Quique González y Carlos Raya, juntos en la grabación de un DVD en directo en Mad Cool Festival

Quique González junto a Carlos Raya en la época de 'Salitre48'. Foto: Fernando Maquieira.

Quique González junto a Carlos Raya en la época de ‘Salitre48’. Foto: Fernando Maquieira.

Dos noticias importantes hoy que, en realidad, son una misma: Quique González y Carlos Raya volverán a trabajar juntos, y ese encuentro se producirá durante la grabación de un DVD en directo en el concierto que Quique González y Los Detectives tienen previsto ofrecer el próximo jueves 6 de julio dentro de la programación del Mad Cool Festival, en Madrid. Así lo han confirmado en rueda de prensa el director de este evento, Javier Arnaiz, y el propio González, que se ha mostrado encantado ante las perspectiva de reencontrarse con quien fue su primer productor, algo que no sucedía desde 2006, cuando se editó el DVD y CD en directo Ajuste de Cuentas, y ha calificado esta oportunidad que le ofrece Mad Cool Festival como «un regalo».

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Fito Cabrales: “No me deis la vara con volver a lo que fui”

“A los que dicen que soy continuista, yo les tengo que dar la razón”. Lo afirma Fito Cabrales aparentemente sin un gramo de preocupación ni propósito de enmienda, consciente de ser eternamente acusado de desacato por determinados sectores del rock, que lo consideran uno de los suyos por su pasado pero permanentemente bajo sospecha por su presente. Un presente que ya dura unos cuantos años, por cierto, y con el que ha cocinado la fórmula del éxito de masas a base, eso sí, de buena música. “Yo sólo hago canciones. No me deis la vara con volver a lo que fui”, dice él a propósito de una canción cuyo título constituye una declaración rotunda: Lo que siempre quise hacer. Es uno de los diez temas que componen Huyendo conmigo de mí, el nuevo trabajo discográfico del bilbaíno junto a sus cómplices en esa presunta desobediencia rockera, los Fitipaldis.

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LEIVA: “Se sufre menos al escribir cuando tienes cosas de las que despojarte”

Leiva1--644x362Es un intenso día de promo y Leiva lleva horas desenchufado del mundo, así que ignora que su amigo Quique González acaba de sufrir un accidente casero. Quique se ha hecho un corte con un cuchillo en la mano izquierda y la avería es seria, hay que operar esta misma tarde y, por lo pronto, ha cancelado el concierto que tenía programado en Santiago cuatro días después. Cuando, tras los saludos, le comunicamos la noticia, Leiva comienza a encadenar preguntas con gesto desencajado: “¿Pero qué me estás contando?, ¿cómo que operar?, ¿por qué no me ha llamado?”. Automáticamente pide disculpas y unos minutos para telefonear al amigo, pero éste no responde a la llamada. Marca entonces el número de César Pop, quien lo tranquiliza sobre el alcance de la lesión: no es grave pero requiere pasar por el quirófano y un tiempo de recuperación. Leiva se recuesta en el sofá, aliviado, y sin darse tiempo para pensarlo informa a su equipo de que esa misma noche saldrá para Cantabria. “Arreglamos la promo en el norte y la hacemos estos días, tengo que estar con Quique”.

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Jose Nortes: “Cuanto más claro lo tienes, peor productor eres”

1Existe un lugar en el mundo en el que una bañera oxidada y unos viejos tablones crean el latido suficiente para que palpite el corazón de algunas canciones. En el que los futuros héroes cantan sus pequeños desastres encerrados en despensas diminutas y los grandes capos estrellan sus voces de trueno contra un rincón, como niños traviesos castigados de cara a la pared. Donde los azulejos del cuarto de baño se alían con guitarristas de oro para extraer de su sonido hasta el último quilate. Ese lugar es una fábrica de ilusión que huele a pájaros mojados y conserva las memorias de la carretera. Allí se forman dúos, tríos y otras perversiones, los relojes marcan la hora de los gigantes y  los días son de vértigo. Ese lugar está en este mundo pero pertenece a otro. Percibiendo el aroma de la historia del mejor pop rock nacional reciente nos adentramos en La Cabaña, puerta de acceso al apasionante mundo de Jose Nortes.

