José Ignacio Lapido: «Las canciones son bellas mentiras que deben destilar toda la verdad del mundo»

Está a punto de lanzar su octavo disco en solitario, El alma dormida, pero ésta no es una entrevista de promo. De esas ya vendrán. Aquí se trataba de tantear el estado de ánimo de José Ignacio Lapido, uno de los escritores de canciones más lúcidos y eminentes que ha dado este país, estado, nación de naciones o lo que malamente sea, en el momento previo a poner en marcha una vez más la maquinaria del rock’n’roll. Pronto saldrá de gira con su magnífica banda para presentar ante su legión de fieles las nuevas canciones, de las que damos tan por sentada su excelencia como el hecho de que no las escucharemos en las emisoras de radio comercial. En cualquier caso, el anuncio de este feliz alumbramiento fue motivo suficiente para que hace semanas enviáramos a Granada una serie de cuestiones poco habituales en las entrevistas con Lapido, aderezadas con ciertas dosis de ironía y cinismo. Las respuestas llegaron de madrugada, mientras veíamos el sol salir. Aquí se presentan sin aliño ni elemento ornamental alguno. Imaginemos que es la conversación de dos tipos de traje negro sentados en una habitación en penumbra, en la que uno pregunta y el otro responde mientras afuera se escucha el jolgorio. Sobre la mesa quizás habría ginebra, un reloj de arena, una corona de espinas y una caja de artículos de broma.

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El año se acaba, la música no

guitarra masterEstos días en los que casi todos los medios musicales se afanan en publicar con mayor o menor fortuna listas con los mejores discos del año que termina, ando sumergido en canciones nuevas, entendiendo por novedad el hecho de que aún no han sido editadas. Convertido en una especie de joyero, el ordenador desde el que se escriben estas líneas guarda en este momento hasta tres magníficos discos que, si todo va como está previsto, verán la luz en este 2015 que llama a la puerta. Pocas satisfacciones hay tan grandes para alguien que escribe sobre música sin más pretensión que ahondar –también con mayor o menor acierto– en sus emociones que contar con la confianza de quien la crea, y recibir como preciosos tesoros esas canciones cuando todavía pertenecen a sus autores, antes de que irremediablemente se cuelen en las vidas de otras personas que las harán suyas.

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