Su ciudad en ruinas

La noche en que la realidad se sentó inesperadamente a la mesa él no pudo probar bocado. Su estómago se encogió y tuvo que encerrarse en el cuarto de baño, donde al fin supo que la auténtica pena tiene la consistencia viscosa y el sabor amargo de un vómito de bilis. Más tarde, en el silencio de la casa dormida, tejió calladamente sobre las baldosas un tapiz de lágrimas. Al levantarse del suelo de madrugada, sonado y atónito como el campeón noqueado por el aspirante, todavía no fue consciente de que acababa de cruzar una línea definitiva, que lo separaría para siempre de los que aún se creen inmunes a los golpes. Él nunca volvería a ser el mismo después de aquella noche horrible de marzo en la que la cena se quedó fría, su corazón helado, y la ciudad, en ruinas.

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