Después de haber pasado por el Maelström

Imagen de Fito Páez en el videoclip de ‘Maelström’.

Escribe Andrés Trapiello en esa biografía sentimental ligada a la capital de España que es su fantástico libro Madrid que todo lo malo se pasa mientras que lo bueno no pasa nunca, al contrario de lo que muchos creen, y gracias a ello sobrevivimos. Es cierto que las personas parecemos diseñadas para superar dificultades e incluso prevalece la idea de que es necesario experimentar el hecho traumático para aprender a vivir de una manera más lúcida e, incluso, más feliz. «Saldremos mejores», ¿a alguien le suena? Como sobre casi todo, tengo mis dudas acerca de que la del sufrimiento sea una experiencia enriquecedora o imprescindible para encarrilarnos correctamente en la vida, pero sí comparto absolutamente el verso de Luis Rosales: «Nadie regresa del dolor y permanece siendo el mismo». También pienso que, a veces, a riesgo de contradecir a Trapiello, ni siquiera se regresa.

Chema Doménech

En el relato de Edgar Allan Poe, el pescador noruego parece un viejo a pesar de no serlo. Sus cabellos negro azabache se tornaron blancos en apenas seis horas, las mismas en las que se debilitaron sus miembros y se destrozaron sus nervios hasta el punto que ahora cualquier pequeño esfuerzo lo deja tembloroso. Cuando lo rescataron, sus compañeros pescadores comprobaron que a consecuencia del horror vivido había perdido el habla y que incluso la expresión de su rostro era ya distinta. La del habla no fue la única pérdida ni la más grave: sus dos hermanos jamás regresarían del mar. Fue el precio pagado por haber desafiado al Maelström.

Fito Páez se inspiró en esa narración de Poe, Un descenso al Maelström, para componer la canción incluida en su último disco que lleva el mismo nombre que este gran remolino que las fortísimas corrientes forman frente a las costas meridionales de Noruega, a mitad de camino entre la leyenda y la realidad. Una especie de tenebroso agujero en medio del mar que se hunde hasta el fondo del océano, temido y evitado por los navegantes a lo largo de siglos.

Lo que ocurre es que siempre hay un Maelström, pero no siempre es posible evitarlo. Cualquier día sales confiado a navegar bajo el sol, sin ningún mal presagio, y en cuestión de un instante todo se ha nublado y tú te ves zarandeado en medio de un agujero negro que no comprendes, ni asimilas, mientras te preguntas cómo ha podido pasarte a ti. Tampoco tiene por qué ser algo inesperado. A veces el abismo se anuncia al final de un largo trayecto durante el que eres plenamente consciente de que nada de lo que hagas te librará de perder pie cuando llegue el momento. Entonces la herida que te acompañará de por vida no es tanto la que te provocó la caída, que también, como la que te infringió saberlo y asistir impotente al derrumbe.

Ver sufrir a alguien que quieres, ese miedo a llegar al final, es más doloroso a largo plazo que el final propiamente dicho. «Lo que a mí me ha destrozado son aquellos ocho meses de enfermedad, más que la ausencia», confesaba Fernando Savater en su casa mientras conversaba sobre el libro que dedicó a su mujer, fallecida a causa del cáncer. Muchos que hayan vivido una experiencia similar le darán la razón al filósofo. «Cuando comprendí lo que había sucedido todo se arregló: estaba muerta, podía empezar a olvidarla (…) Me libré de verla morir, ¿comprende? Le tocó a mi mujer», dice sobre su hija desaparecida el inolvidable comandante de policía Henry Scobie en El revés de la trama, la novela de Graham Greene.

Nadie es el mismo después del dolor, lo aceptamos. Pero también es cierto que la luz existe, y que no deja de existir mientras tú peleas o te rindes en la oscuridad dentro del agujero. Si tienes suerte y perseverancia, te esperará para que cuando logres salir, si lo haces, distingas con mayor claridad la magnitud del desastre que has dejado atrás. Y entonces sí, tal vez ocurra que sepas apreciarla mejor que antes, cuando nunca habías contemplado la posibilidad de no volver a disfrutarla.

Esa es la luz que desprende la preciosa canción de Fito Paéz, concebida desde la visión optimista de quien conoce la sensación de haberse sentido derrotado y sin esperanza alguna vez. Es el fruto del dolor domesticado, asumido y, tal vez, vencido, aunque nunca se sabe. «Cuando me cuentan del dolor, yo sé que ya pasó lo peor», comienza cantando entre acordes de piano Fito Páez, el mismo músico que escribió hace mucho tiempo la oscura Ciudad de pobres corazones, en la que empezaba afirmando que «en esta puta ciudad todo se incendia y se va», pero probablemente no el mismo tipo.

«Hoy me siento feliz después de haber pasado por el Maelström, qué hermoso fue mi amor cuando te vi, sin hablar del ayer».

Dicen que, además del instinto de supervivencia, el ser humano tiene la capacidad de dulcificar el recuerdo, de reconstruir los hechos de una manera más amable a como realmente sucedieron. Quizás tenga finalmente razón Trapiello y todo lo malo acabe por pasar y lo bueno nunca pase y, gracias a ello, sobrevivamos. Y a pesar de que el viejo prematuro del cuento de Poe haya quedado atrapado para siempre en este texto, existen canciones como la de Fito Paéz que, más allá de su belleza, son un canto a la esperanza. Porque nos explican que es posible volver a enamorarse, enfrentarse a un folio en blanco, encontrar la paz y sentirse invencible después de haber pasado por el Maelström.

Pincha en la imagen para ver el videoclip y escuchar ‘Maelström’, de Fito Páez.

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