Un secreto en la trastienda

Chema Doménech

Mi padre pasó toda su vida trabajando en la tienda que puso mi abuelo en Espinosa del Valle y que después él heredaría. Era un lugar que ya existía cuando nací, así que para mí estaba allí desde siempre y durante mucho tiempo jamás me planteé que algún día pudiera dejar de estar. Pensaba en ella como en un lugar eterno, inmutable. En realidad, ni siquiera me paraba a pensarlo, lo daba por sentado. Hasta la madurez, el concepto “toda la vida” implica una duración indeterminada con tendencia al infinito, como esas típicas imágenes de la Ruta 66 que muestran la recta de una carretera que se pierde en el horizonte. Yo nunca contemplé un horizonte en el que no estuviera abierta la tienda de mi padre. Tampoco ese en el que quisiera llamarlo por teléfono (949890084) y él no pudiera responderme.

El ‘Bazar’, como lo conocía la gente, estaba en el centro del pueblo, en el número 10 de la calle Mayor, que en mi niñez aún mantenía el nombre de Generalísimo, justo enfrente del bar ‘Julio’. Allí solía mi padre invitar a una caña a los viajantes después de cerrar los pedidos. En ese tiempo aún no se escuchaba hablar de ‘brainstorming’ ni de ‘partners’ ni de ningún otro concepto parecido. La vida era mejor. Mi padre revisaba su cuaderno y decidía rápido: «Apunta ahí tres rollos de cable de 2 mm., diez cajas de conmutadores, 20 de interruptores…». Así, entre las anotaciones del cuaderno, lo que tenía en la cabeza y alguna oportuna sugerencia del comercial quedaba confeccionada la lista de todo lo que hacía falta. Un rato de negociación amigable, un apretón de manos, una caña en el ‘Julio’ y hasta el mes siguiente. Las tormentas eran de verano y las ideas estaban claras.

En casa conocíamos los nombres de todos aquellos viajantes, a los que siempre mencionábamos por sus nombres acompañados de las empresas a las que representaban. Ángel, el de IFA; Luis, el de Electricidad Guerra; Pepe, el de Tudor. Algunos me caían francamente bien y todavía los recuerdo con cariño. Crecí viendo el cierre de tratos con ellos, cruzando al bar a que Julio me vendiera un paquete de Winston para mi padre o “cuidando” de la tienda cuando él bajaba a la estación a recoger algún pedido que llegaba en el tren. En mi infancia, cuidar de la tienda equivalía a decir «espere a que venga mi padre» al ocasional cliente que se acercara a ella en su ausencia. Tiempo después, durante muchos veranos, sí sabría lo que es trabajar duro despachando sin dar abasto mientras mis amigos dormían la resaca de la noche anterior o se iban de barbacoa al pantano. Llegué a odiar la tienda por ello y a desear con todas mis fuerzas que mi padre hubiera tenido un trabajo por cuenta ajena. Así de idiota era yo.

También crecí en la trastienda, donde estaba ese teléfono al que ya nadie responde y que aún tengo registrado en la agenda del móvil como ‘Tienda’. En esa pequeña estancia mal iluminada, repleta de carpetas engordadas con facturas y albaranes, con una máquina de escribir de tinta y un piano eléctrico que mi padre tocaba en sus pocos ratos libres, me dedicaba a algo que he mantenido en secreto hasta hoy.

Toda la comarca sabía que en el ‘Bazar’ podía comprarse cualquier cosa. Desde una llanta de bicicleta, o la bicicleta entera, hasta un coche de juguete por radio control. Desde una botella de lejía hasta una lavadora. Desde un cristal para una ventana hasta el destornillador y la silicona para instalarla. De todo. También libros.

Mi padre solía encargar al viajante de papelería libros de la saga de ‘Los Cinco’ de Enid Blyton, de la editorial Juventud; o aquellas colecciones juveniles de Bruguera que tantos miles de lectores han alumbrado al mundo. ‘Las aventuras de Tom Sawyer’, ‘La isla del tesoro’, ‘Miguel Strogoff’, ‘Robinson Crusoe’, ‘Cinco semanas en globo’, ‘Sandokan’, ‘Oliver Twist’…. Muchas de las palabras que manejo hoy las aprendí en aquellos títulos.

Y digo que he mantenido un secreto porque, independientemente de que mi padre accediera de vez en cuando a regalarme uno de aquellos ejemplares que poco a poco iba coleccionando en casa, yo los leí todos. En un descuido de los mayores me encerraba en la trastienda y, en menos de lo que tardaba en cruzar la calle y pedirle a Julio un polo ‘Drácula’, ya estaba navegando entre islas perdidas en el Caribe, atravesando llanuras heladas de Siberia o calentándome a la lumbre de la chimenea del 221b de Baker Street. Hasta ‘Mujercitas’ leí, contra todos mis prejuicios. Y muchos de aquellos libros, una vez terminados y disfrutados, los volvía a colocar en la estantería, aparentemente intactos, aunque ya leídos. Tal vez de entonces proceda mi obsesión por mantener impecables los ejemplares que poseo. Aquellos libros se vendían después, y la estantería se rellenaba con otros, que también pasaban por mis ojos y nutrían mis sueños de niño de pueblo.

Lo confieso hoy, cuando la tienda está cerrada, el bar Julio ya no existe y hace años que no menciono a nadie seguido por el nombre de su empresa. Cuando sé que lo inmutable se tambalea y ya nadie puede llamar al 949890084 para hacer reclamaciones por vender libros previamente disfrutados de forma clandestina.

Ojalá pudiera dejarle esta tarde ese marrón a mi padre.


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