Ajuste de cuentas en La Riviera

Joe Henry tocaba en el Teatro Lara y, minutos antes del bolo, en la barra del vestíbulo Quique González tomaba una cerveza con Iván Ferreiro comentando que en unos meses comenzaría una gira con uno de sus ídolos de siempre, José Ignacio Lapido, con quien acababa de hablar por teléfono. “Le hemos puesto un nombre que mola, Soltad a los perros”, decía Quique con esa expresión característica que se le pinta en el rostro cuando vive algo intensamente. Por eso a Ferreiro, que conoce a González desde hace años y que participó en un disco y DVD en directo del madrileño llamado con toda intención Ajuste de cuentas, no le costaría imaginar que esta gira sería para su amigo precisamente eso, una forma de satisfacer una deuda, una excusa para resarcirse. Después de recorrer varias ciudades, Soltad a los perros llegó en la noche del sábado a Madrid, a la sala La Riviera, donde quedó claro que, efectivamente, este proyecto conjunto de José Ignacio Lapido y Quique González es un ajuste de cuentas en toda regla. Un acto de justicia entre los dos músicos, hacia ellos mismos y hacia sus canciones.

Chema Doménech  Fotografías: Fernando Maquieira

Y así se refleja cuando, uniformados con americana negra, radiantes y relajados, se presentan ante un público que, en general, muestra tanto respeto hacia ellos como el que los dos músicos se profesan entre sí. Que ésta es una gira intensamente emocional se vislumbra en el escenario desde el momento en el que Quique González abre fuego cantando Ladridos del perro mágico, el tema que dio nombre al primer disco en solitario de Lapido tras la disolución de 091, la banda en la que militó durante 14 años. Inmediatamente después es el granadino quien ataca una de las canciones emblemáticas del madrileño, La luna debajo del brazo.

El poderío instrumental de estas primeras canciones deja ya ver lo que vendrá después: dos horas de música ejecutada de forma impecable por una banda sin fisuras, un bloque macizo de siete músicos donde cada uno borda su papel. Edu Olmedo permanentemente en el sitio, manteniendo tras la batería el latido de esta suelta de perros junto al colchón de teclados y hammond que maneja con precisión de poeta Raúl Bernal y la fortaleza del bajo de Ricky Falkner, ininmutable bajo su sombrero y cuya corpulencia le hace parecer un puntal capaz de sostener el cielo si de repente se precipitara sobre nuestras cabezas. En el frontal, uno en cada extremo del escenario y parapetados tras sus guitarras, Víctor Sánchez y Pepo López nutren de electricidad una maquinaria que constantemente reclama rock, y eso es lo que despachan sin tregua: riffs rockeros y maestría. Y en el centro los dos francotiradores, Quique González y José Ignacio Lapido alternándose en el micrófono en una sucesión de canciones compartidas que finalmente forman una unidad absolutamente natural. Definitivamente, sobre el escenario no hay dos músicos solistas intercambiando repertorio. Hay una banda de rock.

Una formación en la que todos parecen haber encontrado su acomodo y cuya complicidad es evidente, derrochando a lo largo de la noche continuas miradas y sonrisas de connivencia. “No hay ningún impostor en la banda”, aseguraba Quique González en la entrevista que Esa canción me suena publicó al inicio de la gira y, viéndolos,  realmente da la impresión de que es así. Siete músicos enchufados que llevan adelante un concierto plagado de momentos de alto voltaje emocional. Por ejemplo cuando Quique González interpreta El carrusel abandonado o cuando Lapido habla de hacer el moonwalker en Clase Media, canciones que, sin ser cada uno de ellos los autores respectivos, nadie se atrevería a cuestionar que son suyas, hasta tal punto se las apropian. Puede que esos dos momentos por sí solos justifiquen esta gira. Desde luego, valen el precio de la entrada.

Hay más. Canciones como Antes de morir de pena, En el backstage, Deslumbrado o una impresionante Luz de ciudades en llamas cobran tintes inusitados en manos de esta banda. También la gira brinda la ocasión de escuchar temas poco habituales en los repertorios en directo de los dos artistas, como Se equivocaban contigo, Kid Chocolate o En medio de ningún lado. Un repertorio compensado (24 temas, 12 de Lapido y 12 de González) en los que la intensidad sólo baja cuando el madrileño aborda en solitario con su acústica Backliners, y ni aun así, porque al dedicárselo a Flamen, el backliner que celebra esta noche su cumpleaños, hace que toda La Riviera acabe cantando el Cumpleaños Feliz.

Tras este paréntesis acústico, en el que Lapido interpretará sólo con Víctor Sánchez y Raúl Bernal En el ángulo muerto, vendrá el plato final del concierto, que acaba muy arriba. Nubes con forma de pistola, Vidas cruzadas (en la que se atreven a cantar Pepo y Víctor) y Cuando el ángel decida volver mantienen un in crescendo que culmina salvajemente con ¿Dónde está el dinero?, en la que los perros ya están definitivamente sueltos y lanzando dentelladas a diestro y siniestro.

Si es cierto que musicalmente González y Lapido muestran muchos puntos en común y se adentran en territorios similares, no lo es menos que sus personalidades son dispares, algo que queda patente cuando comparten tablas. Lapido es la mesura, la contención, el hermano mayor que contempla divertido cómo el pequeño, en este caso Quique, disfruta dando rienda suelta a toda su emoción. Seguro que no veremos al de Granada bailar el crazy chicken, como hace un desatado Quique González cada vez que se despoja de su guitarra y de su antigua timidez, pero obviamente se contagia de esa alegría. Desde luego se le ve más sonriente y relajado que de costumbre. Cada uno asume su papel con naturalidad y compartir escenario les resulta emocionante y satisfactorio. Probablemente ambos estén aprendiendo mucho el uno del otro en esta gira en la que no brillan los egos personales, sino las canciones. Un brillo que no pudo apagar anoche ni siquiera el mal sonido que habitualmente hay en La Riviera. La solidez y el poderío que exhibe esta banda hicieron posible que Quique González y José Ignacio Lapido transmitieran al público de Madrid sin ninguna interferencia la emoción de su particular ajuste de cuentas.

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4 pensamientos en “Ajuste de cuentas en La Riviera

  1. Leo este artículo y obviamente pienso que hemos estado en conciertos diferentes. Sinceramente creo que el espectáculo no estuvo a la altura de dos grandes artistas. Mala puesta en escena, mal sonido dilapidando las impresionantes voces de dos músicos, mal repertorio elegido por Quique… Él sabe cómo manejar al público; y me pregunto por qué esta vez no quiso. Solo había que escuchar al público al cantar “vidas cruzadas” respecto al resto.

    No pierdo la fe; pero en este concierto… Que suelten a los perros.

      • Pues, dudo profundamente que fuera un concierto malo, pero en mis previas experiencias allí he sentido que en cuanto al sonido, y al intercambio de energía entre músicos y público La Riviera puede ser un poco complicado. Un lugar de referencia, pero no el lugar ideal para *escuchar* la música en directo… o a lo mejor son cosas mías 🙂

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