John Fogerty. Un hijo afortunado en Las Vegas

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No se trataba de volar 10.000 kilómetros para escuchar a John Fogerty, pero cuando supe que otros motivos me llevarían hasta Las Vegas y que la última de las tres noches que pasaría en la ciudad estaría solo, busqué en la lista de espectáculos lo más atractivo que, dentro de la legalidad, pudiera ofrecerme la llamada capital mundial del entretenimiento y del pecado, que en muchas ocasiones vienen a ser la misma cosa. Enseguida vi el nombre de Fogerty y lo cierto es que no indagué mucho más en una cartelera en la que aparecen fijos nombres como el de Céline Dion, que tiene un show casi permanente en el Caesars Palace, o el del mítico ilusionista David Copperfield, que prácticamente reside en el MGM Grand. Realmente resultaba apetecible ver a una de las figuras más influyentes del rock americano de las últimas décadas actuando en la ciudad en la que, por siempre, se rendirá pleitesía a quien dentro de ese género se coronó como el Rey.

Chema Doménech

Y fue precisamente Elvis Presley el primer artista que apareció en el escenario del Venetian Theatre, el teatro donde se celebró el concierto y que se encuentra en el interior del impresionante hotel The Venetian, un exceso arquitectónico que sólo podría encontrarse en un lugar tan excesivo como Las Vegas. Apareció en imágenes, claro, en la pantalla central, enfundado en uno de sus legendarios monos blancos, justo antes de que la figura menuda de Fogerty se plantara ante el micrófono para expresar su felicidad por hacer una serie de shows en la ciudad que ligó su nombre al de Elvis a partir de 1969, año en que el Rey dio el primero de sus conciertos en el Hotel Hilton. Se pasaría casi una década actuando regularmente allí –en una supuesta ‘decadencia’ que no parece corresponderse con las grabaciones de la época– hasta su última actuación, el 26 de junio de 1977, menos de dos meses antes de ser encontrado muerto en el cuarto de baño de su casa en Memphis.

Durante ese mismo 1969 en el que Elvis comenzó su idilio con Las Vegas después de haber estado retirado de los escenarios durante unos años que dedicó a rodar películas en Hollywood, la banda que hizo famosas las magníficas canciones que escribía su líder John Fogerty, la Creedence Clearwater Revival (CCR), lanzó nada menos que tres discos que pasarían a la historia del rock: Bayou Country, Green River y Willy and the Poorboys. Y es a ese año y a esos tres discos a los que Fogerty rinde homenaje en su serie de conciertos que este mes de enero está ofreciendo en The Venetian Theatre, enmarcados en un show que ha llamado ‘Fortunate son in concert’.

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Así que aquello olía a clásico, aunque no hablamos del mismo olor clásico que se percibe tras cruzar el umbral de la puerta de cualquier hotel casino de Las Vegas. Ese aroma rancio conformado a lo largo de los años, en los que las luces y los sonidos de las máquinas tragaperras y las mesas de juego jamás se han apagado, y las densas humaredas de tabaco continúan flotando perennes a tres metros sobre las alfombras que igual sirven para apoyar las elegantes pisadas de carísimos zapatos que para amortiguar las patéticas caídas de titubeantes borrachos. Porque adentrarse en estos espacios enormes consagrados al juego es hacerlo en un mundo contradictorio en el que lo lujoso y lo cutre alcanzan sus máximas cotas y conviven a escasa distancia. Tan escasa que a veces se funden. Así es casi todo en Las Vegas, especialmente por las noches, cuando las relucientes limusinas que transportan a los triunfadores se pasean altivas por las mismas calles en las que dormitan losers que sobreviven en la mendicidad más infame. Si hay un lugar en el mundo donde el exceso muestra todas sus caras, es en esta ciudad única levantada en mitad del desierto.

Para alguien que no está acostumbrado a asistir a conciertos a miles de kilómetros de casa a no ser en ocasiones excepcionales como la que nos ocupa, es difícil sortear la tentación de hacer comparaciones. La última vez que John Fogerty visitó España fue hace un año y medio, cuando actuó en el festival ‘Músicos en la Naturaleza’ que cada verano se celebra en Hoyos del Espino, en plena sierra de Gredos. Según las crónicas, esa noche se formaron grandes colas de coches para acceder y abandonar el precioso paraje natural donde se celebraba el concierto, que levantó gran expectación. A las puertas del teatro del Venetian, sin embargo, nada parecía fuera de lo normal una hora antes del show. El limpiabotas que habita esa entrada seguía ofreciendo jovialmente sus servicios a todo aquel que transitaba por allí. A escasos metros, en el mastodóntico casino, los mismos rostros inexpresivos de cada noche centraban su mirada catatónica en el baile de luces de las tragaperras, ajenos a cualquier otra cosa que los alejara de su ansia por ganar un puñado de dólares.

