José Ignacio Lapido y la rendición del rock and roll

“Al final aprendí la lección, la vida es como un artefacto que funciona bien a ratos pero siempre acaba por fallar. Olvidé que alguien ya me advirtió, el tiempo hará el trabajo sucio, con él no vale ningún truco, ni da ninguna explicación”.

Quizás estas palabras, que forman parte del tema “Sueños que dejamos ir”, resumen perfectamente la visión lúcida, a veces cínica y otras brutalmente honesta, que José Ignacio Lapido imprime a las canciones que escribe. Letras que proceden de la reflexión serena de alguien que ostenta simultáneamente dos títulos: el de “maldito” del rock and roll y el de músico de culto. En cualquier caso y etiquetas aparte, son muchas las voces autorizadas que lo señalan como uno de los mejores compositores que ha dado la música en castellano en los últimos años. Y algunos de los músicos que conozco afirman abierta y rotundamente que Lapido es el mejor, que nadie escribe rock como él.

Sin entrar en debates estériles sobre quiénes encabezan el escalafón de la calidad, es incuestionable que la música de José Ignacio García Lapido (Granada, 1962) tiene mucha, muchísima calidad. No hay más que escuchar cualquiera de sus discos en solitario, que viene editando desde 1999, para comprobarlo. Pero si además atendemos al dato de que Lapido fue guitarrista y principal compositor de las canciones de 091, desde el nacimiento del grupo granadino en 1982 hasta su disolución en 1996, es más fácil comprender por qué este artista de aspecto taciturno goza de tanto prestigio y respeto dentro del mundo de la música.

Y es que 15 años después de desaparecer, los “Cero” aún son añorados por ejércitos de seguidores que vieron cómo con su disolución quedaban huérfanos de una banda que había conseguido un sonido propio (ahí tenía mucho que decir la Gibson SG de Lapido), que enriquecía con unas letras poéticas, lúcidas, extraordinariamente reveladoras y trufadas de referencias culturales, algo poco común en el rock de los 80 y 90.

La historia de 091 se acabó (hasta ahora parece que definitivamente) en 1996, con la grabación de “Último concierto”, editado en un doble álbum que deja patente que la banda echó el cierre en un momento de extraordinario estado de forma, tanto por la intensidad de su directo como por la magnífica colección de canciones que conformaban su repertorio. Ese disco ha quedado como una referencia imprescindible del rock patrio para generaciones futuras, con joyas como “Qué fue del siglo XX”, “La noche que la luna salió tarde” o “En la calle”.

Terminada la etapa con 091, José Ignacio Lapido emprende su carrera en solitario editando su primer trabajo en 1999, “Ladridos del perro mágico”, al que seguiría “Luz de ciudades en llamas” (EP de 2001), “Música celestial (2002), “En otro tiempo, en otro lugar” (2005), “Cartografía” (2008) y “De sombras y sueños” (2010). No miento si digo que estoy seguro de que estos tres últimos también son discos ineludibles para cualquier amante del rock. “Agridulce”, “No digas que no te avisé”, “Bellas mentiras”, “La antesala del dolor”, “Cuando el ángel decida volver”, “En el ángulo muerto”, “Algo me aleja de ti”, “El más allá”, “Antes de morir de pena”, “Sueños que dejamos ir”, “En medio de ningún lado” o “Cansado” son maravillas hechas canción incluidas en estros tres trabajos del granadino, auténticas sacudidas al cuerpo y al espíritu, verdaderos tratados sobre la vida y la muerte, el amor y la desilusión, la esperanza y el desconsuelo. Letras que rezuman ironía, sarcasmo y grandes dosis de inteligencia incrustadas en sonidos de guitarras afiladas.

Desde hace tiempo me pregunto a menudo por qué Lapido no es más conocido entre el gran público, la razón por la que sus discos no gozan ni de una décima parte de la repercusión que su calidad merece. El mencionado “De sombras y sueños” es un trabajo exquisito, que firmarían sin dudar muchos de los artistas que llenan teatros y salen en la tele, y sin embargo ha sido practicamente ignorado en los medios generalistas. Es injusto pero, sobre todo, es triste. Aunque él no pierde el tiempo lamentándose y sigue a lo suyo, escribiendo temas gloriosos que, a falta de interés de las compañías discográficas, autoedita con su sello propio, Pentatonia Records, convencido como está de que grabar y autoeditarse es la prueba más palpable del verdadero amor al arte. 

“Antes de morir de pena brindaremos por nuestros fracasos, antes de firmar la tregua gastaremos la munición”, canta en su último trabajo. En ese par de frases está la esencia de Lapido, el tipo lúcido y desilusionado que se sobrepone, el artista que encuentra desengaños donde ayer hubo deseos, el luchador convencido de la derrota pero dispuesto a vender cara su piel. Si he de morir, que sea matando. Si he de naufragar en las aguas turbulentas de esta industria miope y desagradecida, que sea dejando una estela inolvidable de enormes canciones, parece pensar.

El ‘poeta eléctrico’ es un maldito, un guerrillero que desde su escondite asiste a la rendición del rock and roll pero no se resigna, y planea rodearse de lugartenientes leales para volver a enarbolar viejas banderas y cruzar las líneas a base de disparos crujientes de SG, de enfurecidas descargas de emoción, de agridulces ráfagas de escepticismo directas al corazón.

En alguna entrevista he escuchado decir a José Ignacio Lapido que nunca da por terminada una canción hasta estar convencido de ser incapaz de mejorarla. Quizás sea ése el secreto de la pócima que este artesano del sonido, este brujo del rock destila en su Granada natal, alejado de las grandes urbes en las que cada vez es más clamoroso el ruido que hace la industria de la música al resquebrajarse.

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Un pensamiento en “José Ignacio Lapido y la rendición del rock and roll

  1. No sabía que era guitarrista y compositor de muchas de las letras de 091.
    …..” Y algunos de los músicos que conozco afirman abierta y rotundamente que Lapido es el mejor, que nadie escribe rock como él.”…..En mi opinión es una afirmación muy atrevida pero es cierto que sus letras son imprescindibles en el rock.
    Gracias por el post!!

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