En la carretera del trueno

Hace unos días dediqué una hora larga a hacer cola para comprar entradas de la próxima gira de Bruce Springsteen en España. Tuve la suerte de que quien me precediera en ella fuese Toni, un rockero madrileño que me acortó la espera hablando de la pasión desmedida que siente por el jefe. Cuando por fin le tocó el turno se acercó al mostrador notoriamente nervioso y, tras unos minutos de alarma por el amago de colapso del sistema informático, se giró sonriente hacia mí con sus dos flamantes entradas en la mano, la de él y la de Javi, su hijo de 12 años. Cualquiera que se pregunte qué hace a Springsteen tan grande hubiera podido leer la respuesta en el brillo de esos ojos encendidos como carbones que me miraban triunfantes.

Por lo que me contó, Toni podría ser cualquiera de esos antihéroes que pululan por las canciones de Bruce. Los que echan carreras en coches suicidas después de trabajar 12 horas en la fábrica, encima de la moto de mensajero o en la cocina de un burger; los que diluyen la angustia vital en espuma de cerveza; esos que al volver a casa todo lo que encuentran es rutina, soledad o recuerdos de su fracaso.

Toni, unos 50 palos bajo la chupa de cuero, pelo corto, pendiente en la oreja, simpático, bajito, chuleta y conversador nato, está en paro. Trabajaba en la obra, pero aquí ya no se construye nada y ahora se busca la vida con alguna chapuza. Se casó mayor, “me hice de rogar” bromea, y tiene un hijo, “el Javi”, que ahora vive con su madre, de la que Toni se divorció hace tiempo. Pasa con él algunos fines de semana, y entonces aprovechan para hacer excursiones en la furgoneta mientras el rock de Springsteen los envuelve desde el reproductor de CD. “El Javi escucha a Bruce desde que nació”, me cuenta. “El primer concierto lo vio con nueve años, la última vez que vino el boss a Madrid, y se quedó flipao. Ahora es más fan que yo”, dice riendo antes de acercarse al cartel de Springsteen que hay sobre el mostrador para hacerle una foto con el móvil. “Se la voy a mandar, ya verás cómo se pone”…

Observando a Toni pensé en aquel Springsteen veinteañero que escribía canciones asfixiado por el hastío en su ciudad obrera de Nueva Jersey, consciente de que el rock sería la única forma de esquivar un futuro que vislumbraba amenazante de fracasos y esperanzas quebradas. Él tenía el ejemplo muy cerca, en la figura de su padre, a quien había visto madrugar a diario durante años para acudir a un trabajo en el que jornada tras jornada sepultaba las ilusiones con las que alguna vez se atrevió a soñar. Bruce lo dejó escrito en Factory, incluida en uno de sus discos más grandes y estremecedores, Darkness On The Edge of Town:

La sonrisa franca de Toni con su rictus de amargura, sus pequeños ojos inteligentes que no escondían un poso de tristeza, la chupa gastada, con mucha mili en sus costuras, contrastaban con la ilusión infinita con la que hablaba de la música de su ídolo o de los conciertos en los que lo había visto actuar. Adiviné en él un pasado duro, un presente difícil y un futuro incierto, y supe que todo eso quedará momentáneamente olvidado al menos durante tres horas el próximo 17 de junio, cuando, junto a su querido Javi, vibre en el Bernabéu ante el derroche de rock de la legendaria E Street Band.

Al despedirse, Toni me dio una palmada en la espalda al tiempo que exclamaba alegre: “Suerte macho, a ver si nos vemos en el Bernabéu”. Le sonreí y me dirigí al mostrador a recoger mis entradas.

Mientras se imprimían, imaginé esos viajes en furgoneta de padre e hijo al ritmo de Bruce y automáticamente relacioné esa escena con la canción de éste que quizás de forma más intensa logra conmoverme: Thunder road. Pensé que Toni afrontaría esas escapadas junto a su hijo como una huida, como un intento de dar esquinazo a la desesperanza cotidiana. Si en la letra original de ese tema mítico es Roy Orbison quien canta en la radio para los solitarios, en esta versión sería la voz ronca del propio Bruce la que acompañase el trayecto de Toni y Javi por esas carreteras de trueno que, desgraciadamente, no conducen ya a ninguna tierra prometida. Supuse que en esos momentos ambos se sentirán felices y que tal vez Javi algún día, ya adulto, se acerque a su padre para agradecerle que, pese a los problemas, mantuviera viva la ilusión, al menos la de contagiarle su pasión sin límites por el músico que consiguió eludir su destino, el que decidió largarse de una ciudad de perdedores para triunfar. El autor de canciones inmortales que hacen brillar los ojos de quienes nunca lo lograron.

El próximo 17 de junio, cuando Bruce Springsteen y la E Street Band interpreten en el Bernabéu Thunder Road (cruzo los dedos para que lo hagan) me acordaré de Toni y Javi, que en esos momentos estarán allí emocionados sintiéndose muy cerca el uno del otro. Y pensaré que en cosas como esta reside la grandeza de la música, y que a veces una canción, mucho más que una letra y una melodía determinadas, es la representación de un sueño, cumplido o por cumplir. Los seguidores de Bruce lo saben bien.

Por eso suerte para ti también, Toni, ojalá nunca dejes de transitar junto a Javi tu carretera del trueno. Y aunque esa noche no nos veamos, estaremos cerca en el Bernabéu.

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5 pensamientos en “En la carretera del trueno

  1. Me he emocionado leyendo esto, qué bien escribes y qué bien transmites sentimientos. Ahí estaremos como Tony esperando a que el jefe nos vuelva a hacer soňar.

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