“Mañana voy a por la moto”

Acababa de cumplir los 12 años cuando acompañé a mi padre a recoger la que sería su última moto. Él tenía entonces la misma edad que tengo yo ahora. La noche anterior, durante la cena y como de pasada, empleando el mismo tono neutro de quien comenta el tiempo que va a hacer al día siguiente, lo había anunciado: “Bueno, pues mañana voy a por la moto”. Mi madre se había girado desconcertada para preguntarle a qué moto se refería. “¡Toma! A la que nos hemos comprado”, había respondido él con su habitual pachorra. Mi padre, tan prudente como era, a veces también se la jugaba, y en este tema decidió tirar por la calle de en medio. Política de hechos consumados. No recuerdo que aquello generase discusión, más allá de algún ligero reproche del tipo “te parecerá bonito…”, pero esta anécdota ha servido en casa muchas veces para reírnos del particular humor y carácter de mi padre. Ahora que escribo esto y que él ya no está, el episodio vuelve a arrancarme una sonrisa.

Tampoco recuerdo si fuimos hasta Guadalajara en tren o en autobús, pero tengo grabado casi cada detalle de la transacción en la tienda de motocicletas, y de lo imponente que me pareció aquella flamante Yamaha SR 250 negra que hoy, tantos años después, reposa impoluta bajo una funda en el garaje de la casa de mis padres. Y, sobre todo, recuerdo el regreso a Jadraque en el que fue mi primer viaje en moto. Mientras avanzábamos por esa carretera plagada de curvas, emocionado y aferrado a la cintura de mi padre yo sentía un poco de miedo y, al mismo tiempo, una sensación de seguridad absoluta. Porque, si has tenido suerte, a los 12 años aún no contemplas la posibilidad de que tu padre se vaya a poner enfermo, llore algunas noches o se estrelle mientras conduce una moto.

Supongo que aquel día fui consciente de que las motos eran algo natural en la familia. No éramos unos fanáticos de la velocidad ni en casa olía a gasolina, no era eso. Pero mi abuelo había poseído varias motocicletas primigenias -incluidas dos Harley de los años 40 que de no haberlas malvendido hoy valdrían una fortuna- y mi padre y mi tío también se habían estado intercambiando motos desde jóvenes, esquivando sus limitaciones económicas a la vez que los baches del asfalto. Por esa herencia, mis hermanos y yo nos hemos movido mucho desde los 14 años sobre dos ruedas y un motor. Que recuerde, ninguno hemos ido nunca a una concentración motorista, ni a un Gran Premio de Motociclismo, aunque uno de los grandes ídolos de Mario sea Valentino Rossi. No somos de ese tipo de moteros, ni siquiera puede decirse que seamos moteros. Simplemente, nos gustan las motos.

Será por eso que después de bastantes años de feliz relación y miles de kilómetros y momentos vividos con mi querida Bandit 400, de la noche a la mañana la he dejado para escaparme con otra. Sé que algunos amigos no me creían capaz y no les culpo, yo tampoco lo creía. Por eso escribo esta chapa con la que trato de lavar mi conciencia y encontrar el origen de esta decisión en aquel primer viaje en moto agarrado a la cintura de mi padre, cuando aún pensaba que era indestructible. Hace un par de noches me habría gustado llamarlo por teléfono, me ocurre casi a diario. Pero esta vez le habría devuelto la jugada que nunca le devolvió mi madre. “Papá, mañana voy a por la moto. ¿Cómo que qué moto? ¡Toma! Pues la que nos hemos comprado”.

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