Los Hermanos Cubero: Si es tristeza, hay esperanza

«Las tumbas se inventaron para que la memoria de los vivos se refugiara en ellas». Lo escribe Manuel Vilas en Ordesa, ese libro repleto de verbos en pasado, en el que el autor hurga en heridas que no curarán nunca para que de ellas broten la ira, la pena, la desesperación o el amor. Emociones que nacen del desgarro por la muerte de los padres convertidas en un ejercicio de exhibicionismo de un dolor tan íntimo que necesita ser colocado a la vista de todos. Quizás sea verdad que las tumbas se inventaron para ser refugio de la memoria de quienes aún siguen vivos y se enfrentan a la tarea imposible de tratar de comprender lo incomprensible. Y puede que los libros fueran inventados por el mismo motivo, igual que las canciones. Por eso existe Ordesa, y por eso existe Quique dibuja la tristeza, el disco demoledor de Los Hermanos Cubero.

Chema Doménech

Quizás la belleza de La Alcarria, tierra de la que proceden Los Hermanos Cubero, resida en sus paisajes llanos, sencillos y accesibles. Es una belleza cruda, desprovista de alharacas y sumida en la cotidianidad. Lo reflejó deliciosamente el maestro de periodistas Manu Leguineche en su libro La felicidad de la tierra, una especie de diario de los años que pasó en un pequeño pueblo alcarreño, que acabaron por ser los últimos de su vida. Esa cotidianidad, esa sencillez y belleza la encontramos también en las canciones de Enrique y Roberto Cubero, Los Hermanos Cubero, que llevan años anudando las raíces del folclore alcarreño a las del folk norteamericano y demostrando que, a la postre, la semilla de una misma música puede germinar en tierras diferentes y, en apariencia, tan alejadas.

En el último disco de este dúo de Guadalajara aparece no obstante un elemento nuevo que se hace presente en todo momento y que es imposible soslayar. Es el dolor originado por la muerte prematura de Olga, esposa de Enrique Cubero, fallecida a causa del cáncer. Un dolor devastador que, sin embargo, no es capaz de arrasar con esa belleza antes aludida, sino que forma parte de ella. Todas las canciones de este Quique dibuja la tristeza están impregnadas de ese sentimiento de pérdida, a veces sereno, a veces desesperado y en todo momento desgarrador.

Desde la portada del disco, que muestra el dibujo que hizo la hija de Enrique el día que en el colegio le pidieron que dibujara la tristeza y la pequeña pintó a su madre junto a un corazón roto, el cúmulo de sentimientos que provoca una tragedia así queda al alcance de todos en esta colección de canciones, tan explícitas que a veces el propio autor confiesa sentir pudor.

Quién sabe de dónde surge esa necesidad que sentimos cuando llega la desgracia de explicar nuestro dolor, pero Enrique Cubero lo hace aquí de una manera tan honesta y natural que conmueve hasta el hueso. El vehículo de su dolor son unas canciones más apegadas musicalmente al folk americano que nunca, con la incorporación junto a la guitarra y mandolina de los hermanos del contrabajo de Oriol Aguilar y del violín de Jaime del Blanco. Bellas melodías de aire country que encierran el vacío de la ausencia de Olga en unas letras convertidas en un catálogo exhaustivo de los sentimientos provocados en su pareja por su marcha. La desesperanza de El tiempo pasó, No veo dónde reposar o Qué haré el resto de mi vida. La nostalgia de Tu recuerdo es mi consuelo o Tenerte a mi lado. La inquietud de No nos despedimos. La impotencia de Un suspiro y un beso o Quisiera poder rezar. También hay una referencia al amor de los padres en la bellísima y desoladora Sonrisa inabarcable, donde el músico confiesa su llanto al escribir la canción.

Ciertamente, Quique dibuja la tristeza es un disco tristísimo, quizás no accesible a todos ni apto para cualquier momento. Es capaz de sumir en la tristeza al oyente aunque también de hacerlo sentir acompañado si éste ha vivido una desgracia parecida a la que motivó estas canciones. Porque existen sentimientos universales, comunes a cualquier persona, haya nacido en la América profunda o en una aldea perdida de La Alcarria.

Dicen que en la tristeza aún es posible encontrar algo. En ella hay sitio para el consuelo, para las canciones, para escribir Ordesa, mientras que en la pena auténtica no hay nada, sólo vacío y negrura.

La pena es un vómito de bilis pero, si es tristeza, aún hay esperanza. Y en este disco la hay, como hay desgracias que únicamente es posible comprender desde la propia experiencia, aunque jamás se esté preparado para aceptarlas. Lo escribía alguien recientemente en una red social: «Crees que no te va a pasar nunca y, cuando te pasa, te pasa por encima».

Por esa razón a algunos Quique dibuja la tristeza nos pasa, literalmente, por encima.

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