DuMMie: de jardineros en el hielo y choques frontales

El universo DuMMie aparece repleto de metáforas desde el mismo nombre de la banda, que hace referencia a los crash dummies, esos maniquíes que se utilizan en las pruebas de seguridad de los automóviles y que, como los músicos que hoy pelean por salir adelante, en su destino está encajar golpes. También hay simbolismo en el nombre de su primer disco, Un jardinero en la Antártida, que alude a quien en ocasiones tiene complicado trabajar por muchas ganas que le ponga, ya que es difícil segar la hierba cuando está helada. Sin embargo, ni el maniquí ni el jardinero pueden dejar de ser lo que son, exactamente igual que quien no concibe otra forma de vida que no sea la de dedicarse a lo que ama: la música. Es lo que les ocurre a los miembros de DuMMie, un grupo que mezcla estilos con una base jazzística y que acaba de presentar una interesante iniciativa: Choque frontal. El 8 de abril actúan en Madrid, en la Sala Galileo.

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Basilio Martí. ¿Y si todo fuera un ‘Lapsus’?

basilio-marti-28-02-13Aparco la moto y echo un vistazo a la entrada del Café Comercial, en la Glorieta de Bilbao, en Madrid. Llego con antelación a la cita, así que barajo la idea de acercarme un momento hasta la placita dedicada a Antonio Vega en plena Malasaña, a tiro de piedra. Sin embargo, decido que aún es pronto para visitar el pasado. Más tarde habrá que hacerlo, eso seguro, pero lo que me ha traído hasta aquí esta mañana de sábado es el presente, el de un músico que, curiosamente, aparece en una vieja Vespa restaurada de los años 70 y trae en la mochila un disco que todavía no ha empezado a distribuir en las tiendas. Definitivamente, hoy visitaremos el pasado, el presente y el futuro, me digo mientras me acerco a saludar a un sonriente Basilio Martí.

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Marazu. Canciones sin etiquetas

Marazu-LaColeccionderelojesJorge Marazu lo llama “la víscera”. Es ese impulso irrefrenable que te empuja a saltar sin comprobar antes que la red está en su sitio. A ignorar el miedo aunque lo presientas cerca. A jugártelo todo asumiendo que quizás sea en vano. Ese potente sentimiento es tal vez el mayor nexo de unión entre las 12 canciones que forman La colección de relojes, el álbum con el que Marazu ha soñado durante años y que significa su debut discográfico. Un trabajo honesto, heterogéneo y alejado de cualquier moda. Pura belleza emocional al margen de las etiquetas. Una maravillosa ración de eso que él llama “la víscera” y que presenta con su banda el 18 de este mes en la madrileña sala Clamores.

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Un asunto ‘Personal’

Una noche fui a una fiesta con la sonrisa en la matrícula y el motor averiado. Así solía salir en aquellos buenos tiempos en los que tanto sufrí, dispuesto a jugar reservando una pena en la manga. Era el cumpleaños de uno de los amigos que más contribuyeron entonces a que tirara por la borda lo que me esforzaba en conservar. Aún se lo agradezco. También a la chica que conocí en su casa, la que me habló por primera vez de Personal. No hace mucho volví a verla y por ella no pasan los discos.

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Sudando la tristeza

A veces es suficiente escuchar por primera vez una canción para reconocerse inmediatamente en ella. En esos momentos efímeros y felices, en los que repentinamente los sentimientos emergen a flor de piel, reside la magia de la música para aquellos que la aman y la consideran la manifestación artística que de forma más eficaz pulsa los resortes de la emoción y la imaginación. Hace pocos días me ocurrió de nuevo. Iba distraído en los runrunes cotidianos, conduciendo y escuchando Diciembre, el disco debut de Leiva en solitario, cuando comenzó a sonar el último corte, Sudando la tristeza. Tres minutos después los runrunes ya no estaban y en su lugar quedaban un fugaz brillo en los ojos, una media sonrisa en la cara y un leve estremecimiento en la piel.

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Jorge Marazu, imposible de parar

En ocasiones ocurre. No es algo premeditado, ni forzado, ni artificial. No sirve de nada provocarlo pero tampoco puede evitarse, simplemente hay que dejar que pase y disfrutar la sensación. Porque no todos los días se tiene la suerte de descubrir canciones que, abriéndose paso fugaces y precisas como flechas buscando diana, se hunden en lo más íntimo de uno mismo, allí donde las emociones y los sentimientos conviven con las melodías y las palabras que un día escribieron e interpretaron tipos que parecían conocer los recovecos de almas ajenas aunque afines. Tipos cuya música perfila los sueños, las alegrías y los fracasos propios. Tipos, en definitiva, como Jorge Marazu.

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Antonio Vega. El golpe de la ausencia

“Vivir es dejar atrás algunas cosas para llegar a otras”, dijo el filósofo. Pero se le olvidó añadir que hay cosas irreemplazables y que, una vez alojadas definitivamente en el retrovisor, ninguna otra llenará su espacio. Tendemos a vivir como si todo lo que nos es habitual fuera a permanecer para siempre, hasta que, de repente, lo que creíamos seguro desaparece. Un amigo con el que has compartido años de camaradería. Un día se va, o deja de serlo. Te entristeces pero sigues viviendo, no pasa nada. Lo malo es que sí pasa, y sabes que está al acecho el momento en el que abras los ojos y la ausencia te golpee en la cara brutalmente, haciendo pedazos el muro de contención que, de manera consciente o no, habías levantado. Es entonces cuando comprendes la magnitud de la pérdida. Y lo sientes de veras. Y duele.

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