‘Bohemio’. Calamaro señala de nuevo a Andrés

Calamaro2Había acariciado la posibilidad de enfrentarme a él uno de estos días. Quería sentarme un rato enfrente suyo y probar suerte, intentar descifrar en sus palabras algunos de los misterios que se materializan en la habitación cada vez que suenan sus canciones. Le plantearía preguntas pretenciosas y  ridículas, como cuál es la fórmula para sintetizar en un único acorde toda la melancolía que vaga por el mundo. Jorge Matilla quizás quisiera hacerle mientras tanto unos retratos maravillosos que ahondarían en el misterio del astro, que probablemente no se quitaría sus gafas oscuras en toda la sesión. Esas lentes negras con las que Andrés se protege del deslumbramiento cuando ve a Calamaro reflejado en el espejo.

Chema Doménech

Pero me temo que no va a poder ser. Aparte de que se encuentra de gira en Latinoamérica, el artista no es proclive a las entrevistas personales ni cuando está de promoción. Supongo que mucho menos a atender los caprichos de un humilde blog. En su entorno, amablemente ofrecieron la posibilidad de hacerlo por escrito a través de un cuestionario, pero si me parece complicado acceder al universo que emana del argentino ayudado por su presencia física, hacerlo en la distancia, sin posibilidad de interpretar sus gestos, sus silencios o sus sonrisas, se antoja un ejercicio tan difícil como baldío.

Desisto por tanto y de momento de ese encuentro con Andrés, pero no de seguir a su acecho a través de las emociones que con fingido desdén Calamaro sirve empaquetadas en cada una de esas señales de vida, o de muerte, que nos lanza en forma de entrega discográfica. Lo ha vuelto a hacer con Bohemio, el disco que acaba de publicar y que presentará en España sobre los escenarios el próximo año. Un álbum que en términos generales la crítica ha celebrado contenidamente ya que, inmediatamente después de halagarlo, por sistema aparecen las comparaciones odiosas con las cimas de la carrera del músico, Alta Suciedad y Honestidad Brutal. En síntesis, se viene a decir que el trabajo es bueno, pero no tanto.

Es una forma de verlo, aunque también hay otras. Por ejemplo, que cualquiera de los dos discos aludidos podría acoger sin rubor canciones como Belgrano, Rehenes, Nacimos para correr o la propia Bohemio. Las opiniones son libres, tanto como se muestra Calamaro en sus comparecencias públicas deslizando comentarios políticamente incorrectos en defensa de la tauromaquia o relacionando la cara de mármol de determinados políticos con las rayas de cocaína. Tal vez Andrés, el tipo amable y educado que a veces hace de una bolsa de gimnasio un símbolo de vida ordenada, se sorprenda en ocasiones de esos arranques verbales de Calamaro, excesivos y veniales. Pero ambos saben que se complementan y se necesitan. Uno para sufrir las ausencias y reunir las palabras que el otro robará una madrugada en su intento tenaz de seguir adelante. También para disfrutar juntos de la vida.

Así lo hacen en Bohemio, un disco que refleja esa dualidad. Porque es un trabajo que celebra la vida aun hablando de la muerte. De hecho se abre con Belgrano en homenaje a un músico desaparecido, Luis Alberto Spinetta. Andrés Calamaro se siente joven pero es consciente del paso del tiempo desde que se despierta, escuchando Radiolé porque en la radio ya casi nunca suena el Loco, ni Ariel, ni Jaime, ni Enrique. Sabe también que hay amigos que ya no están, pero precisamente es eso lo que le recuerda ‘la fortuna de existir’. Bohemio no es exactamente un disco de rock, pero lo último que deja su escucha es el rock de Doce pasos, los mismos que los adictos han de dar para alcanzar la libertad de sentirse limpios. Agua mineral y fragancia.

Parece que la fórmula funciona cuando Calamaro escribe y canta lo que siente Andrés, especialmente si éste se encuentra jodido. Así nacieron Mi enfermedad, El día de la mujer mundial, No tan Buenos Aires, Paloma, Crímenes perfectos, Estadio Azteca y tantas obras de arte. Es la fórmula que se adivina también en Bohemio, trabajo destacable en la prolija discografía del músico en el que Calamaro vuelve a hacer que tomen cuerpo los misterios, revoloteando en un atardecer lluvioso o en una calle luminosa de Buenos Aires, y donde señala de nuevo a Andrés. Quizás éste algún día, mientras Jorge Matilla le hace unos retratos maravillosos y yo le pregunto ridículamente cómo diablos se mete toda la maldita melancolía del mundo en un único acorde, se quite sus gafas negras y desvele quién es exactamente Calamaro.

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