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Un asunto ‘Personal’

Una noche fui a una fiesta con la sonrisa en la matrícula y el motor averiado. Así solía salir en aquellos buenos tiempos en los que tanto sufrí, dispuesto a jugar reservando una pena en la manga. Era el cumpleaños de uno de los amigos que más contribuyeron entonces a que tirara por la borda todo lo que me esforzaba en conservar. Aún se lo agradezco. También a la chica que conocí en su casa, la que me habló por primera vez de Personal. No hace mucho volví a verla y por ella no pasan los discos.

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Diez años de Salitre

A ver cómo explico esto. Todo amante de la música tiene su lista particular de discos esenciales. Aquellos que han supuesto una revelación, dando forma al cauce de los ríos por los que fluye la sensibilidad de cada uno. Con estos discos ocurre como con los grandes amigos: puede que pase el tiempo sin saber de ellos, pero siempre están cerca, a mano, por si las moscas, como diría alguien con quien comparto simpatía, afinidad y horas de trabajo.

Chema Doménech

He escuchado a muchos músicos y críticos utilizar la expresión “me voló la cabeza” para describir el impacto recibido ante una determinada obra musical. Me parece una manera muy gráfica y acertada de explicar esa sensación que te invade de repente cuando adquieres la certeza de que una canción, un disco o un artista te van a acompañar el resto de tu vida. Pues bien, como cualquier amante de la música, sé cuáles son los discos que un día también a mí “me volaron la cabeza” y forman parte imprescindible de mi equipaje vital. Hoy hablo de uno de ellos, asumiendo el riesgo de que las palabras no hagan justicia a las sensaciones porque, a veces, ni siquiera decir que “me voló la cabeza” es suficiente.

A finales de de los años 90, Quique González era un músico sin compañía discográfica. En 1998 Polygram había editado su primer trabajo, Personal, producido por Carlos Raya con mucho rock y sonido telecaster por todos lados. A pesar de contener canciones que pasado el tiempo se han convertido en himnos para los seguidores del artista, como Cuando éramos reyes o Y los conserjes de noche, el disco no obtuvo buenos resultados de ventas y la compañía decidió prescindir del autor madrileño.

Quique, junto al mencionado Carlos Raya -que había sido su profesor de guitarra y era quien le guiaba por el complicado mundo de la industria- se dedicó a componer. En este dueto, el discípulo aportaba el talento creativo y el maestro la dirección musical. Quique creaba las canciones y Raya las vestía de domingo. Esta sociedad limitada dio como fruto un buen puñado de composiciones de una calidad fuera de lo común, grabadas de forma artesanal en un pequeño estudio que Carlos tenía en su casa a las afueras de Madrid.

Quedaba algo importante: encontrar una compañía que quisiera editar un disco con aquellas pequeñas joyas. La maqueta estuvo durante meses dando vueltas por despachos de ejecutivos de la industria musical que, sin duda, no se ganaban el sueldo, ya que ignoraron aquel fantástico tesoro que se les ofrecía. Finalmente fue Universal, que había absorbido a Polygram, la compañía que “echó” a Quique, quien volvió a mostrar interés por el artista. Era tal la calidad de la maqueta grabada por González y Raya que la discográfica decidió editarla tal cual, sin regrabar las canciones en estudio, tan sólo con unos pequeños retoques a la producción que había realizado Carlos Raya ayudado por José Nortes. Es decir, el disco que hoy idolatran (idolatramos) miles de seguidores de Quique González está hecho de demos, lo cual dice mucho del trabajo de quienes intervinieron en su grabación. Por fin, el 21 de mayo de 2001, hace diez años, salía a la venta Salitre 48, un disco que lleva el nombre y el número de la calle donde vivió un tiempo el artista madrileño, en el barrio de Lavapiés, y que reúne 16 arañazos en forma de otras tantas bellísimas canciones.

