Hoy la vi (hoy la he vuelto a escuchar de nuevo)

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Puede que los versos más lúcidos escritos en la música en castellano en las últimas décadas (con permiso de José Ignacio Lapido) se encuentren en Contigo, una de esas bolas de demolición en que se tornan a veces las canciones de Joaquín Sabina. Es en el estribillo donde el pistolero de Úbeda dispara la bala de la verdad irrefutable: «Porque el amor, cuando no muere mata. Porque amores que matan nunca mueren». Es una afirmación dramáticamente cierta, quien lo probó lo sabe. Pocas cosas hay tan duraderas como un amor imposible, condenado al fracaso de antemano. Es precisamente en su fragilidad donde reside su fuerza, y de esa forma se asemeja al león herido y temible que se rebela contra su destino inexorable. Así es ese amor tóxico, envenenado, aniquilador e indestructible. El que perdura entre los pedazos de los cristales pisoteados por el suelo. El mismo que ha inspirado dolorosas y bellas canciones aun mucho después de haber sido dado por desaparecido.

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