El silencio del piano

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Desde hace semanas, cada vez que vuelvo a la casa de mis padres me gusta bajar a ver su piano. Ya han pasado varios meses y apenas reparamos en él, quizás por el egoísmo al que nos aboca la pena: todos andamos ensimismados en nuestro dolor, que es propio, y es íntimo, y nos resistimos a compartirlo por miedo a aumentarlo en los demás. Por esa razón pocas veces dejamos ver nuestras lágrimas, aunque todos le seguimos llorando. Estoy seguro de que el viejo piano también siente su propio e íntimo dolor, una tristeza de ausencia latente en el interior de su voluminoso cuerpo de madera pintada de negro, donde ya no anidan esas melodías que durante años fueron la banda sonora habitual de esta casa y de quienes vivimos en ella. Nunca he sabido cómo se llamaba una composición que él tocaba a menudo y que no me gustaba escuchar porque me entristecía un poco. Era una música como de domingo por la tarde, con una melancolía que aún se acentuaba más cuando la interpretaba en el acordeón. Hoy, cuando ya he aprendido que la canción más triste del mundo es la que nunca volverá a sonar, la añoro.

Sentado ante este piano le hice la última foto de su vida. Fue el pasado verano, la tarde en que estuvo enseñando canciones a su nieta, aunque ya casi no podía tocar. La quimio le había robado la fuerza y la sensibilidad en los dedos, pero no pudo arrebatarle su alma de músico. Es una foto que da fe de algo que Felipe, su hermano, me dijo pocos días después de que él se marchara: «Es que tu padre se pasó más de 50 años regalando música a cambio de nada. Y eso no lo hace cualquiera».

Sobre el piano reposan desde hace años carpetas repletas de partituras, casi todas escritas a mano. Le encantaba transcribir la música, quizás de esa manera se sentía más cerca de ella, era otra forma de tocarla. La otra noche curioseé entre esas carpetas y en una de ellas apareció mi primer cuaderno de papel pautado. Lo compró para mí cuando yo tenía ocho años y en sus pentagramas me enseñó a escribir las primeras notas de mi vida. El hallazgo me hizo pensar en las palabras de mi tío, y fui consciente, tantos años después, de que el día que me entregó ese cuaderno fue el día que recibí la música de sus manos. Ese habría sido su legado más valioso si en el transcurso de su vida no me hubiera regalado algo que, sencillamente, no tiene precio: un buen ejemplo. Lo mismo hizo con mis hermanos.

El día que tuvimos que decirle adiós muchos quisieron despedirlo con música. Guitarras hechas de flores, partituras, mensajes con referencias a las orquestas de verbena de su juventud, a su queridísima rondalla, que le dio algunos de sus años más felices, al coro que dirigió, a la banda municipal… Él, un hombre sencillo y bueno que siempre rehuyó cualquier ansia de protagonismo o liderazgo, fue sin embargo seguido por muchos, porque hay héroes que no necesitan parecerlo. Quizás esa humildad le habría torcido el gesto al ver su obituario publicado a toda página en el periódico de la provincia, aunque probablemente le habría gustado el titular, que lo mencionaba como “el alma de la música de Jadraque”. El texto estaba acompañado de esa última fotografía que le hice en verano ante su querido piano.

El piano sobre cuyo teclado dejé una rosa de su despedida que ya está marchita, y ante el que me siento un rato cada vez que voy a la casa de mis padres buscando una señal que nunca llega. Ese destartalado piano cuyo silencio es un grito —el de la ausencia— que me aviva un dolor que, sin embargo, no quiero mitigar por miedo a que eso implique desdibujar su recuerdo, que deseo mantener siempre nítido. Lo leo en el poema de García Montero: «…así duele la noche, con ese mismo invierno de cuando tú me faltas, con esa misma nieve que me ha dejado en blanco, pues todo se me olvida si tengo que aprender a recordarte».

La otra tarde, en la penumbra de ese salón que tantos días se iluminó de música, sentí compasión por el viejo piano. Lo vi grande e indefenso, vulnerable y confundido ante la certeza de la soledad. Entorné la puerta y lo dejé allí, silencioso y cerrado, esperando vana y eternamente a que las amorosas manos de mi padre vuelvan algún día a acariciarlo. Así nos hemos quedado nosotros, los que recibimos el regalo de quererlo tanto.

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5 pensamientos en “El silencio del piano

  1. Me has dejado con una lágrima en mi mejilla, porque me hiciste revivir, quizás, también un pasado musical. Pero lo único que no podrán borrarnos son los bellos momentos que hemos compartido junto a esos seres queridos que nos dieron toda su vida.
    No dejes perder las partituras, trata de difundirlas, la música no puede desaparecer ya que ella es la que alimenta el alma. Me encantó este post. Un abrazo, ♥

  2. La música nunca muere , por eso ese destartalado y viejo piano sigue ahí esperando otras manos que lo acaricien, las habrá. Un abrazo

  3. Me suena tanto como propia la historia que cuentas, Chema, que me has hecho revivir unos recuerdos, que aún con algo de pena, han sido muy agradables de sentir.
    Gracias!!

  4. No lo había leído hasta hoy…y nadie hubiera expresado mejor lo que sentimos…es cierto, cada uno seguimos llorándole en silencio, dejándonos la tristeza en el rincón que podemos, porque es nuestra e íntima y porque a veces es necesario el silencio y la soledad cuando los recuerdos hacen demasiado ruido…tanto que no me había parado a pensar en que ese piano ya no suena…su gran pasión…
    La escuchaba muchas veces desde mi habitación, esa melodía de la que hablas, ahora sé que aunque fuera melancólica, significaba alegría porque allí estaba él y ahora que no está ya nada puede ser igual en nuestra vida.
    En ese piano me enseñó a tocar algunas canciones de pequeña, cuando me llevaban a las meriendas con sus amigos y me preguntaban que qué quería ser de mayor, siempre decía que pianista. Ahora que soy mayor, preferiría ser como él, una persona honesta, humilde y buena. Tenemos la suerte de contar con el ejemplo que nos han dado siempre en casa y en que aunque ya no esté aquí, llevamos parte de él con nosotros.
    No es consuelo, porque no lo hay…pero es un orgullo.
    Será un recuerdo crónico, algunos días más punzante y afilado que otros… y nada podrá desdibujar todo el amor que le tenemos. Duele la noche y duelen los días…

  5. Pingback: La tarde que estuvimos en el disparadero | Esa canción me suena

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