Diego Vasallo. La felicidad en una caja de tristezas

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Foto: Paco Posse (@fotopaco)

Terciopelo y espinas. Memorias huecas, corazones duros. Perlas falsas, días de luz, canciones que no hablan de amor. Escarcha posada en los años, tormentas de calma, licor de penas. Soles desprevenidos, aguas turbias al fondo de unos ojos, peces que saben morir. Esquinas perdidas de los mapas, caminos raros. Una vida entera amaneciendo, cien aviones despegando… En la noche del sábado, Diego Vasallo desplegó sobre el escenario de la sala Berlanga, en Madrid, su particular catálogo de imágenes crudas, bellísimas y reconfortantes. Verdaderas. Refugiado en la música y en su banda, pura elegancia, el autor donostiarra construyó un relato conmovedor, hecho de ruina y melancolía pero no de amargura. Todo lo contrario. Porque sus canciones son una muestra de que la felicidad también cabe en una caja de tristezas.

Texto: Chema Doménech  Fotografía: Paco Posse

Benditas sean las salas de concierto respetuosas, cómplices de la música. Y benditos también los ciclos culturales que lo fían todo a las canciones. Diego Vasallo actuó el sábado en la sala Berlanga dentro del ciclo ‘Berlanga Pop’, de la Fundación SGAE, que también programó el viernes a Virginia Maestro y el domigo a Fabián y la Banda del Norte. Vasallo aprovechó la ocasión para presentar su último disco, Baladas para un autorretrato, acompañado por la banda que lo ha grabado: Toño López a la percusión, Goyo Chiquito al contrabajo, Pablo Fernández al teclado, guitarra acústica y ukelele, y Fernando Macaya a la guitarra eléctrica y acústica. Macaya ha sido, junto a Vasallo, el productor del álbum, grabado en su estudio Moon River, en Santander, en otoño del año pasado, y sobre él recae el mayor protagonismo en una formación que destila clase y cuyo concepto musical se adapta de forma natural al personal universo de Diego Vasallo y a su inquietante voz arrugada, áspera, arenosa.

En un escenario sobrio, enfundado en un impecable traje negro, Diego Vasallo canta entre la bruma para un público expectante, profundamente conmovido por la belleza brutal de unas letras que se sostendrían sin música pero que, envueltas en ella, adquieren un poder hipnótico y devastador. Imposible no sucumbir a la emoción ante unas canciones que conforman el repertorio de la derrota y que, sin embargo, se alzan victoriosas en su propósito de elevar el alma de quien las escucha. Y Vasallo, tan frágil en apariencia, no da tregua. Durante la hora y media que dura el concierto se suceden una tras otra canciones de su trayectoria en solitario. Criaturas y canciones de amor desafinado, de abismos cotidianos, canciones en ruina, baladas para un autorretrato, al fin. El artista sólo se dirige al público en un par de ocasiones para dar las gracias tímidamente y mostrar su felicidad por tocar en Madrid, su segunda casa, donde cruza la frontera.

Junto a un amplio repaso por los temas nuevos como Que todo se pare, Mapas en el hielo, Todo lo bueno o Cada vez, en la sala Berlanga suenan canciones más antiguas que demuestran que el tiempo no les ha robado nada de su poder onírico, de su salvaje delicadeza. Letras sinceras, cantadas en primera persona (Así, Prometedores naufragios, Canciones que no hablan de amor) o dirigidas a una segunda (Perlas falsas, La vida te lleva por caminos raros). También rescata un tema que incluyó en El Duelo, el álbum de reunión de Duncan Dhu, Llora guitarra-Plora guitarra, en el que Fernando Macaya reivindica sus dotes de gran guitarrista. Impecable, por cierto, su trabajo durante toda la noche, al igual que el del resto de la banda.

Un concierto con efecto balsámico, en todo caso. Si entre el público alguien llegó con el corazón en carne viva, probablemente la música de Diego Vasallo lo arañó y lo hizo sangrar, curándolo. Porque a veces la felicidad se encuentra en los sitios más insospechados. Incluso en una caja repleta de tristezas.

Foto: Paco Posse

Foto: Paco Posse (@fotopaco)

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