La honestidad brutal de hacerlo

Durante una conversación con Carlos Zanón sobre su novela Yo fui Johnny Thunders, ese trallazo de libro, él hablaba de Antonio Vega como de ese tipo de músicos tocados por un halo de malditismo. «Joder, con lo bueno que era», decía Zanón, «que escuchas tres años sus letras y al cuarto piensas, hostia, si también dice esto…». Lo recordé estos días sumergido como cada cierto tiempo en Honestidad Brutal, el disco de Andrés Calamaro, siempre listo para señalarte algo en lo que no habías reparado antes y que te alude de forma tan directa que sólo falta que aparezca tu nombre.

Chema Doménech

Lo bueno de las canciones o las novelas que llegan a tu vida cuando no estás preparado para comprenderlas es que continúan esperándote, sin rencores. No hay sonrisa más cómplice que la dibujada en el momento en que al fin te encuentran y te reconoces en ellas, quizás años después de una primera y fallida aproximación. No sucede lo mismo con las personas ni con las palabras que un día te dirigieron sin que te enterases de nada por falta de experiencia, de interés o de coraje, por exceso de egoísmo o por cualquier otro motivo. A menudo, cuando caes en la cuenta de ese tipo de errores la historia ya dobló la esquina y sólo te queda una factura a pagar en incómodos plazos.

La infancia es un periodo repleto de mentiras bienintencionadas y de medias verdades cuyo engaño, en algunos casos, puede acompañarnos siempre y arrastrarnos por la vida a su antojo, bordeando la zozobra, igual que el arroyo a los barcos hechos de corteza que lanzábamos al agua cuando éramos críos libres. El día que en vez de tallar barquitos usamos la navaja para grabar en esa corteza un corazón, dos nombres y un para siempre probablemente ya habíamos dejado de ser ambas cosas.

De niños nos inculcan el valor de tratar bien a los demás, ¿pero quién nos enseña a no maltratarnos a nosotros mismos? Escribe Bruce Springsteen en un pasaje de su libro autobiográfico Born to run que, después de años de lucha contra prejuicios e ideas impuestas, un día descubrió con tristeza que un católico no deja nunca de serlo. Hay influjos del catolicismo como el sentimiento de culpa, la conciencia del pecado, la renuncia al yo en favor del prójimo o la sublimación del sufrimiento en este valle de lágrimas que se graban tan a fuego en algunas personas que condicionan toda su vida. Lo mismo ocurre con conceptos éticos y morales que colectivamente hemos interiorizado durante generaciones. En mayor o menor medida, todos actuamos alguna vez de acuerdo a ‘verdades’ socialmente aceptadas que están sin demostrar, y señalamos y juzgamos a quien se atreve a cuestionarlas.

¿Cuántas vidas se han desperdiciado o no han sido plenas porque sus dueños no han logrado ser honestos consigo mismos? Porque han vivido mentiras a sabiendas y las han soslayado por comodidad, por cobardía, por guardar las apariencias o por evitar daños colaterales. Pero la voluntad de no hacer daño causa a menudo otros mayores. ¿Alguien puede hacer feliz a otro con demonios royéndole el alma? La cuestión no es hasta cuándo puedes mantener una mentira, sino si eres capaz de soportar la verdad.

Por ello, quizás no haya honestidad más brutal que la reservada para uno mismo. Parece imposible que Andrés Calamaro no fuera un tipo jodido sorteando abismos cuando gestó y alumbró ese disco, que sentimentalmente es un tratado de excesos y musicalmente una barbaridad creativa incontenible. En una oportuna metáfora de un embarazo, el músico pasó nueve meses grabándolo en diversos estudios de España, Argentina y EEUU, acarreando por aeropuertos cintas que contenían sus entrañas hechas jirones, sus días y noches de euforia, sus angustias expuestas a la luz de los focos, su fragilidad, su arrogancia y su inocencia. Y la tristeza también.

«¿Quién escribirá la historia de lo que pudo haber sido?», pregunta el argentino en los primeros versos de El día de la mujer mundial, que abre así el kilométrico álbum y el catálogo interminable de preguntas de respuesta imposible.

Nadie escribirá esa historia, a lo sumo uno mismo, en el momento en que sea capaz de colocar en algún sitio los besos que no ha dado, los sueños que no ha cumplido, las disculpas que no ofreció, las expectativas que echó a perder. Todas esas cosas que no fueron pero que con el paso del tiempo ocupan tanto espacio que no sabes dónde ponerlas.

En todo caso, esa pregunta es ya estéril y la importante es la que concierne al camino que se pierde en el horizonte: ¿Quién escribirá la historia de lo que aún puede ser? ¿Serás tú? ¿Tendrás la honestidad brutal de hacerlo?

«Porque vivir es jugar y yo quiero seguir jugando». Paloma. AC.

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