos a alguien no quiero que nadie piense que es porque tengo mono de heroína. No es metáfora, es que estoy echando de menos a alguien».

¿Y cómo surge un verso como el de tengo la suave certeza de que me quiere bien?, volvemos a preguntar. Y Luis contesta: «Salió rápido. El año en que cambiaste el tiempo está escrita queriendo mucho a una persona en un momento en el que las cosas con ella no estaban funcionando. Yo sabía que se iba terminar, estábamos mal los dos, cada uno en su mundo. Pero tenía la certeza de que al menos me quería bien y eso me tranquilizaba. Querer bien es un concepto que me parece como muy concreto, mucho más que simplemente querer. Se quiere bien a poca gente y no puedes decirle a una persona que la quieres bien si no es verdad. Serías un psicópata si haces eso», dice Luis entre risas, que esta vez camuflan la gravedad del asunto.

En el mismo pueblo de Asturias y en similar estado anímico con el que escribió Cristales, el músico compuso otra de sus canciones favoritas del disco, Me estoy contradiciendo. En ella canta así: Quiero que esta soledad me acerque más a ti. El verso responde exactamente a lo que sintió al caminar por el pueblo y pensar en la persona con la que había acordado de forma mutua que lo mejor era estar separados. Se le ocurrió que quizás esa soledad que probablemente sentían los dos sería lao único capaz de volverlos a unir. Y, animado por ese sentimiento contradictorio de tristeza y esperanza, corrió a la casa de los amigos donde se quedaba y escribió la canción prácticamente del tirón, sin dejarse nada dentro. De esa honestidad y de ese coraje para mostrar su vulnerabilidad es de donde Luis Fercán extrae la belleza de sus canciones. Aunque duela y sepa cómo duele.

«Tampoco sufro tanto», aclara, en todo caso, el artista. «Lo cuento de una forma que parece que sí, pero no. Me dicen que escribo canciones tristes y es cierto que en este disco hay canciones tristísimas, pero no siento la tristeza como un hilo conductor. Noto una melancolía continua que sí que está como presente en mi vida siempre, y una nostalgia. Es cierto que esas emociones las gestiono mal si no las escribo. Cuando no hago canciones noto que gestiono todo peor. De hecho, si tengo que hablar con una persona para decirle algo importante, lo escribo. Me cuesta mucho más hablar que escribir».

Luis y Nacho tras el concierto del 22 de abril en Madrid. Foto: Alba Bouvier

«Yo no haría las canciones que hago si no fuera por Extremo y por Robe Iniesta»

A propósito de la tristeza, puede que una de las últimas veces que a Luis Fercán lo alcanzara de lleno fuera el día de la muerte de Roberto Iniesta. «Robe es el mejor de todos. No me esperaba que me fuera a afectar tanto. Llamé llorando a mi colega Rafi, el cantante de Puño Dragón, que es mi es como mi hermano y con el que he estado miles de veces tocando canciones de Extremoduro y hablando hasta las seis de la mañana de lo que significa la música de Robe. ¡La mierda, tío! Está feo decirlo, pero yo creo que hay gente que conozco que me da más igual. Pienso además que es un sentimiento que tuvimos mucha peña. Yo no escribiría las canciones que escribo si no fuera por Extremo y por Robe Iniesta».

Cuando Luis Fercán y Nacho Mur se han retirado del escenario, con las luces ya prendidas, en el ambiente aún flotan posos de la emoción colectiva que acaba de vivirse en la sala. Hay rastros de sonrisas cómplices y de lágrimas contenidas o furtivas; discretas, en todo caso. También se ha esfumado la chica que, a nuestro lado, se ha pasado el concierto entonando con una afinación impecable casi todas las canciones del repertorio. Como ella, otras personas lo han hecho, en voz baja y como para sí mismas, sin invadir, arropando y respetando a un artista al que el público escucha de una manera casi reverencial. El volumen no ha sido muy alto, efectivamente, pero la intensidad se ha disparado.

Aparentemente ajeno a ello, Luis Fercán está firmando discos en el puesto de merchan, al frente del cual está su hermano. Como aquí nada sucede por azar, suena Red Eyes, de The War On Drugs, mientras él atiende a todo el mundo con esa sonrisa limpia que se le escapa por los ojos. «Gracias por venir, ¡ha estado guapísimo!», exclama cuando se acerca, ya riendo abiertamente anticipando el abrazo. Es cierto lo que dice, pensamos entonces. Luis Fercán tampoco sufre tanto.

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