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Bastaron treinta minutos para que se abrieran las puertas del magnífico teatro y por ellas accedieran los centenares de personas que lo llenaron ordenadamente. Un auditorio formado en su gran mayoría por miembros de la misma quinta del septuagenario Fogerty que, como él, parecían conservar el alma joven bajo sus calvas ocultas por gorras de béisbol y sus panzas prominentes. Decrépitos y antaño poderosos amantes del rock sosteniendo en sus manos vasos de vino tinto llenos hasta los bordes, ansiosos por escuchar las canciones que los llevarían hasta los salvajes años de su juventud. “¡Rock’n’roll!”, aullaba entre tema y tema el tipo de la fila de atrás, con la voz cavernosa que le salía de los labios tras retirar de ellos, eso sí, el respirador de oxígeno.

John Fogerty no defraudó a nadie, por supuesto. Colocó el listón emocional a una altura de vértigo desde el principio, abriendo el bolo con la infalible Proud Mary, mientras la pantalla que un momento antes ocupaba la figura de Elvis se había convertido ahora en la rueda de paletas del famoso barco a vapor que navegaba el Mississippi. Sin duda se trataba de un concierto para nostálgicos, impresión reforzada por el hecho de que entre las canciones Fogerty se explayara en detalles y anécdotas personales. Así recordó que, cuando tenía cuatro o cinco años, su madre le regaló un disco de Stephen Foster, “the father of American Music”, que en una cara tenía el Oh Susannah y en la otra la no menos popular Camptown Races. Fue la primera música que escuchó en su vida quien acabaría por convertirse en otra leyenda de la música popular americana.

Desde ese primer tema el sonido fue impecable, lo que volvió a hacer inevitables las comparaciones con la acústica que sufrimos en las desastrosas salas madrileñas. Otro nivel, sin duda. Al igual que la banda, que sonó perfectamente ensamblada, con Kenny Aronoff haciendo rugir su batería como un potente motor por el que se deslizaban los fantásticos riffs que John Fogerty extraía del amplio catálogo de Les Paul que fue exhibiendo durante todo el show. Una colección de guitarras que nada tenían que envidiar a las que habíamos visto esa misma mañana en la carpa de Gibson en el CES, la feria tecnológica más importante del mundo que se celebra en Las Vegas desde finales de los años 70. En la banda también brilló con luz propia Shane Fogerty, hijo del legendario rockero y, al parecer, heredero de la maestría de su padre como guitarrista. Lo cierto es que aquellos tipos tocando juntos sonaban mejor que un disco.

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Así, entre desacompasados movimientos y pequeños saltitos casi ridículos de Fogerty, que contrastaban con el magnífico estado de su voz y el poderío musical que estaba desplegando, se fueron sucediendo canciones impresas a fuego en el imaginario colectivo del blues y el rock americano como Down On The Corner, Bad Moon Rising, Green River, Born On The Bayou, Commotion, Lodi, Who’ll Stop The Rain, Centerfield, It Came Out Of The Sky, Have You Ever Seen The Rain? o la hipnótica Suzie Q. La intensidad del concierto iba subiendo por momentos, y pronto recorrió el teatro un estallido de entusiasmo juvenil que hizo levantarse de sus asientos a toda la sala, en la que por cierto apenas se vieron pantallas de móvil encendidas durante el bolo, que duró dos horas exactas (otra odiosa comparación con España).

Sólo hubo un bis, una única concesión en la que Fogerty, junto a su banda, interpretó uno de sus temas más famosos y que da nombre a este espectáculo en Las Vegas: Fortunate Son. Cuando comenzó a sonar la inconfudible intro del tema escuché un rugido sobrehumano a mis espaldas. Alcé la mirada y entonces vi pasar sobre mi cabeza la máscara de un puto respirador de oxígeno. Qué diablos, pensé, bastaba la música de John Fogerty para continuar vivo.

Con esa canción acabó el espectáculo y los músicos abandonaron en silencio el escenario, que inmediatamente quedó vacío y oscuro mostrando sólo unas palabras impresas en la pantalla. Las firmaba Fogerty y en ellas decía que existía un territorio en el que es posible perseguir y cumplir los sueños. Que él vivía en ese territorio, que es el rock, y que por eso se sentía un hijo afortunado de éste.

Momentos después abandoné el teatro sonriendo, entre camisas sudorosas de talla XXL que cubrían cuerpos convulsionados por carraspeos fruto de los excesos. En ese momento, descendiendo las majestuosas escaleras del Venetian, también me sentí Fortunate Son en Las Vegas.

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2 pensamientos en “John Fogerty. Un hijo afortunado en Las Vegas

  1. Que envidia Chema… Ví a Fogerty la última vez que tocó en Madrid en los veranos de la villa y aún recuerdo como disfruté… Gracias por la crónica… Salud y R’n’R

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