Decía que este es uno de los discos que me volaron la cabeza. Es cierto, aunque quizás no fuera consciente de ello en un primer momento. Eso me ha ocurrido otras veces, no todos los discos son como el Born to Run, capaces de dejarte sin aliento a la primera escucha. Lo de Salitre fue diferente, más pausado. Conocía a Quique González desde el año anterior. En noviembre de 1999 había muerto el gran Enrique Urquijo, y meses después escuché el nombre de Quique asociado al del añorado líder de Los Secretos. Ya conocía la excelente Aunque tú no lo sepas, cantada por Enrique junto a los Problemas, si bien ignoraba que era una composición de Quique. Años más tarde, en la casa familiar de los Urquijo, tendría la inmensa suerte de poder escuchar dicha canción en la misma maqueta que el entonces desconocido músico entregó a Enrique. Recuerdo que la primera vez que oí pronunciar el nombre de Quique González era sábado por la noche, y que el lunes siguiente ya había conseguido su primer y único disco hasta la fecha, el mencionado Personal.

Pero volvamos a Salitre. Lo hago para recordar la gira de presentación de aquel disco, los inolvidables conciertos en Galileo, sentado con mi amigo Alberto Castilla en una mesa al pie del escenario, bebiendo ron con coca-cola mientras a un par de metros Quique, Carlos Raya, Edu Ortega, Jacob Reguilón, Tony Jurado y Basilio Martí interpretaban Días de Feria, Crece la hierba, Ayer quemé mi casa, El Rompeolas o Salitre.

Gracias a la simpatía y profesionalidad de Gloria González, que entonces trabajaba en Cuatro Gatos, pude entrevistar por primera vez al músico durante aquella gira. Andaba intentando esquivar la etiqueta de cantautor que ya le colgaban. Él se sentía un rockero a la manera de Dylan, de Ryan Adams, de Steve Earle o de los Burning. Un rockero con la sensibilidad y el coraje de un poeta que acaricia cicatrices, capaz de escribir letras que diez años después siguen estremeciendo.

Salitre 48 fue para muchos la llamada, el toque de atención de un músico destinado a hacer cosas muy grandes, como ha demostrado después. Y las que le quedan, porque sólo tiene 38 años. Quique González es hoy un artista consagrado que cuenta con el respeto y el cariño de todos sus compañeros de profesión y constituye una referencia para muchos de ellos. Alguien que ha sabido arriesgarlo todo por la música, peleando a la contra y manteniendo una trayectoria en continuo ascenso. Eso le ha valido sumar seguidores con cada nuevo disco, unos fans caracterizados por una inquebrantable fidelidad hacia el artista. Si tienes un amigo admirador de Quique, seguro que en algún momento te habrá animado a escucharlo y hablado maravillas de su música. Son así.

Desde 1998 el músico madrileño ha editado ocho trabajos discográficos, y se puede discutir sobre las mejores canciones de uno u otro, pero siempre partiendo del hecho de que ninguno es un mal disco. El último de ellos, Daiquiri Blues, es una delicia grabada en la cuna de la música americana, en Nashville (Tenessee), en la que Quique se gastó lo que había ganado tocando en directo en su gira anterior. Así es como él entiende la música. Recibir para volver a dar.

Tengo en las manos mi ejemplar de Salitre 48 comprado aquella primavera de 2001. Está un poco ajado por el uso, ha viajado en mi mochila muchas veces, acompañádome como un fiel amigo a quien recurrir cuando es necesario, por si las moscas. A veces ni siquiera lo escucho, sólo me acerco a la estantería, abro el libreto y paseo la vista por las letras que me hicieron soñar, aquellas que en la voz de Quique un día me volaron la cabeza y aún lo siguen haciendo (anoche, sin ir más lejos, en el teatro Bellas Artes). Ese gesto es suficiente para tranquilizarme, para saber que los amigos siguen ahí, y que todo está bien.

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