Lo que llega y se nos va

Alvarovuela

Álvaro en su lugar en el mundo: a los mandos de un avión.

Álvaro murió la otra tarde en el hospital a los 47 años. Era un tipo inteligente y brillante en muchas facetas, con una mente creativa en permanente ebullición y una habilidad innata para sacar adelante cualquiera de sus ideas. También fue el niño que me agarró de la mano en mi primer día de colegio y quien me enseñó algunas cosas esenciales para desenvolverme en el mundo: montar en bicicleta y conducir motos, construir y volar aviones de madera, afeitarme con cuchilla, convertir cajas de frigoríficos en naves espaciales, tocar Sol-Mim-Do-Re en la guitarra, escuchar a Barón Rojo, liar cigarrillos, disfrutar del olor a café por la mañana, poner una moneda como contrapeso sobre la aguja del tocadiscos, evitar el desodorante en los huevos porque escuece… Álvaro era mi hermano mayor, por eso él siempre fue un paso por delante en casi todo lo relativo a crecer y enfrentarse a la vida. Aunque su última gran lección fue la valentía y la generosidad con que se enfrentó a la muerte.

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