Barón Rojo, Asfalto y el Spirit of St. Louis

Ayer Álvaro hubiera cumplido 50. A veces no hay mejor forma de afrontar la melancolía que sumergirte en ella sin oponer resistencia, así que, en los pocos ratos libres que me dejó un día de tremendo trabajo, me lancé a la caza del pasado a través de canciones que me trasladaran a mi vida con él. Salió de todo porque, en cuestiones musicales, Álvaro era un tipo ecléctico que igual se flipaba con Led Zeppelin que aparecía con un vinilo de Belinda Carlisle. Cuando él se marchó hace dos años y medio yo me quedé con su coche y con la avería que tenía en el equipo de sonido. El día que por fin lo devolvieron a la vida en el taller de la marca descubrí que el último CD que había sonado en él era una grabación compartida de música electrónica y de los grandes éxitos de Jackson Browne. Lo tuve puesto durante meses.

Chema Doménech

Estoy casi seguro de que el primer casete de música que compartimos Álvaro y yo de niños era ‘En un lugar de la marcha’, candoroso título de uno de los grandes del rock duro español, Barón Rojo. El álbum se abría con una canción titulada también de forma elocuente, ‘Breakthoven’, la primera que cayó ayer. Con 14 o 15 años Álvaro tocaba el viejo Farfisa de mi padre en ‘Impacto 89.0’, un grupo de adolescentes del pueblo con clara simpatía por el rock español. Por eso en aquellos primeros recuerdos además del barón aparecen temas de Obús o el ‘¡Hola mamoncete!’ de Ilegales.

Enseguida apareció ayer otra de esas canciones que llevaba media vida sin escuchar y que supongo también formaba parte del repertorio de ‘Impacto 89.0’. Era un tema de Asfalto que hablaba de la tragedia del hijo de Charles Lindbergh, piloto del Spirit of St. Louis. Estoy seguro de que fue a través de esa canción como supe de la histórica gesta aeronáutica, el primer vuelo entre Nueva York y París sin escalas. De crío, aquella historia hacía volar mi imaginación, nunca mejor dicho.

Quizás por su temática nos gustaba tanto escucharla a mi hermano y a mí, en esos años ya nos dedicábamos a hacer volar aviones en el campo de fútbol. También porque se trata de una canción triste, con una letra un tanto naíf que habla de dramáticas circunstancias, y a mí ya desde pequeño me iba la marcha. Ayer la busqué a propósito y la pinché un par de veces dejándome envolver por la nostalgia. Después seguí teletrabajando en el rincón que me he montado estos meses en el salón y que es uno de mis favoritos, entre una librería repleta y la guitarra Gretsch que una noche me regalaron mis amigos. Sobre esa librería descansan dos aviones decorativos de metal. Uno es un biplano rojo que bien podría ser la réplica del Albatros con el que el que von Richthofen, el auténtico ‘Barón Rojo’, derribó a un montón de enemigos antes de comenzar a pilotar el mítico Fokker de tres alas. El otro avión es la réplica exacta del Spirit of St. Louis. Ambos los compré hace años y, sin hacerles demasiado caso, han ‘sobrevolado’ ya tres mudanzas. Pero nunca hasta ayer caí en la cuenta de por qué siguen ahí.

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