Íñigo Coppel: “Es bonito dedicar la vida a hacer canciones”

COPPEL-23Hace unos años Íñigo Coppel estuvo a punto de perder la fe en el oficio de músico. La publicación de su segundo álbum, El hombre que mató a Íñigo Coppel, le causó tantos quebraderos de cabeza que, decepcionado, se puso a trabajar en una tienda de discos. Una tarde ordenando estanterías se topó con algunas portadas con el pomposo título de En el Olympia: Julio Iglesias en el Olympia, Paco Ibáñez en el Olympia..., y se prometió a sí mismo, burlonamente, que si algún día grababa un tercer disco también lo llamaría así. El músico de Getxo afincado en Madrid acaba de cumplir aquella promesa personal presentando su tercer trabajo discográfico, En el Olympia, un disco original y emocionante, con grandes canciones en las que hay sentimientos, fino humor y, lo más importante, una fe renovada e inquebrantable en el oficio de músico.

Texto: Chema Doménech   Fotografías: Jorge Matilla

La entrevista se celebra en el Libertad 8, que es casi un segundo hogar para Íñigo Coppel desde que hace diez años dejó Bilbao para pasear sus canciones cada noche por Madrid. En este mítico local del centro de la capital han nacido algunas de las que forman su tercer disco, En el Olympia, y su espíritu se intuye a lo largo de todo el trabajo, grabado ante un reducido público en un formato acústico, donde la voz de Coppel se acompaña únicamente de su guitarra y del violín de su amigo Manu Clavijo. “Después de darle mil vueltas, me pareció lo más honesto grabar así, porque es lo que hacemos todos los días Manu y yo, tocamos en bares. Hacerlo de otra forma hubiera significado perder parte de la magia”, dice Coppel.

Para grabarlo convertisteis La Cabaña, el estudio del productor José Nortes, en una especie de bar de música en directo. ¿Cómo fue la experiencia? Sí, transformamos el estudio en ‘La taberna del viejo Artuset’, que es un nombre que me inventé. Pusimos sillas y unos micros e invitamos a 15 amigos a asistir a la grabación en directo. Fue divertido, hicimos dos pases y en el primero el público estaba un poco cohibido, pero José Nortes sacó unas cervezas y ya la cosa se animó.

COPPEL-39¿A nivel técnico fue complicado grabar así? Sí, de hecho creo que para Nortes ha sido un reto. Yo en mi ignorancia pensaba que grabar un disco así era una tarea fácil, creía que al haber sólo una guitarra, un violín y una voz pues la mezcla iba a ser sencilla, pero no es así ni mucho menos, porque hay que llenar el sonido con pocos elementos. Así que Nortes tuvo que hacer magia, cosa que se le da muy bien. El disco suena como se grabó, no hay nada retocado porque el violín de Manu entraba por mi micro de voz, la guitarra se metía por el micro de Manu, y no era posible pinchar nada después.

¿Antes de eso grabasteis en otro formato? Sí, grabamos de diferentes maneras. Hemos grabado con una banda, con grandes músicos que llamó Nortes, podíamos haber hecho un disco con muchos nombres. A mí se me saltaban las lágrimas escuchando las grabaciones con esos grandes músicos, y probablemente haremos algo con ese material. Pero hay una magia que Manu Clavijo y yo tenemos cuando tocamos solos en directo y que yo quería reflejar. Así que después de darle muchas vueltas llegamos a la conclusión de que grabar así era lo más honesto.

Ya has nombrado varias veces a José Nortes, tu productor, con el que trabajaste también en tu disco anterior. ¿Qué ha aportado Nortes a tu carrera y a tu música? Pues casi todo. Yo soy de Bilbao, allí he tenido mi banda, hacía mis canciones… Pero hace diez años me vine a Madrid y aquí he conocido a mucha gente que me ha ayudado, pero Nortes es quien más lo ha hecho. Él graba a mis ídolos, a la gente que a mí me gusta: Ariel Rot, Miguel Ríos… Que él creyera en mis canciones desde el principio para mí fue fundamental. Yo a veces intentaba hacer canciones como si fuera Tom Petty, o Javier Krahe, o Dylan y, con los años, me he dado cuenta de que Nortes me ayudó a centrarme y a distinguir de entre las canciones que yo hago cuáles son realmente mías, cuáles tienen mi voz. Además de eso, es un tipo increíble.

En este disco reivindicas la figura del juglar como contador y cantador de historias. A mí me fascina la mitología de los juglares. De pequeño tenía un libro de juglares que me encantaba, precisamente lo de ‘la taberna del viejo Artuset’ es un homenaje a una historia que contaba ese libro sobre dos juglares que eran Artuset y Pedro. Por lo visto fueron a tocar delante del rey Alfonso y la liaron tanto que a Artuset lo vendieron a los judíos, y a Pedro lo acuchillaron allí directamente, y a mí eso me parecía rock’n’roll absolutamente. Desde muy pequeño lo que he querido es aprender este oficio de escritor de canciones y creo que todo viene de ahí, de los juglares.

Y, a la manera de los juglares, vuelves a narrar historias en primera persona. Me gustan mucho las canciones autobiográficas porque a mí me gusta que los artistas cuenten su vida. Si voy a un concierto espero que el cantante me cuente su vida porque me parece muy interesante. Mis problemas son los mismos que los de él o que los de cualquiera. Tú lees a Kerouac y está contando su vida. Todos los que narramos historias lo hacemos.

