De libros y memoria

Chema Doménech

Fue una de las grandes noticias de 1972, año en el que nací, y se conoció como “El milagro de los Andes”. El 13 de octubre, un avión uruguayo en el que viajaban 45 personas, entre ellas jóvenes jugadores de un equipo de rugby de Montevideo, se estrelló en la cordillera andina. El dispositivo de búsqueda que establecieron las autoridades se dio por concluido pocos días después del accidente al no hallarse ningún indicio del aparato ni de sus ocupantes. Y aunque algunos familiares nunca cejaron en su empeño de localizarlos utilizando cualquier medio a su alcance, durante más de dos meses nada se supo sobre lo ocurrido.

El 22 de diciembre Sergio Catalán, un arriero chileno que vivía en las estribaciones de los Andes, encontró a dos jóvenes demacrados y barbudos que aseguraron proceder del avión siniestrado. Su aspecto avalaba la afirmación, así que los llevó a su casa, los sentó a la mesa y, mientras engullían como si descubrieran la comida por primera vez, los chicos le explicaron que habían caminado durante días en busca de la civilización, atravesando las montañas con la fuerza y el coraje que encontraban en su desesperación. Esos dos jóvenes, Fernando Parrado y Roberto Canessa, revelaron que 29 de los ocupantes del avión habían fallecido en la montaña, pero 16, incluidos ellos, lograron sobrevivir. Siguiendo sus indicaciones, esa misma tarde los helicópteros pudieron localizar los restos del aparato y rescatar al pequeño grupo de sobrevivientes.

La noticia del hallazgo conmocionó al mundo. La expectación fue creciendo en los días siguientes, a medida que se conocían detalles de las condiciones a las que esos muchachos debieron enfrentarse para mantenerse con vida durante 72 días. A más de 4.000 metros de altitud sobre el nivel del mar, soportando temperaturas de muchos grados bajo cero sin ropa de abrigo, heridos en algunos casos y rodeados de cadáveres de amigos y familiares, aquellos chicos vencieron a la muerte. Lo hicieron gracias a su fuerte unión como grupo y a una decisión extrema que hubieran deseado no tener que tomar, pero que asumieron como único medio de salvación: la de alimentarse con los cuerpos de los muertos. Tiempo después, con la pretensión de esclarecer unos hechos que muchos nunca entenderían, el escritor británico Piers Paul Read recabó los testimonios de los sobrevivientes y relató la odisea en un libro convertido pronto en best seller: ‘¡Viven!’.

Yo debía de tener unos 14 años cuando cayó en mis manos un ejemplar del libro. Hasta entonces mi joven imaginación, ya soñadora y tendente a la idealización, se había ejercitado con personajes legendarios de la literatura juvenil como Miguel Strogoff, Robinson Crusoe, Sandokán o el Capitán Flint, cuyas aventuras leía en la trastienda del establecimiento de mi padre. Se trataba de una tienda de pueblo en la que podía encontrarse cualquier cosa: productos de ferretería, de alimentación, bicicletas, electrodomésticos, juguetes… Y libros. Podría jurar que mi amor a las letras nació en aquella humilde trastienda, entre esos volúmenes que devoraba febrilmente antes de volver a colocarlos, impolutos, en el expositor. Así, durante años mi padre vendió obras “de segunda lectura”, aunque eso nadie lo supo nunca excepto yo. Tampoco conté hasta ahora el agrado con que veía salir de la tienda algún libro que me había gustado especialmente, envuelto en papel de regalo y a la búsqueda de su lector, aunque cumplido ya el cometido para el que había sido escrito: hacer soñar a alguien.

‘¡Viven!’ fue quizás mi primer libro basado en un acontecimiento real. A diferencia de los personajes creados por Enid Blyton, Salgari o Verne, los protagonistas de aquella historia se mostraban extraordinariamente cercanos, gracias en gran medida a la minuciosidad y la profusión de detalles con que Paul Read había enriquecido el texto. Su lectura me causó una profunda impresión. Durante meses seguí releyendo aleatoriamente fragmentos del libro y fijé en mi memoria hasta el más mínimo aspecto relacionado con aquellos 16 nombres que nunca olvidé: Roy Harley, ‘Coche’ Inciarte, Pancho Delgado, Gustavo Zerbino, los primos Strauch, Javier Methol

Pasó el tiempo y mi espíritu idealista, unido a una peligrosa tendencia a la melancolía, me convirtieron en periodista. Una mañana el redactor jefe llegó con un encargo: había que entrevistar a uno de los sobrevivientes de los Andes, un tal Carlos Páez, que visitaba España para promocionar un libro. Dos días después me encontré estrechando la mano de quien para mí era Carlitos Páez, uno de los muchachos más carismáticos de aquel grupo de desventurados perdidos en la nieve, hijo del artista Carlos Páez Vilaró, protagonista en la historia del accidente por haber removido el mundo buscando a su vástago. Fue una rara sensación la de sentarme por primera vez frente a aquel hombre, ya de mediana edad, a quien yo había conocido y admirado en su juventud a través de las páginas de un libro. Él debió de notarlo, porque cuando al poco de iniciar la charla le confesé que su historia había marcado de alguna manera mi adolescencia, me respondió que lo estaba leyendo en mis ojos desde el momento en que nos saludamos. “Lo entiendo”, dijo riendo. “Supongo que es como si yo conociera a Papillon. A partir de ahí la conversación fluyó amable y natural, plagada de puntos de encuentro comunes.

A veces el recuerdo de esta anécdota verdadera me incita a fantasear con otras entrevistas imposibles. ¿Cómo sería conversar con Gatsby, con Milady, con Fabricio del Dongo, con Onofre Bouvila, con Fermina Daza, con Tom Joad, con el Capitán Ahab, con Sancho Panza…? ¿Qué podría decirles a todos esos personajes cuyas vidas ficticias complementaron la mía y conformaron en parte mi carácter? Sé que ninguno de ellos existe. Tampoco existe ya la trastienda de mi padre, ni el niño que se encerraba a leer allí. Quedan sin embargo la memoria y el amor. Y sólo tengo que abrir determinados libros para recordarlo.