Canciones que espantan miedos

César Álvarez*

No soy un crítico consignado en las nuevas redes sociales, así que no se me escapará una crítica preventiva y/o comparada del artista. No soy un estudioso que repare en menudencias sin gracia. No soy un seguidor afanoso que busque poner orden a sus conocimientos exhaustivos. No soy un quitador de polvo porque todavía no hay peligro de que se acumule. Por estas exclusiones de perfil, quiero escribir estas líneas de aquel domingo que Quique González y sus detectives aparecieron entre las sombras del escenario del Teatro Price de Madrid:

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Sobre detectives y camaradas

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Quique González llegó al Teatro Circo Price el pasado sábado a media tarde, repartió abrazos, bromas y palabras de afecto entre los miembros de su equipo, que son casi familia, y tomó el ascensor hacia el camerino. Venía con la ropa pegada al cuerpo por el calor y con el ansia por pisar escenario dibujada en el rostro. Su imagen en ese momento tal vez no era otra cosa que una metáfora natural de la trayectoria artística de quien en los últimos 15 años ha sudado a fondo la camiseta, exigiéndose el máximo a cada paso. Arriba lo esperaban ya algunos músicos de la banda, ‘los detectives’ más famosos del país desde que en marzo pasado se publicara Me mata si me necesitas, el disco grabado por ellos y firmado con ese nombre. En su compañía el artista se siente en casa, se sabe afortunado por tenerlos de su parte. Con su ayuda se ha enfrentado al problema que planteaba Raymond Chandler, el creador del cínico y legendario sabueso Philip Marlowe: «Ganar delicadeza sin perder fuerza», que guarda similitud con aquello de «tener encaje sin perder empaque» que escribió el músico madrileño hace años. En los dos conciertos consecutivos del pasado fin de semana en la capital, Quique González y Los Detectives dejaron claro que si ése era un problema, un caso abierto, ellos lo tienen resuelto.

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