COPPEL-47Tampoco tienes reparos en abrir el álbum con una canción de más de nueve minutos. Es que hoy en día la duración de las canciones no tiene limitaciones. Antes el formato físico te ponía límites, pero tú ahora si quieres puedes colgar en tu web canciones en mp3 de dos horas y no va a pasar nada. Las limitaciones que imponía el formato están desapareciendo.

Dylan, autor de canciones larguísimas, dice en sus Crónicas que los temas de tres minutos no te obligan a pensar, no hay cabos que atar ni detalles que recordar. Bueno, yo creo que sí hay canciones de tres minutos que te pueden hacer pensar y canciones de diez minutos que te pueden aburrir. Para mí hablar de duración en las canciones no tiene mucho sentido, es como decir que te gustan sólo las novelas de cien páginas o los poemas de página y media como máximo.

En el disco hay un poco de todo. Hay sentimientos, hay melancolía, y también hay muchísimo humor e ironía. Háblame de cómo utilizas estos elementos. El humor es algo fundamental, no entiendo la vida sin humor, sería insoportable. Hay quien tiende a minusvalorar algo que contiene humor, como diciendo que si hay humor esto es de cachondeo y tal. Yo no estoy de acuerdo, El Quijote está lleno de humor y es la obra cumbre de la literatura. A mí me encanta Woody Allen, me conmueve, me emociona y me hace llorar pero también me río mucho con sus películas. Incluso Leonard Cohen, que parece tan serio, tiene momentos de humor maravilloso. Lo que me interesa es que la gente no se quede ahí, en el chiste. Cuando empecé a escuchar música el que más me gustaba era Dylan porque me hacía reír y llorar en el mismo disco.

En este trabajo también ocurre eso, porque de un tono tan desenfadado e irónico como el del Tango del amante traicionado puedes pasar inmediatamente a la profundidad de Serenata para C. Sí, es algo buscado ese contraste, es por esto que te digo. Me gusta que ocurran cosas diferentes en el mismo disco, que haya muchos elementos, una mezcla de sentimientos distintos.

También hay tintes políticos en ¿Estáis seguros de que era un fascista? Yo viví en Bilbao hasta los 23 años o así. Un día ETA asesinó a José Luis López de la Calle, lo mataron a tiros. Un tipo comprometido, que había estado en la cárcel durante el franquismo. Yo que soy de allí de Bilbao, pero mis padres son de Madrid, me sentía fuera del tema político y nacionalista, no entendía nada. Recuerdo haber escrito esa frase tras el asesinato: “¿Estáis seguros de que era un fascista?”. Era como decir, ‘si este tío es el enemigo, pues ya me dirás’. Esa frase se quedó ahí y al cabo de los años la convertí en canción.

Antes de saber eso me sonaba a Woody Guthrie por el sonido folk y lo de la máquina que mata fascistas, y en temática me llevaba a la Guerra Civil… Realmente me inspiré en Phil Ochs, que hacía canciones folk y políticas. Lo de la Guerra Civil me lo han dicho, quizás algo haya. Al final da igual, el tema es que un tío ha asesinado a otro sin razón alguna. Eso ha pasado aquí, ha pasado en el País Vasco y ha pasado en muchos sitios, y seguirá pasando. Yo jamás entendí el tema vasco, me sentía un poco marciano. Nunca he entendido el rollo nacionalista ni lo del orgullo por ser de un sitio determinado. Mi abuelo es alemán, mis primos son de Ecuador. Que por haber nacido en un sitio determinado del planeta ya tengas ese rollo de ser diferente… No lo entiendo.

COPPEL-30Volviendo al disco, incluso te atreves a recitar el poema que le da título, En el Olympia. Sí, tengo amigos poetas que se han reído de mí por cómo recito, pero me pareció honesto. Lo primero que tuve del disco fue el título, tenía claro que quería llamarlo así. Luego empecé a hacer la historia de esa canción. Leí la Divina Comedia y tuve la idea de llevarlo por allí. Yo llegaba al Olympia y en vez de encontrarme con Virgilio me encontraba con Gardel. Entonces él me enseñaba el infierno de los cantores, el purgatorio y luego el cielo. Al principio era una canción eterna, de 15 minutos, era muy divertida, me ocurrían muchas cosas como encontrarme a Luis Cobos en el infierno… Luego se fue puliendo esa historia. Durante mucho tiempo pensé ponerle melodía, pero me parecía pretencioso, así que se me ocurrió hacerlo recitado.

Ahí te refieres a Gardel como el dios de los cantores. ¿Tanto le admiras? Gardel me fascina desde que era niño, cuando mi abuela me ponía sus discos y me emocionaba. Y luego he leído sobre su vida, su figura me llega mucho. Era un tipo maravilloso, con una humanidad conmovedora. Para mí es la gran figura de la música en nuestro idioma, una leyenda. Podría haber nombrado a Elvis, pero preferí a alguien en castellano, y ahí la referencia es Gardel.

Para terminar, en el disco hay un pasaje en el que el rock’n’roll salva tu vida. ¿Realmente te sientes salvado por la música, por el rock? Sí claro, en el sentido de que he encontrado una forma de hacer lo que he querido siempre. Yo no entiendo la vida si no es contando historias, cantando, tocando con los amigos en el bar… A mí es lo que me gusta desde los diez años, y eso va a ser siempre así. Por supuesto es duro y es muy complicado dedicarte a esto, no optar por buscarte un trabajo seguro y apostar por la música, es difícil. Pero a mí me parece que merece la pena, es bonito dedicar tu vida a hacer canciones, a cantar. Cantar en los bares y ver cómo la gente se divierte y durante unas horas se olvida de sus problemas y de sus mierdas me parece maravilloso. Un tío que emociona a alguien tocando en el metro está haciendo algo grandioso.

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